CAPÍTULO 100
Creta cayó de bruces. Justo en la trampa. Acto seguido, la Tejedora la atrapó entre sus patas. En su rostro se prendieron de repente ocho ojos redondos, como ocho espejos que reflejaban la figura de Creta tratando de liberarse antes de que su adversaria le clavara su aguijón.
─¡Tengo que ir! ─dijo Attaegina levantándose para acudir en ayuda de su hermana. Pero en ese momento Átropa cayó. Creta había usado hábilmente las dagas gemelas en su defensa. Se liberó de la araña y le dio fin.
El público bramaba de gusto. El espectáculo era bizarro.
Y de nuevo, las voces a coro clamaban aquello de «¡Plata, plata!
». Cabe decir que también hubo enfados y gritos de indignación, insultos hacia Creta y peleas entre diablos que habían hecho apuestas por un bando o por otro.
Y es que las Tejedoras jamás habían perdido un combate. Jamás.
Creta todavía no podía creérselo. Extrajo las dagas del cuerpo grotesco de su rival y empujó el cadáver con un pie para que se prendiera en el fuego de los cañizos. Ahora solo quedaba encontrar a Lorick. Y al último gladiador.
Cloto, la última de las Tejedoras, no luchaba con el estilo fiero y burdo de los Renegados. De ser así, Lorick la habría tumbado con no demasiado esfuerzo. Pero Cloto era la mayor de las tres hermanas arácnidas. La más lista y, al tiempo, la más sanguinaria.
De rodillas en el suelo, cubierto por una tela de araña tan densa que no le permitía siquiera mover los brazos, Lorick no gesticulaba mientras pensaba en alguna forma de liberarse.
Su arpón estaba tirado en la arena a unos metros de él.
Aunque gracias al público sabía que Creta seguía viva.
Y también que solo quedaba un enemigo por vencer y lo tenía delante de sus narices.
Pero Cloto no se lo había puesto fácil. Había atacado a Lorick a traición, sin ser vista, aguijoneándolo primero con un puñal y, después, amordazándolo con esa tela de araña que le brotaba del ombligo como una excreción deleznable.
─¡Lorick! ─se escuchó la voz de Creta muy cerca de ellos─. ¡Lorick!
Él quiso responderle para advertirle que se alejara. Pero Cloto le tapó la boca con su tejido arácnido y Lorick no pudo más que gruñir.
─Es como una mariposa volando hacia su propia muerte ─le dijo Cloto─. Si he podido contigo, ¿qué no voy a poder hacerle a ella?
Lorick intentó levantarse, pero la herida en el costado le dolía a rabiar, le impedía ponerse en pie.
Empezaba a desangrarse y no sabía hasta qué punto podría sobrevivir a ello, eso dependía de si ya se había convertido completamente en diablo o no.
Pero en aquellos momentos lo deseó con todas sus fuerzas.
Deseó ser una alimaña, un monstruo, con tal de proteger a Creta de la muerte una vez más.
Aunque no pudiera volver a amarla nunca.
Y el Cosmos, que debió escuchar sus más profundos anhelos, se ocupó de hacer que cayera una suculenta fruta roja del Árbol y que esta rodara hasta él.
Entonces Creta apareció por sorpresa a la vez que una de sus flechas cortaba el aire, rauda, y se clavaba en el abdomen de la Tejedora.
Cloto, mientras asimilaba lo que acababa de suceder, se quedó extrañamente sorprendida porque no la esperaba por ese lado.
De hecho, era ella quien solía presentarse sin ser vista.
Pero Creta, conociendo de antemano a las hermanas Tejedoras, había contemplado todas las posibilidades: en primer lugar, se ayudó del escudo metálico que, haciendo de espejo, le proporcionó una visión aventajada.
Así fue como supo dónde estaba Lorick y en qué circunstancias.
Después lo había llamado para disimular, haciendo creer a Cloto que se había perdido.
Entre Creta y Cloto estalló entonces un combate épico. Sin embargo, Creta no había arrojado su flecha por azar, sino con precisión: sabía que las hermanas fabricaban su tela a en el interior del abdomen. Cloto, por tanto, acababa de perder una de sus mejores facultades.
Pelearon valiéndose de sus armas. Creta con las dagas gemelas.
Cloto, usando sus ocho patas como garfios cubiertos de espinas.
Y mientras tanto Lorick empezó a obsesionarse con esa fruta roja.
Olerla casi le permitía paladearla. Su perfume alcohólico lo estaba volviendo completamente loco, contagiándole la euforia de una rara borrachera.
Y el ansia por morder su pulpa se hizo tan insoportable que una fuerza desconocida brotó desde su interior, permitiéndole romper la mordaza de Cloto mientras gritaba con furor.
Cuando el público vio a Lorick resarcirse, una nueva oleada de exclamaciones y de aplausos se prendió entre los asistentes.
También una marea de abucheos. Creta no sabía qué estaba sucediendo, no podía quitarle la vista de encima a Cloto, que movía sus patas a una velocidad inimaginable.
Y entonces llegó Lorick. Recordaba a un toro salvaje corriendo con el arpón en las manos, apuntando a la Tejedora para embestirla con él.
Y lo hizo. La criatura no pudo más que rugir, no solo por el dolor, sino también por la rabia de perder contra esos esclavos medio humanos que no llevaban ni un mes luchando en la arena.