El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 85
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CAPÍTULO 85

─ ¡Attaegina! ─ la llamó Ibis al verla tendida boca abajo sobre la orilla de la laguna. La capa se le había descolgado y una de sus brillantes alas blancas había quedado completamente al descubierto. Por suerte, todavía no había amanecido.

Ibis corrió hacia ella lo más rápido que pudo. Primero se afanó en cubrirla bien por si algún diablo tenía la fortuna de verla a lo lejos y descubrir que era el ángel que todo el mundo buscaba a cambio de recompensa. Luego, la giró para examinarle la cara y comprobar si respiraba. Sí, estaba viva.

De repente Attaegina abrió los ojos, se apartó repentinamente de Ibis y vomitó un líquido turbio con restos de algas. Era el agua de la laguna.

─ ¡Attaegina! ¿Se puede saber qué has hecho? No habrás bebido de la laguna, ¿verdad?

Attaegina asintió sin dejar de toser. El sabor putrefacto colmaba su garganta, su paladar, su nariz y su lengua. Ibis se llevó las manos a la cabeza.

─ ¡Estás loca! ¡De verdad! ¿Qué voy a hacer contigo?

¿Es que no te das cuenta de que te has puesto en serio peligro?

¿Y si te hubiera encontrado algún diablo…

? Oh, Attaegina… Te he buscado toda la noche por Arbel.

¡Recuerda que gracias a tu amiga Amneris no puedo encontrarte con mi don!

¡Así que no vuelvas a desaparecer de repente! ¡Por favor!

Attaegina quería responderle, pero aún no era capaz. No le salía la voz. Cuando al fin logró articular palabra, musitó:

─ Gracias… Gracias por haberme buscado.

Y toda la aspereza de Ibis se desvaneció mientras suspiraba de alivio.

─ De nada.

Se quedaron las dos en silencio, mirando al cielo del amanecer y la mediocridad de sus tonos de luz. Por suerte, la música ensordecedora de la ciudad había cesado.

─¿Ya se ha terminado la fiesta? ─preguntó Atti.

─Sí, por suerte para nuestros oídos. Pero dentro de unos días se celebrarán unos juegos especiales en el Circo Máximo por la coronación de Keriel.

─Puede que Creta y Lorick participen, ¿no?

Ibis enarcó las cejas con un gesto de incertidumbre.

─Si sobreviven hasta entonces y Keriel los considera a la altura, sí, serán citados para participar.

─Ese día es crucial. Iré allí y me enfrentaré a Keriel.

─Attaegina, no te precipites. ¿Qué es exactamente lo que quieres hacer?

Attaegina se vino abajo de nuevo y resopló con hastío.

─En realidad, ni lo sé…

Ibis lo imaginaba. Attaegina, después de todo, seguía siendo joven, impetuosa y testaruda.

No como ella, que había vivido más de cien años.

Eso le había dado sabiduría, sí, pero sobre todo serenidad.

Y haciendo alarde de esta última virtud, extrajo un panecillo gris y un pedazo de algo que parecía carne seca.

─¿Tienes hambre? ─le ofreció a Attaegina.

Aquella, solo de ver la comida del Tártaro, sintió arcadas─.

Entiendo. Eres un ángel de los pies a la cabeza.

La comida de los diablos podría envenenarte.

Y, hablando de veneno, ¿por qué bebiste el agua de la laguna?

¿Es que querías suicidarte? ¿Es por lo de Keriel y Libia?

─Confieso que tuve ganas de desaparecer cuando los vi ─añadió Attaegina con amargura, con los ojos posados en las aguas─.

Pero esto trasciende a Attaegina y a Halcón.

El destino de Nueva Pangea depende de Altair y de Keriel.

No puedo permitir que los sentimientos me distraigan ahora.

Tengo una misión que cumplir. Todo lo demás no importa ya.

Ibis se sorprendió al escucharla hablar con tanta frialdad. Y hasta sintió pena. Quedaba ya muy poco de Attaegina en el cuerpo de aquel, el Primer Ángel. Lo lamentaba.

─Attaegina, lo que viste… ─Era un tema muy incómodo─. Keriel no es Halcón. Seguramente no recuerda nada de ti o estará confundido.

─Agradezco que quieras consolarme, Ibis. Pero Halcón y Attaegina ya no existen. Es como si el pasado se los hubiera tragado.

