El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 98
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CAPÍTULO 98

Nadie recordaba en el Tártaro la última vez que el Circo Máximo se abarrotó de tal modo.

Anochecía. La muchedumbre se agolpaba en el graderío bajo la copa del gigantesco Árbol de la Fruta Roja, impaciente por asistir a un espectáculo de los que hacían historia.

Y en una de las últimas filas Ibis y Attaegina se abrían paso para encontrar un hueco a golpe de empujones y codazos.

─¿Cómo es que no perciben mi olor? ─le preguntó Attaegina a Ibis procurando taparse de arriba abajo con la capa─. ¿No se supone que huelo diferente? ¿No lo notará Keriel? Minos sí lo percibía.

─Puede que en Nueva Pangea sí. Pero estás en el Tártaro. Hace miles de años perteneciste a este mundo, que era muy distinto a ahora, claro. Aun así, formas parte de él.

Attaegina se quedó un poco más tranquila, sin embargo, cuando vio el laberinto de paredes de fuego que se había levantado en la arena y pensó en Creta y en Lorick, empezó a ponerse nerviosa.

En el centro se había colocado un pedestal y, sobre él, había dos copas llenas de vino.

Vencería la pareja de gladiadores que lograra llegar viva allí y brindar por el rey.

Pero eso no era todo. Las parejas eran separadas desde el principio de modo que cada componente partía desde un punto diferente del laberinto, así que su objetivo no era solo llegar hasta el centro de mismo sino sobrevivir en solitario hasta que pudieran encontrarse.

Creta y Lorick, entre tanto, se preparaban.

Él se puso guantes de cuero para poder sostener el arpón sin quemarse las manos.

Luego, ambos se armaron con arco y flechas.

Se vistieron con la loriga y el casco y se besaron como si fuera la última vez justo antes de que los centinelas encargados del circo los condujeran a cada uno a un punto de partida completamente separado del otro.

Otras dos parejas de gladiadores competirían contra ellos, y en esta ocasión no podían cubrirse las espaldas ni ayudarse.

En el palco, Libia apareció en primer lugar vestida con sus mejores galas de suma sacerdotisa, sus joyas de oro amarillo cubriendo hasta sus pies y su cabello rizado recogido elegantemente.

Tras ella entró Nabor en su apariencia demoníaca con la bella Istar cogida de su brazo.

Y por último Keriel, el Rey de los Diablos, con sus alas abiertas en señal de poderío y su imponente cornamenta, que parecía crecer por cada día que pasaba en el Tártaro.

Mientras saludaba a sus súbditos recibiendo todo tipo de alabanzas, Libia lo miraba con nostalgia sabiendo que su historia con él había terminado para siempre.

Keriel nunca la había querido a ella, solo eran los restos de Halcón buscando a Attaegina en algún lugar.

Y ahora ya ni siquiera quedaba nada de Halcón, pues Keriel, después de emborracharse de fruta roja, parecía haberse vuelto más diablo que nunca.

Su aspecto ahora hasta repugnaba a Libia.

Attaegina lo observaba desde el otro extremo del circo tratando de encontrar en él ya no a Halcón, sino al Keriel del principio, al que tenía un corazón que latía a la vez que el suyo.

Los recuerdos de Altair ocupaban ya toda su memoria.

Se acordaba de Keriel, de lo mucho que lo había amado, de lo mucho que lo había odiado.

Puede que aún quedaran recuerdos difusos que no terminaba de discernir, pero tal vez no fueran importantes.

En cualquier caso, ya sabía cómo había terminado la historia entre ambos.

Era un mito cientos de veces contado, transmitido de generación en generación, incuestionable por tanto.

Altair y Keriel se habían destruido el uno al otro, sí.

¿Tenía que suceder de nuevo así para que el mundo se salvara?

Aunque no podía dejar de pensar: «¿Quién estuvo ahí realmente para ver lo que sucedió? ».

Durante sus meditaciones había sufrido lo indecible solo de pensar que tenía que tomar la iniciativa de destruir a Keriel. Pero había decidido que no lo solucionaría así. Que se rendiría a las voluntades del Cosmos. Que no haría nada…

─En cuanto tenga ocasión, trataré de sacar de ahí a Libia ─le recordó Ibis─. Tú céntrate en Keriel. Pero no bajes la guardia con Nabor.

Attaegina asintió mientras el maestro de ceremonias, un diablo orondo y, por lo visto, bastante popular, presentaba a los participantes: los Amantes de Plata fueron aplaudidos con fervor.

A continuación los Renegados, de quienes se decía que eran esclavos que habían recibido todo tipo de torturas para ganar fortaleza, también recibieron su baño de aplausos.

Sus nombres eran Radamantis y Eaco. Por último, fueron presentadas las Tejedoras, Átropa y Cloto, quienes a diferencia del resto de gladiadores, no eran esclavas, sino guerreras expertas que cobraban grandes sumas por dedicarse a pelear en los circos.

Y el público, por un instante, se sumió en un silencio siniestro.

A Attaegina le pareció una mala señal. A Creta y a Lorick también.