CAPÍTULO 94
Una lágrima resbaló de pronto por la mejilla de Attaegina.
Llevaba días sentada en el fondo de la cueva con los ojos cerrados, con las piernas cruzadas y la espalda pegada contra la roca, las alas abiertas, los codos apoyados a la altura de los muslos y las manos unidas formando un cuenco.
Había entrado en un estado de meditación profunda, como hiciera en su momento el abuelo Yarbha. No necesitaba comer ni beber.
El Útero de Madre Tierra, como ella misma lo había llamado cuando aún era Altair, seguía intacto.
Virgen. Ningún diablo lo había profanado en todo aquel tiempo ni había reventado sus paredes para extraer oro rojo.
Aún conservaba su vibración. Quizás fuera el único lugar apacible y seguro que quedaba en el Tártaro.
El refugio donde esperaría, al tiempo que recuperaba la fuerza, antes de presentarse ante Keriel en el día de los juegos.
Cuando Ibis se acercaba a mirarla tenía la sensación de que Attaegina estaba empezando a mimetizarse con la roca, adoptando hasta su texura y su color.
No la molestaba. No la interrumpía. No le hablaba.
En parte, a la suma sacerdotisa también le venía bien un poco de ese silencio.
Le recordaba a sus días apacibles en el Templo del Laurel, donde parecía que el mundo se detenía.
Por de pronto ayudaría a Attaegina a llegar a Keriel.
Y también haría lo posible por sacar a Libia de allí si todavía estaba a tiempo.
Al fin y al cabo, ambas habían sido sus discípulas y se sentía en cierto modo responsable.
« ¿Y luego? » , se preguntaba. Si Attaegina fracasaba, seguiría allí pagando condena por lo menos durante cien años.
Pero, ¿y si Attaegina vencía? ¿Cómo sucedería eso que los diablos tanto temían, a lo que llamaban purificación?
Attaegina abrió los ojos. Su expresión entrañaba una tristeza incurable arrastrada por miles de años. Entonces Ibis se acercó para preguntarle si necesitaba algo. Attaegina negó con la cabeza y después comenzó a hablar.
─Ya m e he despedido de mis hermanos ─ dijo.
Ibis se conmovió profundamente. Attaegina prosiguió ─: Galatis ha estado a punto de cruzar al otro lado, pero he logrado impedirlo con la medicina de los ángeles.
Ceres la ha cuidado muy bien. Si ella no hubiera velado cada día y cada noche junto a su cama, yo sola no la habría podido sacar adelante.
Y a Tauh, tendrías que haberlo visto, tan joven y luchando como un valiente.
En cuanto a mi padre, no descarto que vuelva a encontrar el amor.
Las ganas de vivir por algo más que por dar de comer a sus hijos empiezan a resurgir en él como una primavera dormida a lo largo de muchos inviernos.
Ibis esbozó una sonrisa lánguida.
─ Echo de menos a mi hermana… ─ confesó.
Attaegina sintió pena por ella. También por Sekmis.
Como a tantas otras, Nabor les había destrozado la vida haciéndoles creer que vivían como reinas.
Entonces Ibis añadió─: A propósito de Creta, Lorick y ella han sido escogidos para luchar en los juegos del rey.
─¿En serio? ─se sorprendió Attaegina sin saber muy bien si era buena o mala noticia─. Entonces, ¿los veré en el circo?
─Sí, allí estarán. Al parecer se han hecho muy populares. Salen airosos de cada combate y se han convertido en los favoritos del público. Se les conoce como los Amantes de Plata. Hasta tiene gracia…
Attaegina sonrió por un momento.
─Son valientes y sagaces, siempre lo fueron. Y no dudo que sean fuertes, pero deben abandonar el Tártaro en cuanto tengan la oportunidad. A saber qué pruebas tienen planeado ponerles en el Circo Máximo.
─¿Y tú? ¿Ya has pensado qué hacer cuando te encuentres cara a cara con Keriel?
Attaegina respiró hondo. En sus meditaciones había buscado a Halcón en algún lugar, o mejor dicho, a su alma.
Pero Halcón ya no existía más que en sus recuerdos.
No lo encontraba, no percibía ya apenas su aura cálida, su olor a mirra, a especias y a cuero curtido.
Había llorado por él en actitud de duelo, le había guardado luto.
Y había asumido al fin que nunca más volvería a ver al amor de su vida.
Se acercaba la hora de salir de esa cueva, a la luz, y cerrar para siempre la historia trágica de Altair y Keriel, con la que había empezado todo.
─Nada ─respondió al fin, muy segura de sí misma.
Ibis se quedó sorprendida.
─¿Nada? Pero… ¿qué dices? ¿Cómo que nada?
Attaegina sabía bien por qué respondía así.
─Nada.
─Attaegina…
─Altair. Llámame Altair. Attaegina ya está muy lejos.
Vivirá para siempre en las memorias de Caliza y de la familia Mentastro.
Y en cuanto a Keriel y a mí, no hay nada que yo pueda hacer.
No, nada. Pero he pasado miles de años creyendo que sí, que yo era imprescindible, que tenía una misión tan importante que me daba derecho a menospreciar las de los demás, cuando en realidad solo he mostrado una imperdonable falta de humildad pues, ¿quién soy yo para creer que me corresponde matar a Keriel y destruir su reino de oscuridad?
Eso solo provocó una guerra que se prolongó por miles de años y que no sirvió de nada, solo para sembrar sufrimiento y desesperación.
Nadie ganó nunca. ¿Quién soy yo para creer que el Cosmos me ha escogido de entre todos los ángeles para hacer algo que él puede obrar por sí mismo?
Ibis, durante estos días he tenido una comprensión profunda de la realidad, de nuestra historia.
El Cosmos es la fuente que mueve las fuerzas de nuestro mundo.
Podemos ir a favor o en contra de sus corrientes, esa decisión nos atañe a cada uno, claro.
Hay una parte del trabajo que nos corresponde a nosotros, pero existe otra que no alcanzamos ni a imaginar: esa pertenece al Cosmos.
Es como una danza infinita entre ello y quienes decidimos encarnar en este mundo bajo las estrellas.
Y en este momento, el Cosmos me sugiere que no haga nada.
Que confíe. Es una prueba de fe. Fuerza Espiritual, como decía siempre Halcón…
─Ya… ─asintió Ibis impresionada por las conclusiones de Attaegina. Al fin y al cabo, era Altair quien hablaba. La chica de pueblo se encontraba ya muy lejos de allí─. Reconozco que es difícil mantener la fe en momentos como este. Pero, dime, ¿irás al circo?
─Sí, claro que iré. Y me presentaré ante Keriel. Entonces dejaré que las fuerzas superiores me guíen. Siento que es ese en verdad mi cometido.
Desde que se habían reencontrado Ibis ya no la veía como a una discípula.
Ni siquiera como a una igual. Pero la humildad de Attaegina era cada vez más grande a medida que terminaba de encarnarse en Altair, el Primer Ángel.
La suma sacerdotisa sintió pena. La cabra silvestre de Caliza, esa a la que no pudo jamás someter, se marchaba para siempre regalándole lecciones magistrales.
─Los juegos se celebrarán dentro de dos días, Altair. ¿Qué piensas hacer hasta entonces?
Altair no dudó.
─Seguir meditando. Necesito alimentarme del prana del Cosmos.
─Bien. Pues yo seguiré velando por ti.