El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 91
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CAPÍTULO 91

Al ver al gigante de un solo ojo echando a correr hacia ellos, a Creta le temblaron las piernas como en el primer combate. ¡No se imaginaba que esa bestia se desplazara tan rápido!

─Quieta ─le recordó Lorick al sentirla nerviosa─, espera.

El gigante continuó corriendo. Creta y Lorick cargaron sus arcos, los tensaron. Apuntaron.

─Solo un poco más, no te precipites, Creta.

Y dispararon.

Las dos flechas salieron despedidas a la vez impactando sobre la cabeza del gigante, que demostró ser muy dura. Pero ninguna cegó su ojo. La criatura, al sentirse atacada, frenó su carrera por un instante.

─Inténtalo de nuevo, Creta. Voy a distraerlo

Lorick captó la atención del gigante golpeando el escudo con un cuchillo que encontró por el suelo, resto de algún combate anterior. El sonido metálico abrumaba al monstruo, lo enfurecía, pero lo volvía lento y más torpe, más predecible... ¿o no?

De forma inesperada, la criatura acortó la distancia que lo separaba de Lorick en tan solo un par de traspiés, y al moverse tan bruscamente la segunda flecha de Creta volvió a errar.

─¡Lorick!

El nórdico esquivó hábilmente la maza del gigante.

Aunque eso no era lo más peligroso de su rival.

Ante todo, tenía que evitar el combate cuerpo a cuerpo porque, si esa criatura había sido capaz de asfixiar a Tauro entre sus brazos, ¿qué no podría hacerles a ellos, que apenas le llegaban a la altura de la rodilla?

Lorick intentó escapar de las manazas de su adversario cuando se tropezó con el cadáver de Tauro, que aún no había sido retirado de la arena.

Y aquí fue donde perdió el equilibrio y bajó la guardia.

El gigante soltó la maza para aplastar al nórdico con sus manos.

Lo levantó sin esfuerzo del suelo y lo rodeó con sus dedos.

Solo sería cuestión de segundos dejarlo sin aire, romperle las costillas todas a la vez...

Entonces llegó la flecha rauda de Creta, esta vez tan certera como el vuelo de un milano, y se clavó justo en el centro del ojo de la bestia, que emitió un rugido sin poder evitar que se le aflojaran las manos.

El público se agitó sobremanera, la jugada de la flecha en el ojo se recibió como algo minucioso, casi poético en el escenario de un circo, donde los combatientes solían atizarse sin ningún tipo de precisión.

Lorick se desplomó de mala manera sobre el cuerpo de Tauro, que amortiguó su caída, y Creta corrió hacia él para ayudarlo porque estaba aturdido.

Puede que fuera un hombre grande, pero Creta era, a decir verdad, la mujer más fuerte de Caliza.

Y no solo eso: más de la mitad de su fuerza procedía del amor que toda su vida había sentido por él.

Así que se lo cargó a la espalda como pudo y lo sacó lo más pronto posible del área de alcance del gigante que, sin dejar de gruñir, con la visión invalidada por completo, sacudía los brazos y buscaba a tientas su maza, palpando la arena.

En un momento dado, sus manos tocaron el cadáver de Tauro y, quizás porque en ese momento no alcanzaba a recordar si seguía vivo o no, lo zarandeó y lo arrojó por los aires.

Para entonces, Lorick ya había recuperado el aliento.

─¿Estás bien? ─le preguntó Creta. Lorick asintió con la cabeza mientras el monstruo se resarcía y se disponía a buscarlos.

─El griterío de la gente lo confunde ─añadió Lorick─. Es fácil escapar de él. Pero nos va a costar vencerle. Su piel es dura como el cuero de toro.

─Se me ha ocurrido una idea.

Creta no pasó por alto que el látigo de Tauro continuaba tirado por el suelo de mala manera. Era el mismo látigo con el que su recién fallecido compañero había capturado a Lorick cuando trataban de escapar de Ixión. Y trazaron un plan.

Lorick colocó los dos escudos, el suyo y el de Creta, uno frente a otro con varios metros de separación, y fue arrojándoles piedras y todo cuanto encontró en el suelo aturdiendo todavía más al gigante, que no terminaba de averiguar de dónde venía el sonido ni si sus enemigos estaban a su alcance.

Mientras tanto, Creta corrió haciendo el menor ruido posible en dirección al látigo, pasando junto a su rival como una ligera brisa.

Pero, ¡maldición! El monstruo se detuvo. Lo había notado. Y movido por un espontáneo guiño de inteligencia, ignoró los ruidos de Lorick y se abalanzó sobre ella.

