El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 87
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CAPÍTULO 87

Apenas despuntó el alba, los cadáveres de los soldados de Teff que habían caído en la emboscada de Caliza fueron quemados todos juntos, como quien quema rastrojos, sin culto alguno ni bendiciones para sus almas, pues esas alimañas no las tenían.

Y se llevó a cabo con no más cuidado que el de vigilar que el fuego se comportara debidamente.

La carne de esos diablos, dicen, prendió como la estopa, rápido y alzando llamas crepitantes, casi irreverentes.

Y la columna de humo que despidió fue la más negra que jamás se vio manchando los cielos de Bérika.

Los guerreros calizos, que solo horas antes no eran más que granjeros, pastores, cabreros y hasta niños, regresaron triunfalmente a su aldea a media mañana.

Cansados y heridos, no se habían librado de la tristeza por ver caer a algunos de los suyos.

Cargaban con sus cuerpos entre varios, trasladándolos con tanto cuidado como si siguieran vivos, porque a esos sí se les iba a dedicar una pira funeraria digna en la plaza del postigo.

Mientras entraban en la aldea comenzaron a escucharse llantos desconsolados.

De madres, de hijos, de esposas, de novias.

Ceres observó a sus vecinas llorar mientras corría a los brazos de su padre.

Luego abrazó a su hermano llena de orgullo por él.

Y poco después regresó junto a la cama de Galatis, cuya vida aún pendía de un hilo.

De todos los ancianos del consejo solo una no había sucumbido a la peste: se trataba de la severa abuela Leto, la misma que en su día había desmerecido a Attaegina delante de todos y la había destituido de su cargo de oráculo de la tribu.

Posiblemente su dureza y cabezonería la habían librado de la muerte en aquella ocasión, aunque la enfermedad no la había visitado en vano, sino que a cambio le dejó un regalo valioso en forma de enseñanza: la gratitud.

Así pues, ofició el rito fúnebre con más gentileza y compasión de la que nunca mostró por nadie.

La pira funeraria se prendió a la noche. Todos los aldeanos presentes se cogieron de las manos con firmeza, formando un círculo alrededor y entonando un canto tan antiguo que hasta la abuela Leto recordaba haberlo oído desde su cuna.

El fuego permaneció encendido durante horas.

Nadie se movió de allí. Y todos juntos acompañaron a sus muertos en el tránsito al otro lado hasta que solo quedaron las ascuas, momento en el cual una ligera llovizna se vertió sobre Caliza como si quisiera purificarla de la enfermedad y de la muerte.

Una sensación de inexplicable calma sanó hasta el aire que respiraban, como si los propios ángeles les enviaran su medicina.

Y aunque nadie dijo nada, todos tuvieron la certeza de que los diablos no volverían a pisar sus tierras jamás.

Cuando Aleff y Tauh se retiraban a casa en busca del merecido descanso del guerrero, justo Ceres salía de allí hecha un mar de lágrimas. A su padre, al verla, le dio un vuelco el corazón.

─¿Qué ha pasado? ¿Y Galatis?

Ceres se abrazó al robusto cuerpo de Aleff ahogándose con sus propios sollozos, y Tauh echó a correr hacia dentro sin hacer preguntas cuando escuchó la voz de su hermana gritar con júbilo:

─¡Se ha curado! ¡Galatis se ha curado!

Tauh suspiró de alivio mientras frenaba en seco.

Intentó decir algo pero solo la emoción acudió a sus cuerdas vocales no permitiéndole más que llorar de agotamiento, de alegría.

Se había pasado días y días haciéndose el duro, mostrándose frío, insensible, impenetrable, para que Ceres pudiera sostenerse sobre él. Ahora por fin podía descansar.

Y Aleff, que de por sí era hombre de pocas palabras, se sintió orgulloso de sus hijos, tanto que, por un instante, no se creyó merecedor de ellos. «Eres el padre de familia, haz que sean ellos quienes se sientan orgullosos de ti», le había dicho Prímula.

─Gracias, padre ─le dijo Tauh sin atreverse a mirarlo a la cara─. Por ganar a ese diablo.

Aleff se limitó a asentir con la cabeza y le dio una palmada en la espalda a su vástago.

─Por vosotros, mi vida, hijo. Y ahora vamos a ver a tu hermana.

Cuando llegaron junto a la cama de Galatis, esta los esperaba con una sonrisa brillante y con los ojos muy abiertos, como si tuviera ganas de recuperar en cuestión de minutos todos los momentos junto a su familia que la enfermedad le había negado.

Su tez había recobrado el tierno color trigueño que se doraba como un panecillo al llegar el buen tiempo, y al verla tan viva, tan sana, Aleff la abrazó contra su cuerpo, cubriéndola con sus toscos brazos de granjero, besándole la cabeza una y otra vez.

─¿Por qué lloras, papá? ─le preguntó ella, extrañada. Aleff se enjugó los ojos y respondió tímidamente:

─Por nada, cariño. Por nada.

─¡Ah! ¡Menos mal! ¿Sabes que he soñado con Atti?

─¿Y qué has soñado?

─Que se iba, no sé, creo que a otro país. Pero primero me daba un beso para despedirse de mí. Y entonces me he despertado.