El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 82
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CAPÍTULO 82

Posiblemente al tiempo que Keriel se emborrachaba con su propio rencor en el Árbol, Attaegina vertía en la laguna amargas lágrimas de tristeza y despecho.

De celos. Puede que fuera el Primer Ángel, pero esa noche sentía lo que cualquier joven humana al descubrir que su amor no era correspondido. Y que su amado había escogido a otra.

La imagen de Keriel besando a Libia en la cama no se apartaba de sus pensamientos. Las manos de él acariciándola, sus labios cubriendo su piel… Era más de lo que podía soportar. Esa noche lloró, rabió, gritó. Y cuando el llanto agotó sus fuerzas, se acercó a la laguna.

Su imagen ya no se reflejaba en las aguas como en tiempos del Reino de los Ángeles, pues la laguna ahora estaba sucia y contaminada.

Los restos de las fraguas se vertían en ella junto a otras inmundicias.

Beber sus aguas habría sido como ingerir un veneno letal.

«Beber sus aguas», pensó. Y de pronto, como un soplo de aire fresco, la voz de Kairós sonó dentro de su mente.

Posiblemente su último mensaje, aquel que le transmitió de forma directa a través de los labios, pervivía aún en sus lágrimas. En su agua corporal.

Attaegina, recuerda que el agua memoriza.

El agua no olvida jamás. En ella se archiva todo lo que acontece sin importar el tiempo que haya pasado.

Sus mensajes no se borran, permanecen escritos en el agua esperando que quien se acerque a beber los escuche.

En el Tártaro hay una laguna. Es una laguna grande, al menos por la parte que se ve.

Pero por la parte que no se ve, es inmensa.

Mi madre me contó que abarca todo el Tártaro, que sus aguas fluyen a través de todos los acuíferos de esa tierra maldita.

Hasta los árboles, los pocos que consiguen crecer allí, ungen sus raíces en ella para beberla.

Quizás no exista un solo ser del Tártaro que no haya depositado en la laguna sus memorias.

Tal vez saber esto te ayude a encontrar lo que buscas. Te deseo muy buena suerte. Te quiero,

Kairós

Attaegina acababa de descifrar el mensaje de Kairós al completo. Y su ayuda llegaba justo en el momento oportuno. Esas aguas sucias eran peligrosas, desde luego. Pero tenía que intentarlo. Tenía que llegar hasta el final. Por Halcón. Por Nueva Pangea.

« Hasta los árboles ungen sus raíces en estas aguas » , se dijo. Y los árboles también tenían memoria. El Árbol tenía memoria… Así que se arrodilló, formó un cuenco con las palmas de las manos y lo llenó con el agua de la laguna, acercándolo después hasta sus labios.

El hedor de aquel líquido le hizo oponer resistencia durante un instante, pero sintió al mismo tiempo que sus manos contenían algo muy valioso, una información esclarecedora, crucial para su cometido. Para liberar al Tártaro y a su rey. Y bebió.