CAPÍTULO 101
Attaegina no podía creérselo. Lorick y Creta habían ganado la batalla.
Los espectadores no cabían en sí de emoción.
La palabra plata salía de todas las bocas como un mantra.
En el palco, Keriel disfrutaba de los juegos con una sonrisa perversa.
Tras él, Nabor parecía totalmente absorto a la espera de que Altair se presentase en cualquier momento, si no para enfrentar a Keriel, al menos para ayudar a su hermana.
─Lorick, todavía tenemos que llegar al centro del laberinto ─dijo Creta abrumada por el jaleo del público.
Pero Lorick no parecía comprender ninguna de sus palabras.
La abrazó repentinamente con todas sus fuerzas, demasiado fuerte, y la besó con una impulsividad tosca y obscena.
Creta lo apartó de un empujón y le abofeteó la cara, indignada, mientras el público reía a carcajadas.
Attaegina también se había dado cuenta: Lorick parecía otro.
─¡¿Se puede saber qué te pasa?! ─exclamó Creta enfadadísima.
Lorick no le respondía, sus ojos no miraban a ninguna parte.
Ni siquiera mantenía bien el equilibrio.
Entonces Creta notó en su lengua un sabor dulzón y alcohólico con un toque fermentado, y luego vio en el suelo los restos mordidos de esa fruta roja.
Solo en una ocasión escuchó mencionar a Ixión algo sobre el efecto que tenía en los diablos comérselas: al parecer, esa fruta confundía las percepciones y los recuerdos, intensificaba los anhelos de quien la comía hasta convertirlos en su única obsesión.
Podía volver a uno eufórico. Tal era el caso de Lorick, que de pronto había recobrado sus fuerzas de un modo desmedido…
pero ni siquiera sabía dónde estaba ni por qué. Creta lo agarró de la mano.
─Sígueme. No te sueltes.
Lorick la obedeció sin rechistar. Caminaba arrastrando los pies, como si fuera a caerse de un momento a otro.
Creta lo sabía, era todo un diablo ya. Pero aún tenían que llegar al centro del laberinto para ser declarados vencedores.
Entonces se les concedería la libertad y, luego, ¿podrían Attaegina o Elkerael hacer algo por Lorick con su sabiduría de nawales ?
Cuando lograron subir por fin al pedestal y vieron allí las dos copas de vino, Creta puso una de ellas en la mano de Lorick, cerrándole los dedos alrededor para que no se le cayera.
─Vamos a fingir que bebemos ─le dijo mientras el público se levantaba a aplaudirles─, pero no te tragues ni una gota.
Lorick ni siquiera asintió con la cabeza.
¿Habría entendido algo? El maestro de ceremonias declaró vencedores a los Amantes de Plata justo cuando Keriel, volando majestuosamente desde el palco, aterrizaba ante ellos con el poderío del rey que era.
Attaegina, al verlo, se puso muy nerviosa mientras la mano de Ibis intentaba calmarla.
─Atenta ─le dijo.
Cuando Creta tuvo a Keriel tan cerca comenzó a sudar. Se colocó al lado de Lorick y se mantuvo alerta por si tenía que extraer sus dagas de plata de un momento a otro. Y en ese momento el público calló por completo para escuchar lo que su rey tenía que decir.
─¡Mi más sincera enhorabuena, Amantes de Plata! ─los felicitó con una sonrisa pertinaz─. Habéis demostrado que la fuerza del amor os ha guiado una vez más. Ha sido un gran espectáculo. ¿Estáis de acuerdo?
Keriel apeló a los asistentes. Su voz sonaba atronadora, como amplificada, mientras llegaba a todos los rincones del circo. Pero Creta no estaba tranquila. Suponía que había algo más.
─¿O queréis más? ─preguntó Keriel. Los espectadores se revolucionaron, pareciendo ponerse de acuerdo entre ellos hasta que, por unanimidad, comenzó a repetirse con fuerza: «¡Más!».
