CAPÍTULO 104
Altair tenía delante a la bestia. No quedaba un solo rescoldo ni de Halcón ni de Keriel en ese monstruo que salivaba de mirarla.
Sentía su aliento caliente muy cerca y no encontraba en sus ojos ni un ápice consciencia.
¿La entendería si le hablaba? ¿Se daba cuenta siquiera de que Nabor le había arrebatado la corona en sus propias narices?
¿O es que esa criatura ya no era más que una monstruosidad sin control, sin memoria y sin razón de ser?
La bestia avanzó despacio, a cuatro patas, al modo de un depredador.
Altair portaba la espada flamígera de los ángeles en la mano.
Podría atacar a la criatura con ella. Pero no era así como sentía que tuviera que hacerse.
En realidad ya lo tenía decidido. Lo tenía más que claro.
Miró a Elkerael, que estaba a punto de batirse en duelo contra Nabor, y le dijo:
─¡Toma! ¡Cógela!
Acto seguido, Altair le cedió la espada al viejo nawal , que la cogió al vuelo sin caber en sí de asombro.
Aun así, Elkerael no objetó nada. Cuando la espada de los ángeles estuvo en su mano, hizo desaparecer su bastón y, después, miró a Nabor con aire desafiante.
Al percibir en el Patriarca un gesto disconforme, entonces comprendió que Altair no iba tan mal encaminada.
─¿Qué le pasa? ─preguntó Nabor con impaciencia─. ¿Es que no se va a defender? ¿Tanto ama a esa alimaña como para dejarse devorar sin más? No lo entiendo.
Y sacudió su sable de oro rojo sobre Elkerael, que se defendió de inmediato con la espada angélica.
─Yo sí que lo entiendo, amigo ─respondió el viejo nawal ─. Altair acaba de truncar tus planes. Y eso es algo que no soportas. Todo tiene que salir siempre como tú quieres. Cuando se tuercen las cosas te pones muy nervioso, como ahora.
Un par de estocadas de Elkerael hicieron retroceder a Nabor, que se sentía claramente desconcertado.
─Habías planeado que Altair y Keriel se destruyeran el uno al otro ─continuó el viejo nawal ─, así matabas dos pájaros de un tiro: te librabas del Primer Ángel y de tu heredero al mismo tiempo.
Pero si Keriel devora a Altair, ¿cómo le harás frente a esa bestia tú solo?
¿Cómo lo convencerás para que te ceda la corona, si le pertenece a él? Dime, ¿se la robaste tú?
Nabor contraatacó con furia. No era habitual que expresara su frustración a menos que todo le estuviera saliendo del revés. Y lo peor de todo era que Elkerael llevaba razón.
─¡He pasado miles de años planeando mi momento de gloria! ─rugió─. ¡Ningún ángel ni demonio me lo va a robar! ¿Qué crees? ¿Que no me queda ningún as en la manga?
Elkerael se defendió sagazmente y pronto remontó sobre su enemigo.
Su combate en el aire, mientras ambos batían sus alas, estaba tan reñido que era imposible saber quién de los dos ganaría ni cuándo.
El público del Circo Máximo, mientras tanto, asisitía con euforia a aquellos eventos que, sin duda, quedarían registrados en las crónicas del Tártaro.
Pero aquel duelo entre ángeles milenarios no sería el único hito: al mismo tiempo Altair, en la arena, abría los brazos mostrando sus manos vacías en señal de indefensión y se arrodillaba ante la bestia.
Rendida. «Nada», se repetía en su interior, «no voy a hacer nada.
Solo confiar...». La bestia le asestó un primer manotazo y la hizo salir despedida, golpeándose en la espalda al caer.
─¡Atti! ─gritaba Creta─. ¡Atti! ¡¿Qué haces?! ¡Defiéndete o te matará!
Creta tuvo un impulso de salir del círculo para acudir en ayuda de su hermana, pero Nilo la detuvo.
─¡No, Creta! ¡No podemos intervenir! Ella es el Primer Ángel. Si ha elegido no defenderse, es por algo.
Altair se levantó de un salto pero, acto seguido, la bestia la volvió a golpear y la arrojó contra las zarzas que se enredaban a los pies del Árbol de la Fruta Roja.
Altair cayó de pleno sobre las espinas. Todas se clavaron en su piel.
Al tratar de incorporarse, solo se pinchó más.
Como minúsculas agujas, la sembraron de diminutos y molestos rasguños apenas intentó moverse.
Se esforzaba por pensar algo, una solución, una manera.
Pero las ideas correteaban por su mente contradiciéndose unas con otras.
Sus pensamientos entraron en una vorágine que desenfocaba su atención.
Tenía que regresar a su sentir. Sentir… Cuando poseía el don de la adivinación, ¿cómo sentía las premoniciones?
«Las sentía en mis entrañas», se respondió. Pero, ¿qué sentía ahora?