Ibis no habría reconocido nunca la tristeza que la invadió al considerar que Attaegina prácticamente había muerto. Y es que la mujer que tenía delante ahora era Altair. El Primer Ángel. El final de la guerra se acercaba.

─El agua de la laguna me brindó visiones reveladoras ─explicó.

─¿Cómo? ¿Conoces la memoria del agua? ¿El método de los labios?

Attaegina sonrió con un deje melancólico.

─Me lo enseñó un buen amigo ─dijo recordando a Kairós.

─Y, ¿se puede saber qué has visto?

─La Corona Roja.

Los ojos de Ibis se abrieron como nunca.

─¿La corona? ¿Sabes dónde está? Keriel ha prometido premiar a quien la recupere con un cargo de honor en el consejo real.

─No sé dónde está, pero sé quién la robó.

─¿Quién?

Attaegina, con resignación, pronunció:

─El ángel Nabil, a quien tú y yo conocemos mejor como Nabor.

Ibis aún no cabía en su asombro.

─Cuando creía que conocía todos los crímenes de Nabor, llegas tú y me vuelves a sorprender. ¿Así que fue él? ¿De verdad que no sospechas dónde la esconde?

─No, pero estoy segura de que trama algo. Colocar a su hijo como Rey de los Diablos creo que solo es una artimaña más para conseguir el poder absoluto.

─De Nabor no me extraña nada. Ese cerdo siempre tiene algo reservado. Y ahora que me dices lo de la corona, es muy probable que planee dar un golpe el día de los juegos. Así que será mejor que pienses bien cómo vas a entrar en el Circo Máximo.

Attaegina seguía sin tener ni idea de qué hacer cuando estuviese frente a Keriel. ¿Debían luchar el uno contra el otro hasta matarse? ¿Era así la forma de resolver su conflicto legendario?

─Si Keriel y tú caéis ─le advirtió Ibis─, no olvides que Nabor no perderá la ocasión de ocupar el trono de su hijo. Si además dices que él robó la Corona Roja, es porque sabe que todos los diablos se arrodillarán ante él en cuanto la vean sobre su cabeza.

─Entonces, ¿no crees que probablemente nos necesita todavía para que nos destruyamos entre nosotros sin que él tenga que arriesgarse?

Ibis la escuchaba con desconcierto. ¿Qué insinuaba? Attaegina lo aclaró:

─Piénsalo, tanto Keriel como yo somos más poderosos que Nabor ahora. Por eso nos necesita enfrentados.

─Attaegina, no te entiendo.

─A riesgo de equivocarme, solo se me ocurre una cosa: durante siglos se transmitió a la humanidad una única versión de la historia de Altair y Keriel, aquella en la que se mataron entre sí provocando la caída del mundo tal y como se conocía.

─Sí, eso lo sé. A las sacerdotisas nos la inculcaron como si nos la grabaran a fuego. Era un mito indiscutible, incuestionable.

─Exacto, Ibis. Pero ahora quiero preguntarte a ti, ¿qué crees que les pasó en verdad? Y otra pregunta más, ¿quién estuvo ahí realmente para ver lo que sucedió?

Ibis nunca se lo había planteado. En realidad, Attaegina tampoco.

De repente todo su mundo se caía. Los cuentos que había contado a sus hermanos antes de dormir, las leyendas de los caminantes, las canciones de taberna…

Siempre se había contado la historia de una manera.

¿Y si llevaba razón y existía otra historia que se había ocultado al mundo, como tantos otros conocimientos herméticos?

Luego pensó en la visión que había tenido sobre el Espejo de Obsidiana.

Ya no había tiempo para seguir buscándolo, y posiblemente hubiera sido destruido o escondido en algún lugar al que jamás llegaría.

Pero eso ya no importaba, el Espejo de Obsidiana se había mostrado ante ella en el recuerdo que había recuperado esa noche y le había mostrado algo.

Quizás ya le había enseñado todo lo que necesitaba ver reflejado en él.

─Vámonos de aquí, Attaegina. Este lugar está muy despejado, podría verte alguien.

─Y, ¿a dónde vamos?

Ibis miró a su alrededor. No muy lejos de allí había formaciones montañosas.

Tal vez podrían refugiarse en alguna gruta.

Y Attaegina recordó exactamente la ubicación de aquella tan especial en la que, a menudo, había ido a lavar sus penas.

La gruta a la que llamaba el Útero de Madre Tierra.

La misma en la que, mucho tiempo atrás, Altair y Keriel habían muerto.