CAPÍTULO 89
Al tiempo que la noche volvía a supurar en los cielos del Tártaro como una herida triste y sin sanar, una figura alada se deslizó entre las ruinas del antiguo palacio de los ángeles.
De los vergeles que daban fruta, fresco y sombra en las mañanas cálidas no quedaban más que tocones secos.
Aparentemente, no había nada que buscar allí.
Pero la figura alada parecía saber muy bien a dónde dirigirse.
Nabor, en su forma de diablo, era escurridizo y veloz. Se trataba de cualidades que había aprendido cuando servía a Altair y ejercía de espía de Keriel. Tal vez por eso era un maestro del engaño y de la distracción. Y ese era el ingrediente secreto de cada uno de sus triunfos.
Nadie habría esperado que en medio de ese vergel quedara algo que mereciese la pena recuperar. Solo ruinas, restos de columnas tumbadas, no más que escombro. Precisamente las manos de Nabor buscaron ahí.
En silencio y con suma paciencia, como si descascarillara una fruta prometedora, fue quitando los pedazos de piedra que se habían acumulado unos sobre otros. Y cuando llevaba un buen rato, descubrió con satisfacción que debajo de ese cúmulo de pedrusco el viejo pozo seguía abierto.
En tiempos de Altair lo habían llamado el Pozo de la Luna porque en sus aguas se reflejaba la madre del cielo. Con el tiempo, el mismo pozo se secó y se le llamó el Pozo de la Amargura. Ahora nadie se acordaba de él.
Asegurándose de que nadie lo seguía, Nabor se escabulló por dentro del pozo, bajo tierra, hacia las profundidades, y avanzó hasta que la oscuridad se lo tragó.
No llevaba ninguna luz para alumbrarse en el trayecto porque sus ojos de diablo le permitían manejarse en la oscuridad.
Era otro modo de asegurarse que, aunque alguien lo siguiese, sería incapaz de ver dónde guardaba su tesoro.
Abajo del todo el camino era laberíntico. Conectaba con los calabozos del antiguo palacio de los ángeles. Dentro de las estrechas celdas sonaban goteos dispersos. Muchos tabiques se habían vencido y sus barrotes, desencajados, impedían el paso por caminos alternativos.
Era obvio que Nabor conocía bien ese lugar.
No solo eso, daba la sensación de que él mismo lo hubiera dispuesto de aquella manera para disuadir a cualquier intruso de intentar husmear por allí.
Finalmente, llegó a la cámara que había al fondo del todo.
Cuando la abrió una alfombra de serpientes se removió a sus pies.
Nabor, como si las conociera a todas, hizo un sencillo gesto con la mano y las serpientes se agruparon en dos partes a ambos lados de la cámara, definiendo un camino central por donde se podía acceder.
Allí, en el centro de la sala, aguardaba una gran vasija de barro cerrada con cadenas de hierro negro.
Nabor se tomó su tiempo para abrirla con delicadeza, sin romper las cadenas ni forzar los candados.
Luego calentó con su aliento la cera que sujetaba la tapa, y cuando esta se soltó la levantó con la mirada inquieta.
La vasija vomitó un reguero de escarabajos que habrían devorado en cuestión de segundos las manos y los brazos de cualquier incauto que hubiera osado llegar hasta allí.
Nabor, sin flaquear, escupió fuego sobre ellos, una habilidad que no tenía en su apariencia humana.
Y después, como si nada hubiera pasado, se asomó al interior de la vasija y la codicia más inimaginable se adueñó de su mirada cuando extrajo de allí dentro la tan buscada Corona Roja.
La observó con auténtico fervor paseando las yemas de sus dedos por encima de cada filigrana, sobre cada ligera protuberancia, notando que su magnífico poder se transfería a cada fibra de su cuerpo solo por tocarla.
Esa corona era el culmen de una larguísima vida planeando el triunfo, manejando los hilos, moviendo piezas y soñando: soñando con convertirse en la máxima autoridad, en el auténtico y único aclamado Rey de los Diablos, tanto en el Tártaro como en Nueva Pangea.
Él mismo la había escondido allí hacía más de mil años. Solo él conocía su paradero. La había deseado durante mucho tiempo mientras esperaba pacientemente aquel dulce momento como un evento profético.
Pero era tanto el embeleso, el efecto casi narcótico que la Corona Roja ejercía sobre él que, por un momento, bajó la guardia y la usura lo volvió vulnerable.
Momento en el que una piedra le cayó sobre la cabeza y otras dos impactaron en medio de la alfombra de serpientes, haciendo se se revolvieran con violencia.
Nabor comprendió que no estaba solo. Alguien le había seguido.
«Istar...», pensó de inmediato. Aquella maldita diabla, tan seductora como astuta, le había tendido una trampa, estaba seguro.
Y es que Istar, en tiempos remotos, mantenía una relación muy íntima con Loki, ese ángel travieso y veloz, burlón y molesto que, seguro, le había enseñado todos sus juegos del engaño.
Nabor escrutó cada rincón de la sala dispuesto a asesinar a quien estuviera allí sin siquiera preguntar.
Apaciguó a las serpientes para que dejaran de hacer ruido y afiló sus sentidos al máximo.
Era extraño porque no sentía que tuviera compañía.
No solo no vio a nadie, sino que tampoco percibía cambios en el olor del aire rancio de los subterráneos ni escuchaba, siquiera, alguna leve respiración.
Al final, aunque seguía inquieto, trató de convencerse de que no había nadie más en ese lugar y asoció el altercado de las piedras a un ligero desprendimiento del techo. Pero cuando se volvió a mirar la corona, esta había desaparecido.