El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 86
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CAPÍTULO 86

Los montes abrasados alrededor de Caliza constituían un paisaje completamente desalentador. La tierra cubierta de cenizas, los árboles calcinados y la escarcha del invierno habían convertido el enclave de la aldea en un desierto frío como la hoja de una navaja.

Pero los soldados de Teff, esos guerreros medio hombres medio bestias, continuaban allí sitiando Caliza para que nadie entrara ni saliera hasta que todos sus habitantes sucumbieran a la peste.

Por el día las rondas de vigilancia eran exhaustivas. Sin embargo, y tras varias semanas sin novedades y sin que los calizos se hubieran hecho notar, los soldados empezaron a relajarse cuando caía la noche.

Tauh y Arteo llevaban días observándolos, estudiando sus movimientos, calculando en qué momentos se hacían el relevo, y hasta conocían sus nombres.

La noche en que Caliza libró la batalla más encarnizada de su historia, la luna parecía una sonrisa en el cielo raso que auguraba frío seco. El silencio era absoluto y solamente el canto de un autillo lo quebró.

Los autillos no cantaban en invierno, pero eso los soldados de Teff no lo sabían.

De hecho, no había ningún autillo. Se trataba de Tauh.

Creta le había enseñado a imitar el canto de algunas aves de la región.

Entonces repitió su rítmico sonido aflautado tres veces más y, de repente, una lluvia de flechas de plata cayó sobre los guerreros de Nabor.

Mientras se recuperaban del impacto, totalmente confundidos en la oscuridad, algunos jóvenes de Caliza arremetieron contra ellos a caballo. El objetivo era cortar la cabeza de esas alimañas o atravesarles el corazón, pues solo así caían muertas definitivamente.

Un tercio de la población caliza había sucumbido a causa de la peste.

De los dos tercios restantes, la mayoría acudió esa noche al campo de batalla.

Sabían que se lo jugaban todo esa noche, que si perdían ya no habría nada que hacer salvo resignarse a morir.

Pero el espíritu tozudo de los calizos era capaz de asumir ese riesgo bajo la promesa de recuperar la libertad.

Los más jóvenes, como Tauh, portaban armas arrojadizas.

Les seguían en edad los compañeros habituales de Creta, que cabalgaban entre los soldados aprovechando la ventaja que les daba la montura.

Y por último, a pie, armados con hachas y hasta con útiles de labranza, los acompañaban sus padres y madres, la generación más antigua, pues prácticamente todos los ancianos habían muerto.

Conviene decir que un único soldado de Teff iba mejor armado y preparado que cinco calizos juntos, pero el sentimiento indomable de los aldeanos, sus ganas de hacer justicia y el conocimiento que poseían de aquellos bosques se convirtieron en grandes ventajas.

Y a eso se sumó el favor del Cosmos, que les sonrió como sonreía la luna, inclinando la balanza a su favor.

Se contaron algunas bajas entre los calizos, por supuesto. Pero de los soldados de Teff no quedó uno solo con vida. Esas alimañas pagaron al fin por su crueldad.

En medio de la oscuridad del bosque Aleff buscaba a Tauh entre los muchachos, pero no distinguía su silueta. Un padre podía reconocer así a cualquiera de sus hijos.

─ ¡Arteo! ─ llamó a su compañero fiel ─ . ¿Dónde está Tauh?

El propio Arteo se sobresaltó cuando se giró y no vio a Tauh tras su espalda.

─ Estaba aquí conmigo ahora mismo.

Entonces Aleff tuvo un mal presentimiento, y con su hacha en mano se adentró en el bosque de nuevo. Confiaba en Tauh como lo habría hecho en Creta. Eran, de toda su prole, los dos que tenían talento para las armas y la lucha. Pero intuía que Tauh se encontraba en apuros.

Siguió caminando en silencio, casi sin hacer ruido, hasta un pequeño claro, descubriendo que allí su joven hijo varón se preparaba para librar una batalla cuerpo a cuerpo contra el único superviviente de Teff, un diablo horrible que había heredado el cargo de Likós en aquella campaña.

