CAPÍTULO 81
Esa noche Keriel sobrevoló toda la ciudad de Arbel. Necesitaba reconocer aquel lugar que, supuestamente, se había fundado en su nombre mucho tiempo atrás, antes de que Luzbel subiera al trono bajo el nombre de Azufre.
Los recuerdos se devolvían a su consciencia a medida que veía los lugares desde arriba, y poco a poco la historia de la Antigua Pangea se recompuso en su memoria. Y lo hizo dejando en él un poso triste y amargo, pues también era su historia. La historia trágica de Altair y Keriel.
La laguna continuaba donde siempre, solo que se había vuelto turbia y cenagosa.
Y en línea recta, aunque muy alejado, seguía el Árbol, ese árbol de la fruta roja que él mismo quemó y condenó.
Había cuadruplicado su tamaño y su cosecha, reservada casi en su totalidad para las bodegas del rey.
El tronco y las ramas continuaban calcinados, sus hojas, mustias, pero en él aguardaba latente una especie de existencia maldita capaz de contagiar a quien se acercara.
Cansado de volar con el ala dolorida, Keriel aterrizó sobre las ramas más altas.
Desde allí, si miraba hacia abajo, podía contemplar el inmenso Circo Máximo, que se había construido alrededor del Árbol.
Así, la copa hacía la función de techo y las frutas rojas que caían sobre la arena alentaban o confundían a los participantes con su hipnótico aroma y su tentador sabor, algo que encantaba al público porque, en ocasiones, algunos combates daban giros inesperados en función de si los gladiadores las comían o no.
El circo era uno de los pocos lugares que en ese momento estaban vacíos.
Se llenaría hasta reventar en tan solo unos días, cuando se celebraran los juegos en honor al rey.
Mientras tanto, la música de las fiestas continuaba.
Ardía dentro de sus oídos, le agujereaba la cabeza como una lluvia de clavos.
Habría asesinado a todos esos diablos que festejaban en su nombre si hubiese podido.
No soportaba más su jaleo, ¡los detestaba!
Despreciaba ese reino, ese puesto. Deseaba que el mundo desapareciese y, después, desaparecer él.
Acabar con esa pesadilla de no saber quién era ni qué buscaba.
Y paliar ese dolor que, aunque no quisiera reconocerlo, lo atormentaba desde hacía una eternidad.
El dolor de su pecho, ese vacío que nada, ni siquiera el amor de Attaegina, había logrado apaciguar.
¿Cómo podía amar y odiar tanto a la misma mujer al mismo tiempo, por los mismos motivos?
Attaegina, Altair… ¿Quién era cada una? Cogió la gema con las manos y la apretó con todas sus fuerzas cuando una fresca sensación de calma se derramó sobre su piel como rocío de madrugada…
Era el olor de Attaegina, ¿dónde estaba ella ahora? ¿Por qué había vuelto a dejarlo solo?
─ No me ha dejado solo, yo le pedí que se alejara de mí ─ dijo Halcón. ¿Halcón? ¿Qué hacía ahí? Sin alas, sin cuernos. El Halcón de siempre, con su ropa de nawal y su bastón en la mano.
─Mientes. Ella se marchó. Me abandonó ─respondió Keriel. El aroma del rocío fresco se había desvanecido y, en su lugar, la nota alcohólica de la fruta roja flotaba en el aire haciéndose cada vez más presente. Halcón seguía frente a él, cruzado de brazos en actitud desafiante.
─Tú te marchaste de su lado por no enfrentarte a tus responsabilidades. No tienes derecho a culparla.
─¡Mentira! ─estalló Keriel─. ¡Ella se fue! ¡Ella… dejó de amarme!
─¿Y así es como te vengas, castigando al mundo? ¡Supéralo!
Keriel miraba a Halcón con profundo odio y, a la vez, envidiaba su luz, su firmeza.
─Vete o te mataré, nawal ─lo amenazó el Rey de los Diablos.
─Si me matas, tú mismo morirás.
─¡Entonces déjame en paz! ¡Solo te pido que te vayas!
Halcón negó con la cabeza.
─¡¿Es que ya no te acuerdas de lo que nos hizo?! ─bramaba Keriel─. ¡Ella nos convirtió en esta cosa! ¡Todo es por su culpa! ¡Si ella no me hubiera provocado, yo jamás la habría…! ─Su voz se entrecortó. Decirlo dolía demasiado─. Jamás la habría… Yo la maté.
─Sálvala. Puedes hacerlo. El Cosmos te está dando una segunda oportunidad. Enmienda el error.
─¿Por qué hablas como los ángeles? Halcón, ¿tú qué eres en realidad?
─Yo soy la parte de la que renegaste, pero sigo siendo parte de ti. Igual que tú de mí.
─Ya déjame en paz, no entiendo nada.
─Todos los diablos fueron ángeles un día. Si no me crees, detente por un instante a mirar la gema que pende de tu cuello.
─¡Cállate! ¡Vete!
Keriel se arrancó la gema en un arrebato y la arrojó, lejos, para no volverla a ver jamás.
Después se convirtió en bestia, en esa bestia inmunda que solo despertaba cuando Libia leía los trece nombres, el monstruo que devastaba pueblos enteros devorando corazones y descuartizando los cuerpos de sus enemigos.
Halcón no se movió. Continuó mirándolo con una mezcla de compasión y templanza. Y entonces, Keriel lo engulló.
De repente se despertó en las ramas más altas del Árbol.
Le fallaban los recuerdos sobre cómo había llegado hasta allí.
Y es que no era la primera vez. ¿Cuántas borracheras de fruta roja no se habría dado en tiempos pasados para paliar, aunque fuera por una noche, el dolor por el despecho de Altair?
No entendía qué había pasado con Halcón.
Había sido tan real… Pero debía tratarse de un delirio o de un sueño, o de ambos.
Solo quería más y más fruta. No lo podía resistir.
Las arrancaba dando tirones y cuando se las acercaba a la boca les hincaba los colmillos con ira imaginando que cada una era el corazón de Altair.
El que nunca había conseguido. El que jamás le pertenecería.
Después de atiborrarse de fruta roja, el cansacio y la borrachera lo vencieron.
Le dolía tanto el cuerpo que no podía ni mover un dedo.
Pero un destello en la lejanía le hizo abrir los ojos y, por un instante, le dio la sensación de que allá abajo, lejos, en la laguna un ángel ponía luz en medio de sus tormentos.
Creyó que se trataba de otro delirio y se volvió a dormir.