Keriel se divertía. Caminaba en círculos alrededor del pedestal, levantando los brazos para que todos lo miraran, batiendo sus alas con estilo y sacudiendo su cola de un lado a otro para acompañar sus movimientos. De nuevo hizo callar al público.
─¡Está bien! ¡Está bien! ¡Vamos a proponer el último juego!
Creta se temía lo peor. Keriel tenía una expresión mezquina que ya en nada recordaba a Halcón. Era un diablo de los pies a la cabeza. Como muy pronto lo sería Lorick. El rey deliberó:
─¡Solo puede ganar uno!
La propuesta fue acogida con sorpresa, pero con una aceptación generalizada, mientras Attaegina se disponía a salir de allí volando en cualquier momento para plantarle cara a Keriel e impedir esa barbaridad.
─¿Cómo que uno? ─le preguntó Creta a Keriel. El monarca la miró con lástima.
─Esto es el Tártaro, ¿qué te pensabas? ─Se dirigió de nuevo al auditorio─. ¡Los Amantes de Plata van a dejar de ser amantes! ¡Haced vuestras apuestas! ¿Cuál de ellos vencerá?
Lorick parecía estar recuperando el sentido mientras se esforzaba por comprender qué tenía que hacer ahora. Y Keriel, al verlo en ese estado, se regodeó.
─Has comido la fruta roja, ¿verdad? ─le preguntó─. Bien, así serás más impredecible. Comenzad, vamos.
─¿Y qué pasa con el vencedor? ─preguntó Creta─. ¿Qué gana?
─Poder, fama, dinero y su libertad.
Keriel, sacudiendo la cola sobre el suelo, se impulsó hacia el aire y, mientras se mantenía allí arriba para ver muy de cerca el combate, anunció el comienzo de la batalla.
Lorick permanecía de pie frente a Creta.
El arpón bailaba en una de sus manos casi sin fuerzas para apuntar.
Al otro lado, Creta empuñaba sus dagas de plata.
No sabía cómo iba a reaccionar Lorick. De haber estado sobrio, habrían tramado un plan en cuestión de segundos, tan solo cruzando una mirada.
Y habrían planeado salir de allí con vida, seguro.
Pero él ahora estaba bajo los efectos de esa fruta de la perdición, terminando de asumir su nueva naturaleza de diablo y bajo las órdenes de Keriel, al que empezaba a identificar como su rey.
Creta era la única de los dos que podía manejar esa situación. Le correspondía a ella la toma de una decisión tan difícil. Jamás haría daño a Lorick. «Ya está: me quitaré la vida antes de que se acerque. Así no manchará sus manos con mi sangre y él ganará la contienda».
Al aviso del tercer cuerno, para no faltar a las tradiciones, comenzarían a pelear. Sonó el primero. Cada uno se posicionó en un extremo de la pista. Creta colocó estratégicamente las manos para dirigir las dagas contra su propio pecho en cuanto Lorick se abalanzara sobre ella.
Había hecho cuanto había podido luchando junto a él. Pero ya no podía salvarlo de la oscuridad. Tenía la esperanza de que Attaegina o algún nawal lo devolviese a la luz algún día. Para entonces, ella ya estaría muerta.
Sonó el segundo cuerno. Se permitió recordar todos los besos que se habían dado, todas las veces que él le había demostrado lo mucho que la amaba a pesar de ser tan parco en el hablar.
Se sintió feliz por haber tenido, a pesar de todo, su noche de bodas con él.
Una parte de Lorick siempre se quedaría en ella, aunque su cuerpo físico se degradara y su alma trascendiera. Pero, ¿qué quedaría en aquel diablo?
Attaegina se alejó de Ibis y se abrió paso para echar a volar.
El tercer cuerno estaba a punto de sonar cuando los ojos de Keriel se llenaron de un resplandor rojo, casi incandescente.
Pero también los de Nabor y los de la bella Istar.
La Corona Roja, de repente, se materializó en medio de Lorick y de Creta.
Y poco a poco, la figura de un joven con un colmillo de oro tomó forma ante el asombro de todos.