Decenas de gotas de sangre salpicaban su cuerpo y la tela de su túnica como un lienzo sucio mientras Keriel, cada vez más cerca, se volvía más fiero e incontrolable.
El aroma de la sangre de Altair y la melodía de los latidos de su corazón despertaban en él un ansia doliente, un hambre que llevaba intentando saciar desde hacía miles de años.
Devorarla constituía el antídoto para todos sus tormentos, para la agonía interminable de su alma condenada, era el remedio para llenar el hueco de su pecho, donde había germinado toda su perversidad.
Altair no supo qué más hacer. Tendida con los brazos en cruz sobre el lecho de espinas, se entregó al Cosmos y dejó que aquel obrara.
Y lo hizo: la gema sobre su pecho comenzó a brillar.
Hacía tiempo que la notaba vacía y sin vida, pero esa vez irradió una luz ambarina que colmó los ojos de la bestia con un cálido matiz dorado.
Toda Altair quedó rodeada por ese candor que, al recubrir su piel, parecía curar las heridas de todas aquellas espinas.
Y entonces, debajo de las zarzas, otra luz respondió con la misma intensidad, pero aquella era blanca y despedía destellos de color azul índigo.
El corazón de Altair latió tan fuerte que su vibración retumbó entre las paredes del circo como un golpe de tambor ritual.
Y el tiempo se detuvo mientras recibía la información exacta sobre qué tenía que hacer: debía alcanzar esa luz a toda costa, reunir las dos gemas.
¡Estaba convencida! ¡Lo sentía en sus entrañas!
Pero el tiempo volvió a correr y la bestia le asestó un zarpazo.
Altair se apartó a tiempo dando un brioso aleteo y las garras del monstruo destrozaron parte de las zarzas.
La luz que salía de allí debajo se tornó más intensa, la gema estaba cada vez más cerca.
Solo necesitaba que la bestia terminara de arrancar los espinos y le abriese un paso a través de la maleza.
El monstruo no cesó en su empeño por atraparla, cegado por una fijación irracional, pero ella, en cuanto tuvo la oportunidad, se escurrió entre las zarzas y llegó hasta el fondo de aquel accidentado camino hasta que se topó con las raíces del Árbol de la Fruta Roja.
La gema estaba allí enredada en una protuberancia de esa madera calcinada desde hacía siglos.
Para cuando Altair tuvo las dos en sus manos, la bestia había terminado de arramblar con los espinos.
Su piel era tan rígida y sus brazos tan grandes que ni siquiera le molestaban.
En aquel momento, un amago de sonrisa tosca y sin pulir se ensambló en su dentadura, afiladísima, un gesto que daba cuenta de su satisfacción porque por fin había acorralado a su presa.
Altair luchaba por mantener la calma, intentando improvisar, valerse nuevamente de su intuición.
Pero estaba aterrada. ¡Hasta los ángeles tenían miedo a los demonios!
Aunque, a decir verdad, los demonios también temían a los ángeles.
En ese instante miró a la bestia a los ojos y una compasión insoportable la invadió al comprender que había sido precisamente el miedo lo que había llevado a Keriel a convertirse en eso.
En una alimaña sin corazón. El miedo a perder a Altair, el miedo a no ser amado por ella, el miedo a no encontrar un hogar, el miedo a los otros. Y el peor de todos, el miedo a vivir.
La bestia, de pronto, como si hubiese entendido los sentimientos de Altair hacia él, pareció amansarse.
Puede que, a pesar de todo, siempre hubieran sentido lo mismo.
Al fin y al cabo, ese monstruo y ella hacía miles de años habían sido una misma estrella.
Habían compartido corazón y alma. Y no solo eso: también habían compartido los días y las noches.
Y hasta habían compartido el mismo cuerpo en todas esas ocasiones en que se habían amado como un hombre y una mujer.
Se quedaron quietos los dos. Altair sostenía las gemas. El tono anaranjado se conjugaba con el azul índigo en las pupilas dilatadas del monstruo. Y de repente, un rayo de luz cegadora se prendió detrás de Altair, como si saliera de las raíces del Árbol.
Cuando se dio la vuelta para comprender el motivo, encontró una superficie lisa y finamente tallada, de piedra. Y al tocarla comprobó con satisfacción que el Cosmos acababa de entregarle el tan escondido y buscado Espejo de Obsidiana.
Su figura angélica se reflejaba en él con nitidez.
Detrás, los ojos de la bestia observaban su imagen como dos hoyos colmados de desesperación.
Las gemas comenzaron a iluminarse de forma intermitente, respetando un compás en perfecta sincronía, pareciendo que respiraban.
Y en ese momento sus colores formaron una espiral en el centro del espejo, el reflejo se distorsionó y en su superficie tuvo lugar un recuerdo de mucho tiempo atrás.
Un hecho nefasto que nadie recordaba del todo pero que, quizás, si llegaba a conocerse, podría cambiar el pasado y el futuro.