CAPÍTULO 97
Los entrenamientos antes de los juegos del rey fueron duros para Lorick y para Creta, aunque recibían atenciones, comida y bebida y no se sentían tan degradados como cuando estaban al servicio de Ixión, a quien, por suerte, tanto si se ganaban la libertad como si morían en la arena, ya no tendrían que ver más.
Pero a Creta eso no era lo único que la mantenía preocupada. La frialdad de Lorick iba en aumento. Su mirada se sentía más dura y rígida que nunca, y su arrojo en el combate, extrañamente fiero.
No era el Lorick de siempre. A medida que pasaban los días el veneno de las alimañas corría por sus venas nutriendo cada fibra de su cuerpo. Le había cambiado hasta la expresión y apenas hablaba.
A decir verdad, Creta también notaba cambios en sí misma, aunque no tan rápidos. En cualquier caso, a menos que encontraran una solución, estaban condenados a vivir como diablos sin importar que fueran libres o esclavos. «Pero, ¿cuál es la solución?», se preguntaba.
Extrañaba las caricias de Lorick, sus palabras al oído. Sus besos. Pasaban las noches a solas y ni aun así él le hacía caso alguno. Como si no existiera. Solo le importaba ganar esos malditos juegos.
Y llegó la última noche. Entraron en la celda vigilados por la guardia y, cuando se quedaron los dos solos, antes de que Lorick se tumbara y se girara a un lado para dormirse, Creta le habló con franqueza:
─No sabemos si mañana a esta hora seguiremos vivos.
Su voz prendió una luz en los ojos nublados de Lorick, y su expresión, por un instante, se volvió más receptiva. Acaso humana.
─He soñado muchas veces con nuestra boda ─prosiguió ella─: me imaginaba que nos casaríamos en verano, que haría calor y nos iríamos a pasar la noche junto al río.
Que me harías el amor sobre la tierra, en una alfombra de botones de oro, mientras la luna y las estrellas se convertían en nuestro único testigo.
Pero seguramente moriremos mañana, por eso llevo varios días tratando de entregarte mi virgo.
La dureza abandonó repentinamente el rostro de Lorick, que de pronto se volvió triste, muy triste. Se sentía culpable, Creta se dio cuenta.
─No lamentaré morir virgen. Lo que de verdad lamento es que me rechaces. ¿Qué te pasa, Lorick? ¿Es que ya no me quieres?
Había sufrido tanto por ganar su amor en el pasado que los miedos volvieron a despertar en ella.
─No es eso. Perdóname. No es por ti.
─Entonces, ¿qué es?
─Soy un diablo. Soy uno de ellos. ¿Cuánto tiempo tardaré en olvidar que un día fui humano? ¿Es que no me ves?
─Te veo. Es lo único que hago cada día: verte para saber si estás bien. Para saber qué necesitas, porque nunca pides ayuda cuando estás necesitado. Llevo toda mi vida viéndote a hurtadillas, observándote en cada momento. Y te quiero, Lorick.
Creta quiso cogerle una mano, pero él rehusó. Comenzaba a encerrarse en sí mismo, igual que había hecho ya otras veces.
─Creta, tú aún puedes evitarlo. Estoy seguro. A ti no te mordieron. Pero yo seré una alimaña asquerosa muy pronto y, para entonces, no quiero que desperdicies tu vida quedándote a mi lado. Por eso ya no quiero besarte ni tocarte, porque tú mereces salir de aquí. Yo, en cambio, ya estoy condenado…
Las lágrimas de Creta eran silenciosas pero arañaban su piel como garras. Solo entonces, al verla llorar, Lorick se conmovió. ¡Ahora se sentía peor por haberla herido una vez más con su frialdad de carácter!
─Creta, no quiero que llores. No quiero que estés triste. Escúchame…
Ella lo abrazó al tiempo que un gemido desgarrador la rompía desde adentro. El frío de Lorick se le había clavado en las entrañas, dolía más que cualquier mordisco de una criatura infernal. No lo podía soportar. Otra vez no.
El corazón del nórdico, o lo que quedaba con vida en él, se ablandó gracias al contacto con su piel, con su cuerpo humano aún caliente.
Y movido por un instinto que creía estar olvidando, la abrazó muy despacio, deslizando las manos por su espalda para atraerla con más fuerza hacia sí.
Solo entonces comprendió cuánto la necesitaba.
Creta era su única medicina. Y quería beberla porque nada más podría saciar su sed ahora que su alma empezaba a abandonarlo.
─Llevo mucho tiempo anhelando nuestra noche de bodas ─le susurró ella al oído. La respiración de Lorick se aceleró. La de Creta se tornó más profunda y sensual.
─Eso no puede ser, Creta ─resolvió Lorick dando un paso atrás para apartarse de ella─. No, no te haré eso. No me lo pidas más.
─Pero, ¿por qué?
─He dicho que no me lo pidas más o no sé si podré contenerme.
─Lorick, ¿qué es lo que te pasa ahora conmigo? ¿Es que no me amas ya?
¿Por qué era todo tan difícil? Lorick se dio la vuelta bruscamente y golpeó el muro con el puño, gruñendo de rabia.
─¡Precisamente porque te amo! ─exclamó─. ¡Creta, no puedo hacerte eso!
Creta se acercó. Estaba dispuesta a escuchar qué tenía que decirle.
Lo tomó de la mano y lo llevó junto a ella.
Se sentaron y, cuando lo vio más tranquilo, le preguntó.