Era grande, con garras, y tanto o más cruel que su jefe.

Procuró que Tauh no lo viese aún porque no quería que bajase la guardia delante de esa criatura, pero pudo observar que el chico solo iba armado con un arco y le quedaba una única flecha.

Mucho se temió que aquel tiro no iba a servirle, no porque Tauh tuviese mala puntería, sino porque ese diablo iba bien protegido por su loriga de cuero y, además, se encontraba demasiado cerca.

Esa flecha necesitaba algo más de distancia para coger fuerza.

En ese instante lamentó no haberle dedicado más tiempo a Tauh. Creta se había ocupado de su aprendizaje, en cambio él nunca se lo había llevado a tirar. Si a su hijo le sucedía algo esa noche…

Tauh arrojó la flecha aun conociendo sus escasas probabilidades de triunfar. No lo hizo por necedad, sino porque era lo último que le quedaba. Y no se rendiría sin haberlo dado todo.

Cuando la flecha rebotó contra el abdomen del diablo, este sonrió con ánimo de burla y se abalanzó sobre el chico con su sable. Pero en ese momento un oso salvaje surgió de la oscuridad. Era Aleff alzando su hacha contra aquel monstruo, bramando con una voz atronadora.

Tauh tardó unos instantes en reconocer a su padre en esa figura oscura y feroz. Y de pronto, verlo allí dando la vida por él le causó una gran conmoción.

Aleff nunca había peleado con nadie. Era pacífico de por sí. Pero había lidiado contra bestias del bosque en frecuentes ocasiones, la mayor parte de las veces solo y sin ayuda ninguna.

El sable del diablo hirió a Aleff en un brazo, pero no impidió que, con el otro, sacudiera el hacha sobre el hombro de su enemigo. Ahora estaban empatados.

Hubo un segundo asalto, esta vez solo sobreviviría uno de los dos. Tauh estaba de los nervios. No sabía si debía intervenir. Se movían tan rápido que arrojarle algo a la cabeza a ese diablo podía ser arriesgado si le daba a su padre.

─ ¡Vete, Tauh! ─ le pidió su padre bloqueando una estocada con la hoja del hacha.

Pero Tauh no tenía pensado obedecer. Tenía la extraña sensación de que, si dejaba a su padre allí solo, ese diablo lo mataría.

─ ¡He dicho que te vayas!

─ ¡No! ¡Gana por mí, padre! ¡Gana por mí!

Y es posible que las palabras de su único hijo varón, incluso el timbre de su voz, encendieran en Aleff un fuego nunca antes visto. Tenía que ganar, ¡Tauh estaba delante! No podía decepcionarle.

Sacando fuerzas de donde no sabía que las tuviera, Aleff arremetió contra aquella bestia cortándole de un tajo el brazo con que sostenía el sable. Y cuando el diablo estuvo desarmado, entonces terminó con él decapitándolo con su hacha.

Una sonrisa de oreja a oreja cruzó el rostro todavía lampiño de Tauh cuando vio a su padre en esa tesitura.

Confuso, con el agotamiento en el rostro y recuperando el aliento, Aleff esa noche fue para su hijo el héroe más grande de la historia.

Tan grande como el abrazo que su vástago le dio, lleno de agradecimiento porque lo había salvado de ese diablo inmundo.

─ Padre, ¿estás herido? ─ le preguntó cuando vio que le sangraba el brazo. Aleff negó con la cabeza.

─ No es nada. En peores me he visto.

─ Ceres sabe suturar heridas. Attaegina le enseñó. Será mejor que te la cosa.

─ Que no es nada, te digo.

─ Al menos deja que la vea. Ceres es buena curando.

Los dos se quedaron callados. Era obvio que, ahora que habían exterminado a los soldados, la mayor de sus preocupaciones seguía siendo Galatis. Y Ceres hacía cuanto podía.