CAPÍTULO 103
Al tiempo que Keriel se transformaba, en las manos de Altair el bastón de nawal se convirtió en la espada flamígera del reino de los ángeles, cuya hoja despedía la misma luz blanca y azul que ella.
Lo interpretó como una cesión del pueblo angélico para ayudarle en su contienda y prensó el mango entre las manos, en posición defensiva, sin saber realmente si sería capaz de hundirla en el cuerpo de su enemigo.
Pero mientras sucedía esto, la bella Istar se recuperaba del golpe recibido sin que nadie se percatara.
Todos tenían la atención puesta en Altair y la bestia de Keriel.
Por eso aprovechó la tesitura para arrastrarse como una serpiente.
Su único objetivo era la Corona Roja. Ahora que estaba tan cerca, no pensaba compartirla con Nabor.
Tenía escasos segundos para alcanzarla y escapar mientras aquel seguía convirtiendo a su heredero en un arma mortífera. Tan solo tenía que estirar el brazo y…
El pie de Lorick se posó sobre la corona intencionadamente.
Ebrio como iba bajo los efectos de la fruta roja y con la sangre en efervescencia, tal vez porque su cuerpo estaba asentando la metamorfosis de humano a diablo, se sintió terriblemente tentado por poseer esa corona.
Así que se la puso y, en cuanto el oro rojo tocó su cabeza, sintió un poder como nunca antes que multiplicó su fuerza y su fiereza.
Comenzó así un encarnizado combate entre Lorick y la bella Istar, que no dudaron en atacarse el uno al otro como alimañas rabiosas mientras Nabor, al ver la corona en poder del nórdico, interrumpió por un instante la pronuncia. Aquello se le iba de las manos…
Creta y Nilo se hicieron a un lado para no ser arrollados por Lorick e Istar, que se golpeaban el uno al otro con brutalidad.
Mientras tanto, Altair se mantenía en guardia, empuñando la espada ante Keriel, que la abordaría de un instante a otro.
Hasta que Lorick, posiblemente gracias al poder de la Corona Roja, venció a su rival poniendo fin de este modo a la malograda Istar, pues la fealdad cosechada bajo todos sus actos infames se vertió sobre su cadáver como agua estancada sobre un cenagal.
Lorick parecía orgulloso de su hazaña. Aquella corona era una buena adquisición. Pensó que, mientras la llevara en la cabeza, sería imparable.
─¡Lorick, cuidado! ─le advirtió Creta cuando Nabor se lanzó sobre él con la única intención de matarlo.
El Patriarca estaba tan furioso y le obsesionaba tanto poseer esa corona que sacudió su sable para cortarle el cuello.
Quería ver rodar la cabeza de ese estúpido nórdico que casi había resultado ser tan molesto como Attaegina.
Creta gritó. Estaba demasiado lejos de Lorick como para sacarlo de un empujón de la trayectoria de ese sable.
Y Nabor no erraría. Solo alguien que estuviera a su altura podría detenerlo.
Alguien que hubiese vivido tanto como él, que conociera sus artimañas y que fuera lo bastante veloz.
Y ese alguien apareció allí de repente deteniendo la hoja del Patriarca con su bastón de nawal .
Elkerael había llegado a tiempo una vez más y lo había hecho en su forma de ángel.
─¡Lorick! ─gritó Creta recogiéndolo del suelo. Estaba vivo, pero Istar lo había cubierto de heridas y sangraba por todas partes. Elkerael golpeó el suelo tres veces con su bastón y se definió un círculo de luz blanca sobre la arena.
─¡Llevadlo ahí dentro, Creta! ¡Nilo, tú también ve! ¡Y no salgáis!
Nilo y Creta arrastraron el cuerpo de Lorick hasta el interior del círculo de luz, pero en cuanto entró en él comenzó a retorcerse de dolor.
─¡Lorick! ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Qué sientes?
! ─le preguntó Creta. Ella misma se respondió al notar que el veneno de Agámena supuraba a través de la piel de sus mejillas.
Le salía por cada poro, escociendo con una pus ácida, hasta que la carne de su rostro recuperó el color humano y por fin sanó.
Pero en el caso de Lorick la conversión a diablo estaba mucho más avanzada, prácticamente terminada.
─¡Está sufriendo mucho! ─dijo Creta─. ¡Voy a sacarlo!
─¡No! ¿Estás loca? ─respondió Nilo─. ¡Es su única salvación! ¡Aún está a tiempo de volver a ser humano!
Lorick sufrió tanto que llegó a suplicar su muerte. Pero Creta y Nilo permanecieron a su lado, como dos anclas, consolándolo y sujetándole las manos hasta que el nórdico desfalleció.
En esos momentos, sobre la arena estaban a punto de librarse dos combates históricos.
Keriel, transformado definitivamente en monstruo, se abalanzaría en cualquier instante sobre Altair para tragarse su corazón sin siquiera masticar.
Y Elkerael, sujetando su bastón con firmeza, retaba a Nabor, quien acababa de cumplir el mayor sueño de su vida: colocar sobre su cabeza la Corona Roja del Rey de los Diablos.