CAPÍTULO 84
Crónicas de Antigua Pangea
Altair se pasaba los días enclaustrada en esa caverna profunda y oscura a la que se refería como el Útero de Madre Tierra.
Era tal vez la única gruta subterránea que quedaba virgen, que no había sido explotada para extraer oro rojo.
Quizás por eso dicha gruta había recompensado su respeto con un regalo mucho más valioso que cualquier joya de los diablos: al fondo de la gruta, en su pared negra, lisa y brillante, había cuajado como un milagro de la naturaleza el tan valioso Espejo de Obsidiana.
Ningún ángel sabía aún con exactitud qué podía verse en él. ¿Era un oráculo? ¿Predecía el futuro? ¿Ahondaba en el pasado? ¿O sencillamente revelaba la verdadera forma?
Mientras Altair continuaba estudiando sus propiedades mágicas, el espejo se protegió de los diablos. No podían conocer su existencia porque, seguramente, tratarían de robarlo y terminarían utilizándolo para sus fines más viles. Como todo lo que tocaban.
Un día, Altair se reflejó en el Espejo de Obsidiana y este le devolvió la imagen de Keriel.
Al principio sintió rabia. ¡No conseguía comprender el motivo!
Empezó a pensar que no tenía ningún sentido y que ese espejo en realidad no guardaba ningún tipo de rigor.
Que era un objeto fantasioso, inútil, capaz de provocar delirios y adicción como la fruta roja.
Continuó durante horas en pie, delante de su superficie, examinando minuciosamente la imagen de Keriel: sus cuernos de bestia, sus fauces ennegrecidas por comer carne y beber inmundicias que le nublaban el juicio, sus ojos desquiciados por el odio y el rencor.
Mirarlo le producía asco, odio. Le daban ganas de insultarlo, de ridiculizarlo y de burlarse cruelmente de él.
Ganas de matarlo… Y entonces comprendió por fin que el espejo le estaba ofreciendo su propia imagen: sí, Keriel y Altair, corroídos por el resentimiento, se habían convertido exactamente en lo mismo.
Cada uno en un color diferente, pero eran la misma criatura perdida, alejada del Cosmos y enrocada en el miedo a no ser amada. El amor…
«El amor puede perdonarlo todo», le había dicho Keriel en una ocasión.
¿Cuándo se les había olvidado a los dos?
¿Cómo habían llegado a convertirse en esos dos líderes que ya no miraban a los ojos a sus subordinados, sino que solo movían piezas en el tablero manchado de la sangre de una guerra eterna?
Y sin embargo, tanto Keriel como Altair continuaban apoltronados en sus palacios, sentados en sus tronos, dando órdenes, lanzando ofensivas, mientras se autocompadecían de sí mismos y echaban la culpa de todo al otro.
En ese momento unos pasos conocidos, muy ligeros, llegaron desde la entrada de la gruta.
─Joven Nabil ─lo saludó Altair con severidad, sin perder una pizca de su porte señorial de jefa de los ángeles─. Elkerael y Yarbha te andaban buscando. Para entrenar, supongo.
─Acabo de estar con ellos ─respondió aquel─. Elkerael y yo hemos luchado juntos contra Yarbha, pero siempre nos gana. Es un titán.
Altair, por un instante, se permitió sonreír. Solo aquellos ángeles adolescentes lograban sacarla de sus preocupaciones de tanto en tanto.
─Entiendo. Algún día Yarbha será nuestro mejor guerrero.
Continuó mirándose al espejo, absorbida por la imagen que no se borraba de allí, cuando entendió que Nabil no estaba viendo lo mismo que ella.
─¿Cómo funciona? ─le preguntó el joven ángel─. El espejo, ¿qué es lo que muestra en realidad?
Altair veía el reflejo de Nabil al igual que aquel veía el reflejo de ella. Pero cuando uno se miraba a sí mismo, descubría otras cosas que a nadie más le eran mostradas. Por eso Nabil no veía la desagradable imagen de Keriel delante de Altair.
─Creo que nos muestra lo que somos en realidad ─le explicó taciturna.
Y Nabil se fijó en su reflejo con atención. Ese día se le iba a revelar algo que pondría rumbo a su destino durante siglos: su auténtica imagen. Y sobre su cabeza vio la Corona Roja.
─Tal vez nos muestra nuestros deseos ─añadió él. Y Altair se quedó pensativa.
─Ah, ¿sí? Y, ¿tú qué ves, joven Nabil?
Nabil no se lo pensó demasiado antes de encogerse de hombros modestamente y responder:
─¿La verdad? Yo no consigo ver nada.