─ ¡Mierda! ─ gritó Lorick dejando todo lo que estaba haciendo para correr hacia el monstruo.

La mano de Creta logró alcanzar el látigo, pero justo detrás de ella uno de los puños del gigante arremetía sin ninguna piedad.

Creta, rápida de reflejos, rodó por el suelo una vez y otra, esquivando los golpes y, sobre todo, tratando por todos los medios de no ser capturada.

Entonces sacudió el látigo y este se quedó aferrado alrededor de uno de los brazos de su adversario.

Sin embargo, ni siquiera puede considerarse que hubiera un forcejeo porque aquella bestia, de un solo tirón, derribó a Creta.

La estrategia del látigo, que se quedó enredado al brazo del gigante sin más, resultó inútil. Y Creta seguía demasiado cerca, ahora sin saber qué hacer. No le daba tiempo de armar el arco, así que extrajo las dagas gemelas.

Cada vez que Lorick o ella desenvainaban sus armas de plata, el público se volvía loco de euforia.

Sabía que con esas dagas no podría cortar la cabeza del gigante.

La opción de clavarle una en el pecho era viable, pero muy arriesgada.

Si fallaba en el primer intento, él la aplastaría contra su torso.

Aun así, trató de defenderse propinándole pequeños cortes que a su enemigo, por tratarse de plata, parecían molestarle mucho más que cualquier otro metal.

Sin embargo, tenía que salir de su alcance en cuanto tuviese ocasión.

Lorick se encontraba ya muy cerca del gigante, si se lo proponía podía encaramarse a su espalda, colgarse de su cabellera rala con las manos y tratar de darle muerte con su arpón.

Pero sucedió algo que no tenía previsto: al tocar el arpón de pronto sintió una quemazón insoportable, como si lo hubieran calentado al rojo vivo.

Y entendió que, por cada minuto que pasaba luchando allí, era como si el veneno se extendiera más deprisa a través de toda la sangre de su cuerpo, convirtiéndolo cada vez más rápido en un diablo como todos esos de los que intentaba defenderse.

El arpón era su mejor arma, el resto era la chatarra que se ofrecía a los gladiadores en los circos, hojalatas que solo servían para molestar, pero no para dar muerte a un gigante que triplicaba su altura.

Si al menos hubiesen sido del mismo tamaño…

Y de repente el cadáver de Tauro llamó su atención.

El pobre de Tauro, o lo que quedaba de él, tras el último zarandeo terminó tendido de mala manera, de tal modo que sus imponentes cuernos se izaban hacia arriba. Cuernos como espadas.

Lorick se aferró entonces al cuello del gigante con mucha fuerza, rodeándolo con ambos brazos.

Aquel, incapaz de quitárselo de encima mientras Creta continuaba asestándole molestos cortes, comenzó a caminar a ciegas hacia delante.

« Un poco más, vamos, un poco más » , se decía Lorick luchando por no caerse.

El gigante se inclinaba y se volvía a erguir, pero el nórdico se aferró también con la fuerza de sus piernas, presionándolo para que siguiera avanzando.

Entonces Creta se imaginó a dónde quería llevarlo.

Comenzó a atraer al gigante con ruido metálico, entrechocando la hoja de las dos dagas al tiempo que se acercaba a Tauro.

Cuando ya estuvo muy cerca, el monstruo estaba a punto de hacer lo que suponían.

Creta se alejó corriendo. El gigante se giró y se arrojó al suelo de espaldas con la intención de aplastar a Lorick con su cuerpo, momento en que el nórdico saltó hacia un lado y su adversario cayó sobre los cuernos de Tauro, que atravesaron su pecho como dos espadas recién afiladas.

La herida fue mortal. En apenas un minuto, el gigante dejó de moverse.

A unos metros de esas dos monstruosidades, Creta y Lorick aún no cabían en su asombro mientras recuperaban el aliento.

El público estalló en aplausos. Ixión daba saltos de alegría.

Lorick alzó los brazos al cielo, con los puños cerrados, bramando con furor.

Creta se quitó el casco, sabía lo mucho que sus admiradores adoraban ver cómo se liberaba su cabello.

Después los espectadores empezaron a reclamar el beso.

El beso de los Amantes de Plata que conseguía coronar cada excelente espectáculo de los que daban.

Creta corrió hacia Lorick y él la sujetó por la cintura, la atrajo hacia sí con un marcado ímpetu masculino y, cuando sus bocas estuvieron muy cerca, el público calló de repente y una sombra se proyecto sobre ellos.

La sombra de una figura alada y temible.

El Rey de los Diablos en persona había bajado hasta la arena para conocerlos.