CAPÍTULO 90
Los Amantes de Plata fueron recibidos una vez más con ovaciones y agitación por parte del público.
Aquella mañana luchaban en el Circo de los Condenados, uno de mucho mayor prestigo que los habituales en donde Ixión solía dar espectáculos con sus gladiadores, pues tan creciente era la fama de su flamante pareja de luchadores enamorados que ya se podía permitir dar negativas a los circos cochambrosos de las afueras.
Creta y Lorick comenzaron el combate con sus armas de plata, señal de que, muy probablemente, sus enemigos no serían fáciles de vencer. Y no estaban equivocados.
Que ellos dos eran los favoritos, eso se captaba en la entrega del público. Sin embargo, sus rivales llevaban meses resistiendo encarnizados combates en los mejores circos de la ciudad.
Cuando sonó por tercera vez el cuerno de guerra, comenzó la contienda.
Sus adversarios eran dos diablos muy diferentes entre sí.
Uno tenía el clásico aspecto de humano degradado que ya habían visto con frecuencia por las calles del Tártaro, con alas membranosas en la espalda.
El otro recordaba a un gran hombre emparentado con un jabalí, con grandes colmillos, pelo por todo el cuerpo y pezuñas por pies. Los dos eran fieros a más no poder.
La suma de la fuerza bruta de Lorick, que crecía con el paso de los días, junto a la ligereza y rapidez de Creta era una de las claves de su éxito.
Sin embargo, había un arma secreta invisible que solo ellos dos conocían y usaban sin que nadie lo percibiera.
Y era el vínculo de amor que los unía, un vínculo más fuerte que las garras, los colmillos o las armas de plata.
Luchar en todo momento para proteger al otro y sobrevivir un día más en el Tártaro era el motor de cada combate, aquello que los llenaba de energía renovada a pesar de la comida insulsa y el agua insalubre que les daban de beber.
Y aunque el espectáculo de esa mañana sin duda los obligó a tener que esforzarse el doble de lo habitual y les llevó más tiempo del que habrían preferido, con no demasiados rasguños y algún golpe molesto pero no de gravedad, los Amantes de Plata volvían a triunfar y los aplausos bañaban sus cuerpos sudorosos, manchados de sangre y arena, al tiempo que, una vez más y como firma de su trabajo, se besaban apasionadamente para celebrar que seguían vivos y con todos los miembros en su sitio.
No le sonrió la fortuna por igual a Tauro. La mala bestia, aun doblando su tamaño como sabía hacer, se topó con una monstruosidad peor que él, un gigante de un solo ojo tan torpe como bárbaro que acabó estrangulándolo entre sus brazos.
Cuando el cuerpo sin vida de Tauro se desplomó sobre la arena temblaron las paredes del circo. Los espectadores se quedaron boquiabiertos mientras el gigante de un solo ojo sacudía su maza al aire y se golpeaba el pecho desnudo, reclamando los aplausos que tardaban en llegar.
Y al otro lado de los barrotes, Creta y Lorick se miraron absortos y hasta compadecidos por el que había sido su hediondo y salvaje compañero de celda.
Ixión todavía no se lo creía. Necesitó dos minutos o tres para asimilarlo antes de que un chorro interminable de insultos se le saliera de la boca. Seguramente recitó todas las palabras malsonantes de su lengua.
─ ¡Tauro era mi mejor guerrero! ─protestaba mientras el gigante se lucía en medio del circo.
─¿Y qué vas a hacer ahora? ─le preguntó Lorick. Ixión los miró a él y a Creta como si fuera obvio.
─Mejor dicho, ¿qué vais a hacer vosotros? ─le respondió con otra pregunta.
─¿Nosotros?
─Sí, vosotros. ¿Qué pensáis hacer contra esa mole de ahí?
─¡Espera! ─se quejó Creta─. ¿Dices que nosotros tenemos que luchar ahora contra ese bárbaro?
─Exacto. Ahora os toca salir ahí y vengar a vuestro hermano.
Creta estalló:
─¿Cómo que nuestro hermano? ¿Por qué nosotros?
─Son las normas, querida. Cuando un gladiador muere en la arena, los de su clan tienen que salir a vengarle.
─¡Maldito negociante! ¿Por qué no sales tú con el feo de tu hermano?
Ixión la miró con un deje paternalista.
─Hay que aplicarse más, Creta. ¿Es que todavía no conoces el reglamento? Si os negáis, seréis apedreados por el público.
─¿Apedreados?
─Sí, bueno, lapidados, si te gusta más. Y después, decapitados. Moriréis seguro. En cambio, si salís a pelear tenéis alguna posibilidad de sobrevivir. Vosotros decidís.
Creta buscó la mirada de Lorick. Era todo tan injusto, tan violento. Tan atroz...
─El público quiere espectáculo a toda costa, ¿no? ─insinuó el nórdico─. Pues se lo vamos a dar. Vamos, Creta. Vamos con todo.
Creta siguió a Lorick con resignación. Mientras él escogía el armamento, el público afuera aguardaba con impaciencia y euforia al mismo tiempo la reaparición de los Amantes de Plata.
─¡Te juro que es a Ixión a quien mataría en este momento, Lorick! ¡Es un embaucador arrogante y codicioso! ¡Es...!
Lorick le cogió la mano con firmeza pero con calma.
Incluso a medio camino entre dejar de ser humano y convertirse en una alimaña, seguía transmitiéndole a Creta toda la paz que ella, con su fogoso carácter, solía necesitar.
La miró penetrantemente, con sus ojos glaciales, su expresión dura e imperturbable, y la besó en los labios.
─Ahora vamos a salir ahí a ganar ─le dijo acariciándole el cabello─. Y cuando terminemos con el gigante, quiero que me beses con más ganas que nunca.
Ixión acababa de negociar con los jueces el combate de la venganza de Tauro cuando los cuernos soplaron por primera vez.
Creta y Lorick esperaban tras los barrotes de la entrada vestidos con sus lorigas, los cascos cerrados sobre el rostro, sus armas de plata en ristre, arco, flechas y dos escudos rectangulares de los más grandes que encontraron.
Sonó el segundo cuerno. Se cogieron de la mano. Se miraron.
─ Te quiero ─ se dijeron al unísono.
Y sonó el tercer cuerno.