El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 102
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CAPÍTULO 102

─¡Majestad, le traigo la Corona Roja! ─dijo el joven con toda convicción sujetando la reliquia más valiosa del Tártaro en sus manos─. Y ahora, como prometió, entrégueme a cambio la recompensa que voy a solicitar.

Creta aún no sabía si lo que veía era real o si lo poco de fruta roja que había tomado de los labios de Lorick le estaba provocando un delirio.

¿Qué hacía Nilo allí? Si lo daban por muerto...

Y, lo más intrigante, ¿cómo se había materializado de la nada, de repente, como un fantasma?

Attaegina tampoco lo creía. Es más, ¿cómo había conseguido la Corona Roja, si durante miles de años los diablos más astutos del Tártaro la habían buscado sin éxito?

Pero el más perplejo de todos, sin duda, era Nabor.

¿Cómo había podido ese niñato interponerse en su camino hacia la gloria?

Keriel miraba a Nilo con una mezcla de desdén y rabia al mismo tiempo.

¿También le sonaba su cara, como la de Lorick?

En cualquier caso, ¡lo habría matado en ese mismo instante!

¡Le habría arrancado los brazos con la corona sin preguntar siquiera!

Pero tenía que ganarse el afecto y respeto de sus súbditos.

Y aunque un diablo podía faltar a su promesa siempre que quisiera, apenas llevaba días en el trono y no quería granjearse ya la desconfianza de su reino y los consecuentes motines.

─Eres un joven muy capaz si has conseguido encontrarla, Nilo ─le dijo con amabilidad─, y es verdad, prometí una recompensa. Y el rey Keriel no falta jamás a su palabra. Así que dime, joven Nilo, ¿qué deseas a cambio de la Corona Roja?

─A los Amantes de Plata ─respondió con mucha seguridad en su voz─, vivos y sanos. Sin trucos. Me los quedo.

Creta comprendió que Nilo, donde quiera que hubiese estado todo aquel tiempo sin dar señales de vida, había estudiado muy bien la forma de negociar de los diablos. Ahora era el turno de Keriel:

─¿Tú? ¿Me vas a decir que un niñato como tú se va a convertir de la nada en el dueño de esos titanes del circo? ─Luego, se dirigió al público─. ¿Todos estáis de acuerdo? Nilo quiere llevarse a los Amantes de Plata ahora mismo. Nos va a dejar con las ganas del espectáculo final.

La gente se indignó. Todo el mundo protestaba. El aluvión de insultos y palabras malsonantes que recibió Nilo en apenas medio minuto fue abrumador. Aunque a él no pareció importarle.

Mientras tanto, Attaegina ya estaba muy cerca de ellos. Mezclada con la muchedumbre parecía un diablo más cubierta con su capa parda. Pronto tendría que intervenir.

─¿Qué dices, Nilo? ¿Cambias de opinión? Puedo recompensarte con otros muchos privilegios. Además, huelo en ti a un humano puro, de sangre dulce y fresca. ¿Quieres que te conceda la vida eterna? Si te conviertes en diablo, tus extrañas habilidades se multiplicarán. Dime, ¿qué quieres?

─Insisto: quiero a los Amantes de Plata.

Posiblemente Keriel estaba a punto de acceder, aunque solo fuera por labrarse la imagen de un rey benévolo, cuando la bella Istar, sibilina como un escorpión bajo las arenas, apresó a Nilo por la espalda.

Ni siquiera necesitaba armas con un joven humano como ese, un mordisco en el cuello bastaría para darle un buen sorbo y, luego, saldría volando con la corona.

Pero Altair se lo impidió, y batiendo sus poderosas alas de pluma blanca la embistió, haciéndola caer bruscamente sobre la arena mientras la Corona Roja, desprendiéndose de las manos de Nilo, rodaba libremente.

─ ¡Atti! ─ gritó Creta al verla allí con el aspecto del Primer Ángel. La figura de Altair desprendía la luz blanca y azul de una estrella fugaz, y tanto era así que muchos diablos no la podían mirar directamente sin que su resplandor les hiciera daño en los ojos.

