El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 83
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CAPÍTULO 83

Crónicas de Antigua Pangea

Keriel se había vuelto a emborrachar con fruta roja.

Era, por lo visto, un vicio frecuente en él.

En ocasiones se subía al Árbol, en solitario, y se atiborraba a esos frutos malditos hasta caer inconsciente.

Su imagen era patética: colgando de las ramas en una postura inerte, con los ojos en blanco, le caía la saliva de la boca semiabierta. Aquel día se le cayó algo más.

La Corona Roja, la pieza de oro más valiosa del Tártaro, se había desprendido de su cabeza y había aterrizado sobre las raíces del Árbol, impactando con fuerza y rodando hasta que se quedó atrapada en unos brotes espinosos.

Keriel ni siquiera se inmutó. Tan profundo era el estado de trance en el que había entrado que tardaría horas en recuperar la consciencia.

Pero el Cosmos quiso que alguien más se sumara a la escena aquella noche.

El joven ángel Nabil tenía órdenes de Altair de espiar a Keriel, de controlar cada paso que diera.

Por eso volaba muy cerca cuando la corona se cayó debajo del Árbol.

Nabil, asegurándose de que Keriel se hallaba realmente ausente, se acercó a la joya.

Sabía que Altair llevaba tiempo deseando destruirla, esa y todas las piezas que se habían forjado con oro rojo.

Era el momento, el Cosmos lo había orquestado todo para poder arrebatarle al Rey de los Diablos la corona sin apenas riesgo.

Solo tenía que cogerla y ya está. Sabía que se quemaría la piel, tenía que pensar algo.

¿Cómo podría llevarla hasta el palacio de los ángeles sin acabar herido?

Entonces sucedió algo con lo que no contaba.

O tal vez era algo que su propio corazón, todavía latente y vivo como el de los ángeles de raza pura, estaba pidiendo a gritos.

El caso es que el olor de las frutas rojas se deslizó por su nariz, sibilino como la embriaguez.

Estaban esparcidas alrededor de la corona, reventadas por la caída.

Comenzando a fermentarse y anegadas de moscas, desprendían aún más si cabe el perfume alcohólico del vino que las que aún pendían de las ramas.

Se debatía entre coger la corona o alcanzar una de esas frutas.

Y sin saber por qué, decidió hacer lo segundo.

Aquella todavía podía comerse. Se encontraba en ese punto de madurez que, solo en cuestión de horas, declinaría hacia la putrefacción.

Se le hacía la boca agua solo de mirar ese rojo intenso y brillante del exterior, la piel tersa y el interior flácido, acuoso, en su máximo nivel de dulzor. Y la mordió.

Cuando Nabil probó la fruta roja, a diferencia de los otros diablos que, o bien deliraban o se volvían excesivamente agresivos, obtuvo claridad en sus pensamientos.

Siempre había sido un ángel muy astuto, cabal, calculador.

¿Sería que la fruta intensificaba los defectos y virtudes de cada uno?

Seguramente sí, pues en oposición a dichas virtudes, al fin salió a la luz el peor de sus defectos: el ansia de poder.

No comió más. Era suficiente. Si se emborrachaba y lo encontraban los discípulos de Keriel allí tirado al amanecer, toda la misión fracasaría.

Así que, decidido, se acercó de nuevo a la corona, la cogió con las manos y esa fue la única vez en la historia de Pangea que un ángel no se quemó al tocar el oro rojo.

Porque Nabil había dejado de ser un ángel.

Pero no había vendido su alma ni su corazón, por tanto tampoco era un demonio.

Posiblemente poseía lo mejor de cada raza.

Y se preguntó, ¿qué necesidad había de llevarle el botín a Altair?

¿Por qué tenía que seguir obedeciendo a uno de los dos bandos?

Si él ya no necesitaba a ninguno para sus propios propósitos...

Y esta es la verdadera explicación de cómo desapareció la Corona Roja de Keriel, un misterio que condujo a los ángeles y a los demonios a una guerra imparable por un agravio sin justificar.

Nabil sabía que quien poseyera esa corona, un día se convertiría en el máximo rey de todos los diablos. Pero era pronto. Él era todavía un joven ángel. Necesitaba experiencia, conocer más el mundo y, sobre todo, planear muy bien su siguiente jugada.