Y en ese momento Lorick aprovechó para expresar todos sus miedos, sus inseguridades, todos los tormentos que, desde que habían llegado al Tártaro, le rondaban cada día pero trataba de hacer como si no para que ella no sufriera.
─¿Es que ya se te ha olvidado lo que le pasó a Raira?
Creta no entendía qué quería decir.
─¿Qué tiene que ver Raira con todo esto, Lorick?
─Raira se quedó embarazada de un diablo. Lo pasó fatal. Ha sufrido toda la vida por Halcón, y al final, mira: Halcón ha resultado encarnar la peor de sus pesadillas, pues su hijo es otro diablo. Mejor dicho, es el peor de todos. ¿Qué sería de ti si esta noche te quedaras embarazada, Creta?
Creta ni siquiera se lo había planteado así porque, a diferencia de Lorick, que siempre se anticipaba a todo, ella era mucho más impulsiva. No sabía ni qué responder cuando él continuó:
─Yo ya soy un diablo. Nuestro hijo, por tanto, sería otro de mi especie. Y no quiero que cargues con eso. No. Yo no quiero que lleves a una alimaña en tu vientre.
Ella lo entendió todo de una vez. Siempre era así con Lorick. Sus silencios como sus palabras no dichas solían tener explicaciones más que razonables. El problema venía a menudo porque Creta no era razonable, sino mucho más sagaz a la vez que irreflexiva.
─¿Crees que yo no me siento distinta aquí?
También estoy dejando de ser humana. Lo noto desde dentro.
Y por ese mismo motivo, me he vuelto tan yerma como las tierras de este lugar hostil en donde nada germina ni crece.
Tu semilla será infértil en mí. Además, seguramente moriremos mañana.
Pero si esta noche no me entrego a ti, moriré tan triste que mi fantasma llorará eternamente porque no me quisiste amar.
Lorick se quedó frío. Quieto. Era una roca, un pedazo de metal. No se sentía capaz de consolarla ni de mirarla ni de tocarla. Por eso Creta tomó la iniciativa. Lo conocía bien. Solo tenía que mostrarle el camino. Y lo abrazó muy despacio, tierna, hasta que no quedó hueco entre sus cuerpos.
Acarició su cabeza con los dedos. Debía reconocer que el cabello corto le daba a Lorick un aspecto tan duro que le despertaba una atracción irresistible.
Siguió. Besó su ceja, su párpado, su pómulo.
Era su manera de acariciarle con los labios.
Luego, sus bocas se encontraron. Era justo lo que él necesitaba, el calor de su aliento, el sabor de su saliva.
Beber de ella un instante de calma, degustar el placer de su lengua.
Y entonces sus brazos reaccionaron y la rodeó, lento.
Sus dedos, que normalmente eran rígidos y firmes, se hundieron debajo de su ropa de lino con delicadeza, recorriendo la piel de Creta con una ternura que solo ella conocía. Y es que, en la intimidad, Lorick se prendía como un ascua, despacio, pero llegaba a emitir un calor inimaginable.
Cuando Creta se venció a sus caricias, a sus besos derramados por su cuello como brotes abriéndose al sol, él la sostuvo en sus brazos y la condujo elegantemente, como habría hecho en su noche de bodas, hacia el jergón sobre el que dormían en esa celda.
Depositó el cuerpo de Creta allí con tanta sutileza como el vuelo de una brizna de paja, tocando su cabello al tiempo que deslizaba una mano entre sus pechos, por encima de su ombligo, de su vientre femenino.
La ropa de Creta era tan fina que podía notar cada parte de su cuerpo a través de la tela que lo cubría.
Eso y la temperatura de su piel. Entonces Lorick se descubrió el torso, y cuando ella vio todas esas cicatrices salpicándolo, todos los rasguños y heridas recibidos en la lucha, no pudo apaciguar la necesidad de tocarlos.
Los besaba con una sensualidad de la que Lorick no pudo escapar.
Y así, mientras Creta lamía sus heridas, él la siguió desnudando con la mano trémula, tan nervioso como ella.
Al verla allí debajo se rindió a lo salvaje de su belleza.
Para él Creta siempre fue como la cierva reina del bosque, silenciosa y solitaria, la protegida de Madre Tierra que solo los privilegiados podían ver reflejarse sobre las aguas del río en la noche.
Estaba prohibido cazarla, siquiera acercarse o mirarla, menos todavía tocarla, a menos que uno fuese el elegido.
Y Lorick era el único. Jamás hubo ningún otro.
Se llenó las manos con sus caderas de mujer. Los caminos, el arco y las flechas y las marchas a caballo se habían ocupado de tornear sus piernas, fuertes y femeninas. Unas piernas que se iban enredando poco a poco en torno a él mientras volvía a besarla.
En ese momento sus diablos habían desaparecido.
Eran solo ellos dos. El Lorick y la Creta de siempre.
Los que habían compartido los silencios de los bosques, los secretos del clan del Salmón.
Los que habían compartido una vida entera sin darse apenas cuenta de que se les terminaba el tiempo…
De los ojos de Creta manó una lágrima. Lorick la enjugó.
─Ámame ─le pidió ella─, ámame como si nunca más fueras a volver a hacerlo.
Lorick la abrazó todavía con más fuerza.
En el estrecho hueco que ocupaba entre sus brazos y su pecho, ella se sentía a salvo de toda la oscuridad del mundo.
La besó con más intensidad que nunca. Y guiado por el instinto y por un cambio en la respiración de Creta, que se tornó muy intensa, entró en ella despacio al tiempo que ardiendo, sin dejar de susurrarle al oído lo mucho que la amaba y lo mucho que siempre la amaría.