El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 93
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CAPÍTULO 93

A Lorick todavía le temblaban las piernas cuando regresó a las galerías del Circo de los Condenados. Tener a Keriel tan cerca había sido lo peor de aquel día, más que el gigante de un solo ojo sacudiendo mazazos.

─ Te olvidabas el arpón en la arena ─ le advirtió Creta cuando se quedaron a solas. Ella se había ocupado de recogerlo del suelo. Lorick se quedó mirando su baño de plata con inquietud. No se atrevía a tocarlo. Y Creta se dio cuenta de que algo andaba mal.

─ Creta, cuando intenté atacar al gigante con el arpón no pude hacerlo porque la plata me quemó la piel.

No era una buena señal. La plata solo quemaba la piel de los diablos. Creta se quedó petrificada, sujetando el arpón sin querer reconocer que aquello estaba ocurriendo.

─ Puede que se haya calentado al sol y que por eso…

─ No, Creta, no. La plata me quema.

─No puede ser, Lorick. Prueba de nuevo: tóca el arpón y…

─¡Soy uno de ellos! ─estalló Lorick. Luego se sintió fatal por haber levantado la voz. La ira no era propia de él─. ¿Es que no me ves? No sé qué me está pasando…

Creta dejó el arpón suavemente junto al resto de las armas y pedazos de armadura.

No dijo nada. Lorick se echó de rodillas al suelo, agotado, herido por los combates, desesperado y, ahora, atemorizado por la presión de tener que luchar para el rey…

y tratar de sobrevivir. Ella se acercó en silencio.

Le acarició la cabeza y la apoyó sobre sus pechos.

Se había quitado la loriga. Lorick podía escuchar los latidos de su corazón. Pero, ¿y él? ¿Aún tenía corazón?

─Me da igual qué seas ─le susurró Creta─. Llegaré contigo hasta el final. Me he pasado toda la vida esperándote, ¿crees que me voy a alejar de ti en este momento?

Lorick se rindió en sus brazos. Necesitaba su dulzura femenina como nunca.

─Es un milagro que no nos haya reconocido ─dijo─, Keriel es aterrador.

─¡Que corra el aire, pareja feliz! ─los interrumpió Ixión entrando allí de repente─. ¡Tenemos que hablar de muchas cosas!

Cuando Creta y Lorick se separaron y se pusieron en pie cayeron en la cuenta de que no llevaban grilletes y, además, disponían de sus armas de plata.

─Sé lo que estáis pensando ─se adelantó su amo─, si habéis vencido a un gigante como ese, incluso arrastrando el cansancio del combate anterior, ¿qué no podríais hacerme a mí ahora mismo, si además ya no tengo a Tauro para que me defienda?

Se me ocurre que me cortarais la cabeza, me robarais el oro rojo y os autodeclaraseis ciudadanos libres, ¿eh?

Pero no podéis hacerlo porque ahora estáis bajo la jurisdicción del rey.

─¡Explícate, Ixión! ─respondió Creta con hastío. ¡Le hartaba la palabrería de ese diablo!─. ¿Qué significa eso?

─Significa que a partir de hoy ya no me pertenecéis. Sin embargo, soy vuestro responsable hasta el día de los juegos porque, no debéis olvidar, seguís siendo esclavos hasta que el rey os libere. Pero ahora sois esclavos de orden público. Traduciendo: que pertenecéis a la corona de Arbel.

─¿Somos propiedad de Keriel?

─Más o menos. Así que no hacen falta ya ni grilletes ni calabozos ya que su castigo sería mucho peor sin tratáis de fugaros.

─Entonces, ¿no volvemos a casa? ─preguntó Lorick. Por primera vez había identificado la casa de Ixión como suya. Empezaba a pensar que se estaba volviendo loco…

─No. Esta noche dormís en palacio. Os alojaréis allí hasta el día de los juegos. Keriel prefiere teneros a buen resguardo.

Lorick y Creta dudaron de si esa era mejor opción. ¿Y si Keriel los asesinaba antes de los juegos porque terminaba reconociéndolos? Al fin y al cabo, ahora eran enemigos…

─Bueno, bueno, no hace falta que mostréis tanto entusiasmo ─dijo Ixión con reproche─, cualquiera diría que os ha gustado más la pocilga que compartíais con Tauro.

Cuando se disponían a marcharse Creta se ocupó de cargar con las armas de plata para que Lorick no las tocara, pero se aseguró de dismular muy bien. No quería que Ixión o Ticio se dieran cuenta de que Lorick había perdido habilidades.

─¿Estáis buscando un carro cochambroso tirado por dos percherones viejos? ─les preguntó Ixión con aires de suficiencia mientras les mostraba un carro nuevo y flamante tirado por cuatro caballos negros y robustos, bellos aunque no menos infernales que cualquier otra criatura del Tártaro.

─¡Eh! ¡Espera! ─protestó Creta atando cabos─. ¡No te habrás gastado lo que nos corresponde para comprar todo eso! ¿Verdad?

─Pero, ¡qué desconfiada que es la muy…! ─refunfuñó el diablo conteniendo su lengua para no decir una barbaridad─. ¡Ixión el Generoso siempre es justo pagando!

─En ese caso ─intervino Ticio de la nada─, deberías llamarte Ixión el Justo, no el Generoso. Son términos diferentes, ¿no crees?

─¡Cállate, gañán! ─lo reprendió su hermano─.

¡Y más te vale comprarte un traje en condiciones para ir a los juegos del rey!

Que con lo que te he pagado, ya podrás… ─Después se dirigió a Creta y a Lorick─.

En cuanto a vosotros, recibiréis la cantidad ajustada cuando terminen los juegos. Así que procurad sobrevivir.

Y siendo así, Creta y Lorick esa noche fueron llevados hasta el palacio de Arbel, donde un mayordomo y sus esclavos los recibieron con una cena en condiciones y vino de la reserva del rey.

Aunque la comida seguía sabiendo a humo y a vacío, y sus aposentos no dejaban de ser una celda estrecha y oscura de las galerías subterráneas de palacio.

Pero al menos estaban juntos. Y ya no tenían a una bestia maloliente durmiendo a sus pies.

Sin embargo, Lorick estaba frío como el metal. Creta lo notaba. Era el modo en que solía cargar con sus preocupaciones: se volvía hermético, glacial. Y hablaba aún menos de lo habitual.

Ella lo conocía mejor que nadie. Por eso se limitó a tumbarse a su lado, pegada a su cuerpo sin pretender nada, sin exigirle grandes muestras de amor. Él la besó una vez y, a los pocos minutos, se quedó profundamente dormido.