─ Altair… ─ murmuró Keriel acercándose despacio al tiempo que desenfundaba un sable de oro rojo .

Después de haber pasado una eternidad sin verla, el hecho de tenerla delante le provocó un dolor intenso en el fondo del pecho.

Y se llevó la mano ahí, como si quisiera sujetar su sufrimiento.

Fue entonces cuando Attaegina recordó todas las veces que había visto a Halcón haciendo ese gesto mientras ella, guiada por su intuición, se preocupaba suponiendo que no era una buena señal.

No podía evitar seguir viendo a Halcón en los ojos de Keriel, muy adentro, al fondo, como si estuviese atrapado. Pero el Rey de los Diablos solo veía en ella a su mayor enemiga, a la mujer que más odiaba en el mundo.

─Llevo mucho tiempo esperándote, Altair ─le dijo─. Tenemos que poner fin a esto. Solo uno de los dos puede reinar sobre este mundo.

─Yo no quiero reinar sobre nadie, Keriel.

─¡Cállate! ¡Por tu culpa cayó todo lo que conocíamos! ¡Tú destruiste todo mi mundo!

─Tú comenzaste a destruirlo, Keriel. ¡Haz memoria! ¿O es que no recuerdas quién quemó ese árbol que ahora cubre con su copa nuestras cabezas?

Keriel sintió que se le acababa de revelar una verdad indiscutible.

Pero, ¿por qué no se había acordado hasta que ella lo dijo?

Altair lo confundía. Lo ponía furioso. Y lo peor de todo, despertaba en él un hambre voraz.

Quería devorar su corazón a toda costa. Era su único motivo para seguir viviendo.

─¡Pronuncia los trece nombres! ─le ordenó Nabor a Libia a punto de echar a volar hacia el centro de la arena. La Corona Roja estaba allí, en el suelo. Y esta vez no iba a permitir que ese niñato al que creía haber asesinado hacía meses, el hermano de la rebelde Pantera, se la volviese a jugar.

Libia, con la respiración agitada, se levantó y comenzó a pronunciar el decreto que convertiría a Keriel en una bestia indomable.

En cuanto lo hizo, entendió que, excepto el nombre que hacía trece, que era el del propio Keriel, aquellos otros pertenecían a los doce diablos que lo habían seguido a la perdición, los doce cuyos corazones se comió en primer lugar mientras se alejaba para siempre del camino de la luz para adentrarse en una tiniebla sin retorno.

Entonces se compadeció por él. Recordó los momentos en que había llegado a amarlo, a imaginarse una vida con aquel demonio que, en ciertos momentos y guiado por el amor, llegaba a resultar hasta bello.

Así que se negó. No pronunció más. Ella ya estaba condenada, daba igual qué hiciera.

Pero al ver a Attaegina allí, o mejor dicho, a Altair, supo que Keriel aún tenía una oportunidad para salvarse. El Primer Ángel lo haría.

Las garras de Nabor castigaron su decisión marcando la fina piel de su cara para siempre. Pero Libia, aun sangrando y temblando de miedo arrinconada en el suelo, perseveró.

─Traidora… ─la acusó Nabor─. Serás castigada por esto.

Y voló a toda prisa en dirección a la arena mientras Libia, soportando el dolor, rebuscaba en sus bolsillos.

Era un frasco minúsculo, apenas cabían diez o doce gotas en él.

Con tres o cuatro sería suficiente para dormir eternamente.

Para escapar de esa no vida, esa no muerte que jamás permitiría a su alma trascender. La mano de Ibis se lo impidió.

─¡Maestra! ─exclamó Libia sin comprender qué hacía allí la suma sacerdotisa. Ibis agarró el frasco y lo arrojó lejos de su discípula.

─¡Vámonos! ¡Corre! ─la apremió.

Esa noche fue Nabor quien hizo la pronuncia. Altair aguardaba ante Keriel mientras este se transformaba en una bestia inmunda sin dejar de gruñir. El proceso siempre era doloroso, siempre. Keriel sufría mucho para que su cuerpo cambiara. ¿Sería esa la última vez?