CAPÍTULO 95
Libia no había vuelto a encontrarse con Keriel.
Ni siquiera se lo había cruzado por los pasillos del palacio de Arbel porque llevaba días encerrada en su cámara.
Encogida sobre su cama, como un animal moribundo, dedicaba las horas a lamerse las heridas lamentando su existencia, a odiar el Tártaro y a maldecir a Nabor.
El Patriarca aún la necesitaba. Una vez más, le había dicho, para pronunciar los trece nombres en el día de los juegos a la espera de que Altair apareciese por allí. ¿Cómo se había dejado enredar de esa manera? ¿Por ego? ¿Había sido su arrogancia la que la había conducido a ese callejón sin salida?
Sin duda. De ser una discípula mediocre y sin don a convertirse en suma sacerdotisa de Teff...
Libia llegó a creer que alcanzaba la gloria, que llegaba a lo máximo que podía en una vida por la que había transcurrido siguiendo la inercia de las circunstancias.
Y el Patriarca se había aprovechado de eso, de sus ilusiones y sentimientos.
Seguía enamorada de Keriel. ¿O de Halcón?
Ya no lo sabía. Pero él solo la había confundido con Attaegina.
Y ella se había aprovechado de su confusión mental.
Se sentía despreciable. Además, Keriel muy pronto se convertiría en una bestia inmunda para siempre.
¿Quién era capaz de amar a un monstruo semejante?
Ese día se levantó de la cama. Había tomado una decisión.
Pero necesitaba a Nabor una última vez. El Patriarca se extrañó al verla delante de su puerta.
─ ¿Puedo hablar contigo? ─ le preguntó Libia directamente, sin protocolos ni saludos ─ . Será solo un momento.
A Nabor no le desagradó tanto su falta de modales como su falta de docilidad. La notó más rebelde que de costumbre, y eso no era bueno.
─ ¿Qué quieres? ─ le preguntó cruzándose de brazos, sin siquiera invitarla a entrar. Sus alas de diablo eran imponentes, pero Libia ya no tenía miedo.
─ Cuando pronuncie por última vez los trece nombres y ya no me necesitéis, quiero que me concedas la muerte.
Nabor no daba crédito a lo que acababa de oír. ¿La cobarde de Libia suplicando morir? Se rio de ella.
─Y eso, ¿por qué? ¿Es porque Keriel ya no te habla? ¿Por qué habéis reñido? Vamos, puedes contármelo.
Libia no podía decírselo. No podía decirle que Keriel había recordado por un instante que era Halcón, o lo pondría en peligro.
─Keriel es un monstruo, su aspecto y sus acciones me dan asco. Ya no quiero casarme con él ─se excusó con frialdad. Sonaba creíble─. Cuando termine la celebración, quiero morir. No quiero quedarme en el Tártaro vagando eternamente como un fantasma.
Nabor inclinó levemente la cabeza, con expresión condescendiente. Libia odiaba que la mirase así.
─A ver, vamos por partes, Libia: en primer lugar, Keriel te necesita hasta que pueda devorar el corazón de Altair.
Y aunque todos por aquí suponemos que Altair se presentará el día de los juegos, en realidad nada nos lo garantiza.
Si eso no sucede, Keriel va a necesitarte más tiempo del que yo estimaba.
Libia no se molestó en preguntar qué sucedería si se negaba. Sería castigada, lo sabía. Además, no tenía dónde ir.
─¿Y cuando Keriel sacrifique a Altair? ─preguntó─. ¿Entonces podrás concederme morir para que mi alma descanse?
No parecía tan sencillo. Al parecer, Nabor se la había vuelto a jugar cuando le explicó las condiciones de aquel contrato.
─Libia, tú ya no puedes recuperar tu alma porque me la has entregado voluntariamente.
─Pero yo no sabía que iba a pasar todo esto y…
Se echó a llorar con amargura ante la mirada indiferente del Patriarca, que deseaba espantarla como a una mosca para que le dejara en paz.
─¿Nunca vas a devolverme mi alma? ─le preguntó entre lágrimas.
─No puedo devolvértela. Tu alma, junto a otras muchas, me mantiene vivo, eternamente joven, fuerte y poderoso.
Las necesito. Soy el Patriarca de este imperio.
Sin mí, todos estaríais perdidos. Sin mí, tú todavía andarías por las calles, huyendo con tu madre y ganándote el jornal de cualquier manera.
Así que no vuelvas a pedirme que te devuelva tu alma y limítate a darme las gracias por haberte convertido en un ser inmortal.
─Me has convertido en un despojo. Eso es lo que has hecho.
Libia se dio media vuelta y se marchó a toda prisa, deseando llegar cuanto antes a su cámara para desahogar todas sus penas, su rabia y su frustración. Pero tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino con Istar, que era tan cruel como bella.
─¿Qué te pasa? ¿Te ha dado calabazas el rey?
─le preguntó, plantada delante de ella sin dejarla pasar.
Libia bajó la cabeza pero no se molestó ni en responder.
A Istar le resultó graciosa─. No sé qué esperabas.
De todas formas, no te arrepentirás: no sé cómo habrías terminado después de una noche de bodas con la bestia.
Libia intentó abrirse paso bruscamente. Ya le daba igual enfrentarse a Istar. La hermosa diabla la detuvo, casi ofendida.
─Hueles a rancio, ¿lo sabías? ─le dijo con desprecio─.
Hace tiempo que te vi caminando toda confiada por los jardines del palacio de Teff.
Por aquel entonces emanabas el tierno aroma de una doncella virgen y cuidadosa.
Te habría devorado con gusto de no ser porque eres la suma sacerdotisa.
Pero ahora no me comería ni uno solo de tus cabellos.
Ni regalada tu carne le hincaría yo el diente.
A medida que te conviertas en una no muerta, cada vez olerás peor, te pudrirás por dentro hasta desear desaparecer.
¡Claro, no puedes desaparecer! ¡Ni puedes morir!
Istar se reía a carcajadas mientras Libia soportaba en silencio su burla.
─No puedes, Libia. No puedes vivir, no puedes morir, no puedes amar… No puedes hacer nada.
Libia se apartó de ella y siguió caminando mientras ignoraba sus insultos. Y cuando por fin entró en sus aposentos privados cerró la puerta con todos los cerrojos.
Se miró al espejo llorando de desesperación.
Su condena era probablemente la peor que existía.
Istar lo había resumido bien: no podía vivir.
No podía morir. Pero tal vez había algo que sí podía hacer.
¿Acaso no era la mejor preparando bebedizos?
Era lo único en lo que destacaba, su único talento.
Incluso Ibis y Sekmis habían llegado a reconocerle con honor que era mejor que ellas, sus maestras, en el arte de elaborar pociones y medicinas.
No era realmente una solución, sino solo un alivio.
Con la ayuda de los esclavos conseguiría los ingredientes necesarios.
Sabía preparar una esencia que dormía eternamente a quien la bebía, como una muerte forzada que no terminaría nunca de llegar, pero que le evitaría una vida eterna de sufrimiento.
Solo necesitaba unas gotas, un frasco pequeño que podía transportar con disimulo. Estaba decidido: en cuanto hiciera la pronuncia por última vez, desaparecería para siempre del mundo. Como un fantasma.