CAPÍTULO 99
Creta ya ocupaba su posición en el laberinto cuando sonó el primer cuerno. Nadie les había explicado cómo iba a ser la prueba hasta unos momentos antes de empezar, pero cuando supieron que iban a luchar separados todos sus planes cayeron por tierra.
Sonó el segundo cuerno. Lorick permanecía impenetrable, calculador y frío, dispuesto a destrozar todo cuanto se le pusiera por delante con la única motivación de encontrar a Creta lo antes posible y no separarse más de ella.
Y el tercer cuerno dio comienzo a la lucha.
Los espectadores desde las gradas podían ver prácticamente todo lo que sucedía allá abajo. Muy distinta era la persectiva dentro de aquel laberinto hecho de paredes de cañizo a las que se había prendido fuego.
El calor y el humo hacían asfixiante la permanencia allí, sobre todo para un ser humano. Creta lo acusaba especialmente porque ella todavía no era, como sus rivales, una alimaña. En cambio Lorick comenzó su andanza por el laberinto con un estilo arrollador, corriendo con el arpón en las manos.
Era muy difícil recorrer aquellas estrechas pasarelas sin perderse ni volver sobre los pasos. El único punto de referencia era el pedestal que se había colocado en el centro, situado en alto, para que los participantes lo pudieran usar como guía.
Creta se desplazaba despacio pero con ligereza.
Siempre había sido la mejor cruzando los bosques.
No hacía el menor ruido. Además, se orientaba bien.
Trataba de escuchar dónde se encontraban los demás, pero también de pasar desapercibida, pues, ¿qué haría si se encontraba con uno de los Renegados, esos gladiadores inmensos, agresivos como bestias?
Ella no era hábil en el cuerpo a cuerpo, su punto fuerte siempre habían sido las armas arrojadizas, y en un espacio tan estrecho jugaba con desventaja.
Aun así, cargó su arco y lo mantuvo en sus manos, tenso todo el tiempo.
A la mínima que viera algo moverse, dispararía.
En la grada, Attaegina rogaba al Cosmos por su hermana y por Lorick.
Mientras tanto, el nórdico avanzaba deprisa y sin contratiempos.
Era todo un estratega, no le pasaba por alto un detalle.
Comenzaba a recordar cada irregularidad de los trayectos del laberinto, eso le impedía perderse.
No fue igual para su contrincante, Eaco, que andaba aturdido desde el principio.
Lorick, sin darle ni un momento para reaccionar, cargó contra él con una brutalidad nunca antes vista, momento en el que el público estalló en aplausos y ovaciones.
Attaegina se horrorizó al ver a Lorick en ese estado y buscó la mirada de Ibis para recibir una explicación.
O, mejor dicho, para que le confirmase lo que ya sabía:
─Sí, ya casi es uno de ellos ─le dijo la suma sacerdotisa.
Creta, desde su posición, asistía a la agitación del público sin saber qué había pasado exactamente, cuando las voces a coro le dieron a entender que Lorick estaba bien. «¡Plata! ¡Plata!», gritaban los asistentes a la espera de que el nórdico, con su arpón, le diera a su enemigo el golpe de gracia.
No fue mejor la suerte de Radamantis, que se topó con la cruenta Átropa. Cuando Creta los encontró, Radamantis ya no podía levantarse del suelo.
Quiso retroceder, pero el fuego se lo impidió. No podía acercarse a las paredes. Así que apuntó a Átropa con el arco y disparó, hiriéndola en el abdomen.
─¡Maldita zorra humana! ─exclamó aquella monstruosa criatura de rasgos femeninos. El cabello, desteñido y vaporoso, le caía por encima de la espalda como una maraña de hilos enredados entre sí. Pero, ¿por qué a Creta le resultaba tan familiar?
Sin darle tiempo para reponerse, le arrojó otra flecha. Y luego, otra más. Tenía la intención de continuar para, cuando se vaciara su carcaj, acercarse con las dagas de plata. Pero entonces la Tejedora dijo algo:
─¿Tú eres la hermana de Altair?
Creta se quedó tan desconcertada que no pudo continuar.
─¿Qué sabes de mi hermana? ─preguntó apuntándole con las dagas. La Tejedora la miró con un odio incontenible.
─Que mató a la mía.
─¿Qué?
Creta no comprendía nada.
─Explícate ─le exigió.
─Mi hermana Agámena, la madre guardiana de Pira, murió por culpa de Altair.
De pronto, el dolor que seguía latente bajo la piel de su cara por ese par de bofetadas que le había dado la vieja días atrás pareció despertarse. La Tejedora se rio:
─Eso te lo hizo ella, ¿verdad?
Creta no le respondió. Se acercó a toda velocidad, ayudándose del escudo rectangular, y trató de clavarle la daga en el centro del pecho. Pero algo le hizo tropezar. ¿Quién había colocado ramas en el suelo?
Cuando miró a sus pies y comprobó que no eran ramas, se le erizó el vello de todo el cuerpo: Átropa, de pronto, tenía ocho enormes patas peludas.