CAPÍTULO 92
─Tranquilo, gladiador. No quería interrumpir vuestro momento. ¡Bésala! ¡Os lo merecéis!
Lorick, movido por su instinto, se adelantó para interponerse entre el Rey de los Diablos y Creta, momento en que ella lo tomó de la mano y, dándole un ligero tirón, le recordó que debían arrodillarse ante el monarca.
De esa manera los dos le rindieron reverencia bajando la cabeza hacia el suelo en señal de pleitesía, tratando de disimular lo incómodos que se encontraban en su presencia. En ese instante Keriel empezó a aplaudirles.
─Mi más sincera enhorabuena, Amantes de Plata ─los felicitó con una sonrisa que entrañaba perversidad─, he disfrutado del espectáculo como nunca. Levantaos, por favor.
Creta y Lorick obedecieron, y muy despacio, como si temieran que un peligro se cernía sobre ellos, se pusieron en pie pero no levantaron la mirada. Keriel se acercó más.
─Quiero ver vuestras caras, gladiadores ─insinuó.
Creta y Lorick, desconcertados, hicieron lo que les pidió y, cuando vieron lo mucho que había cambiado Halcón, se quedaron sobrecogidos: los colmillos, la cornamenta…
Aunque, sobre todo, eran los ojos. ¿Dónde habían quedado sus cálidos ojos del color de la miel, tostados como la arena del desierto?
Era como si Keriel hubiera devorado a Halcón.
Keriel se detuvo especialmente delante de Lorick. Al nórdico le resbalaba sudor frío por la espalda y las axilas mientras sostenía la mirada del rey, que sonreía como si le hubieran contado un chiste.
─Me suena tu cara ─dijo─, ¿nos hemos visto antes?
Lorick, con el corazón en un puño, negó con la cabeza y rogó en su interior para que ese monstruo no recordara en ese preciso momento que, en una ocasión o dos, le había reventado las narices de un puñetazo cuando aún se peleaban por el amor de Attaegina.
─¿Cómo te llamas, gladiador? ─insistió Keriel sin dejar de observarlo con curiosidad. Resultaba tan inquietante…
─Lorick ─pronunció aquel con la voz entrecortada. Keriel asintió con la cabeza y se quedó pensativo.
─Ya… Lorick… ¿Y seguro que no nos conocemos?
─No, mi señor.
Keriel se rio.
─Entiendo. Entiendo… Debes de parecerte a alguien que he conocido, es todo. ¿Y tú, bella guerrera? ¿Cuál es tu nombre?
Lorick se puso aún más tenso cuando Keriel se aproximó a Creta.
─Creta ─pronunció aquella en voz muy baja.
─Creta… Creta… ─repitió Keriel como si le divirtiera la sonoridad de su nombre─. Es un nombre hermoso. No lo había escuchado nunca.
Creta tuvo ganas de suspirar de alivio. En esos instantes, dado el aspecto y el poder de Keriel, creyó que era mucho mejor que no se acordase de ninguno de los dos.
─Creta y Lorick, los Amantes de Plata. Formáis una pareja maravillosa.
De pronto halló la trenza negra de Creta alrededor del cuello de Lorick y se acercó con mucha curiosidad.
─¿Es de ella? ¿Puedo… tocarla?
Lorick no podía negarse. No deseaba estar tan cerca de Keriel, pero era el rey.
Uno de los dedos con garras del monarca se deslizó con suma suavidad por encima del cabello de la trenza, repasando las protuberancias de las lazadas con minuciosidad.
En esos instantes, aquel demonio pareció evadirse en pensamientos muy profundos y un poso de tristeza afloró en la expresión de su rostro. Retiró su mano.
─¿Tenéis pensado casaros? ─les preguntó como si eso fuera de vital importancia. Ya no había sarcasmo en su tono. Lorick asintió.
Acto seguido, Keriel unió la mano de Lorick con la de Creta y las alzó en el aire sosteniéndolas con la suya para que todo el público los viera. Y con una voz atronadora que se escuchó hasta el último rincón del circo, anunció:
─¡Los Amantes de Plata han sido elegidos para luchar en el Circo Máximo! ¡Aplaudidles como merecen!
La muchedumbre estalló en vítores y ovaciones.
Lorick y Creta se habían convertido en los preferidos del espectáculo más popular del Tártaro.
Ixión, lleno de gozo, también aplaudía pensando en todo el oro que se iba a embolsar con aquella participación, independientemente de que los enamorados sobrevivieran o no al Circo Máximo y a los juegos por la coronación del nuevo rey.
Keriel, con la mano que tenía libre, hizo un gesto para que el público callara y cuando el circo volvió a estar en silencio dio un segundo anuncio:
─¡Os pongo a todos por testigos de que, si los Amantes de Plata triunfan en el Circo Máximo, yo mismo prometo oficiar su boda y, además, les concederé la libertad!
El público volvió a entregarse. ¡Una boda entre combates sanguinarios!
Era más de lo que nunca les había ofrecido aquel penoso espectáculo.
Lorick y Creta intercambiaron una mirada.
Suponían que a Ixión no le había gustado mucho la promesa de liberar a sus mejores gladiadores.
Pero ese granuja ya no podía hacerles nada, pues era una propuesta del propio Rey de los Diablos.
Keriel soltó sus manos y, saludándolos cortésmente con un elegante aleteo, les dijo adiós y se marchó volando mientras los espectadores, sin dejar de aplaudir a sus ídolos en la arena, exclamaban a coro: «¡Larga vida a Keriel, Rey de los Diablos!».