CAPÍTULO 96
Nabor recibió a Istar en su cámara con una copa de vino de la mejor reserva del monarca.
Se le hacía extraño no ser el regente de aquel palacio como lo era en Teff, aunque, a efectos prácticos, él seguía gobernando las decisiones del Imperio y, por qué no admitirlo, también la voluntad de Keriel, el Rey de los Diablos.
Por tanto, todo seguía en su lugar. Bueno, casi todo.
─¿De verdad que necesitamos a la niña lánguida? ─le preguntó Istar al recibir la copa de sus manos.
─Déjala, Libia es completamente inofensiva. Además, tiene que pronunciar los trece nombres una última vez. Será el día de los juegos, cuando Altair se presente ante Keriel.
─Pareces muy convencido de que eso vaya a suceder así, Nabil.
─Ten fe, bella Istar. Altair y Keriel están destinados a destruirse. Van a repetir su historia. Y cuando no haya Rey de los Diablos, tú y yo nos ocuparemos de heredar este reino.
Istar sonrió con una perfidia escabrosa.
Seguía siendo bella, siempre había sido la más bella.
El Ángel de la Belleza, así la había conocido Nabor.
Siempre había sentido una inmensa atracción física por ella.
Ahora, su apariencia diabólica había multiplicado su hermosura por diez, pero también la había vuelto mucho más peligrosa.
De hecho, corrían rumores horribles sobre el modo en que mantenía su belleza intacta.
Y es que, al parecer, Istar era una ávida devoradora de doncellas humanas, de las que extraía su encanto y su eterna juventud.
─Brindemos, querida ─sugirió Nabor. Se llenó otra copa para sí mismo y se acercó a Istar. Entrelazaron sus brazos con elegancia, como se hacía en las bodas y en las fiestas. Pero, cuando ambos terminaron de beber, solo ella tenía apoyada en el pecho la hoja recién afilada de una daga de plata.
─Un solo movimiento y te mato ─la amenazó Nabor haciendo que dejara caer su copa. Esta repiqueteó varias veces sobre el suelo con un sonido metálico, salpicando de vino los hermosos pies descalzos de Istar, que no se atrevía ni a respirar.
─Sabía que no podía fiarme de ti ─le dijo ella.
─Eso mismo tendría que decirlo yo. Ahora vas a contarme qué has hecho con la Corona Roja, maldita arpía del infierno.
─¡Yo no he tocado la corona! ─se excusó Istar. Nabor la acorraló contra un rincón y presionó con más fuerza la hoja de plata, rasgándole la ropa. Cuando el metal le rozó la piel, Istar soltó un grito agudo, suplicante─. ¡Te digo que no he sido yo!
Nabor apartó su arma, pero no la soltó. No parecía convencido aún.
─Si solo tú y yo conocíamos su paradero, entonces, ¿cómo puedes explicarme lo que sucedió en el pozo?
─¡No sé qué sucedió en el pozo! ¡Te juro que yo no he estado allí desde que te marchaste del Tártaro, Nabil! ¡El pozo lleva cerrado cientos de años!
Nabor volvió a aproximar la daga a su pecho. Istar notaba el ardor que desprendía. Le quemaba. ¡Le dolía!
─Llegué al fondo del pozo. La corona estaba allí.
Pero, cuando quise llevármela, desapareció prácticamente delante de mis ojos.
Fue un despiste que no duró más de tres segundos.
Dime, Istar, ¿quién podría hacer algo así?
¿Quién aparte de ti conoce la ruta, el lugar exacto, los sortilegios para amansar a las serpientes?
Si eres capaz de explicarlo, no morirás hoy.
─¿Por qué iba a hacer algo así, Nabil? ¿Tan torpe me crees? Si yo hubiera robado la Corona Roja, no habría venido a visitarte alegremente. Me habría marchado sin dejar rastro.
Parecía bastante evidente que decía la verdad. Eso o Istar era más retorcida de lo que se creía. Nabor la soltó sin ningún tipo de cuidado y ella se tropezó sintiéndose todavía más humillada.
─Procura que no te falle la memoria, Istar, o no tendré más remedio que hacerte recordar quién te ha proporcionado siglos enteros de belleza fresca y renovada. Sigues en deuda conmigo.
Istar se recompuso mientras hacía esfuerzos para tragarse la rabia, procurando bajar la cabeza para no asestar una mirada de profundo rencor al que, mal que le pesara, había sido su benefactor desde tiempo inmemorial.
─Eres una de las criaturas más viejas del Tártaro y, sin embargo, luces como una doncella que nunca ha sido tocada.
No olvides que todo ha sido gracias a mi generosidad, a los sacrificios que te he servido en bandeja.
A cambio, solo te pedía que fueras mi cómplice en este reino, que velaras por la corona y me ayudaras a recuperar el trono llegado el momento.
─He cumplido mi parte del trato. Te facilité la entrada al palacio y puse a toda la guardia a tu favor. Una conspiración contra el rey Azufre no se consigue en un día. ¿O es a ti a quien te falla la memoria?
Nabor la miró con desprecio. Negociar con Istar siempre había sido complicado, aunque su único punto débil era su obsesión por la belleza y las joyas. Gracias a eso, la había manejado siempre como a un perro deseoso de comerse las sobras de su dueño.
─¿Y entonces quién crees que ha tenido las agallas de robarme en mi propia cara?
─le preguntó. Istar conocía bien el Tártaro y a sus habitantes, sus trucos, sus jugarretas y su picaresca.
Pero no era capaz de imaginar quién en su sano juicio se había aventurado a usurparle al propio Nabor su tesoro mejor guardado con tanto descaro. Se quedó pensativa.
─¿La chica ángel? ─sugirió.
Nabor negó con la cabeza.
─Me habría dado cuenta. Además, Attaegina es más de chocar de frente, como las cabras salvajes. No le pega tanta discreción.
─¿Attaegina?
─Altair, mejor dicho. A estas alturas, espero que de Attaegina quede ya bien poco.
─¿Por qué? ¿Porque podría confundir a tu heredero?
A Nabor le molestó su tono burlón.
─Eso no pasará. Keriel no recuerda nada de su vida como Halcón. Libia ha hecho un buen trabajo.
─Ah, Libia... Me habría encantado beberme su sangre.
─Es toda tuya. Solo espera a que pasen los juegos, todavía la necesito.
Istar puso una mueca de asco.
─No, ya no huele bien. No me apetece. Solo como carne de primera. Lo sabes. Pero volviendo a la corona, dime, ¿qué vas a hacer si no la recuperas?
Por primera vez en su vida puede que Nabor no tuviera un plan alternativo. Llevaba tanto tiempo creyendo que todo iba a salir justo como había previsto que el robo de la corona lo había desmontado por completo. E Istar se había dado cuenta.
─Seré el Rey de los Diablos. Caiga quien caiga. Con o sin corona. Y si quieres un puesto a mi lado cuando llegue ese momento, que no se te ocurra volver a dudarlo.