El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 80
69%

CAPÍTULO 80

La mano de Keriel ardía sobre la limpia piel de Libia, una piel que la clausura del sacerdocio había preservado durante años incluso de los dedos del sol.

Pero aquellos otros, los del Rey de los Diablos, resultaban mucho más seductores al deslizarse por su cuello, por encima de su escote, rodeando la esfericidad de sus pechos.

¿Quién iba a imaginar que una bestia semejante desabrocharía con tanto esmero cada botón de su túnica en lugar de arrancarlos o raer la delicada tela de lino?

Keriel empezó a desnudarla con elegancia, descubriendo sus senos despacio… y no pudo continuar.

Sus ojos se habían topado de bruces con su propio reflejo. Con un objeto que creía perdido, roto u olvidado en algún lugar de ese oscuro pasado que apenas recordaba y que no se atrevía a explorar por miedo a saber quién era en realidad…

─ ¿Qué es esto? ─ le preguntó a la suma sacerdotisa.

Sobre las yemas de sus dedos se apoyaba la gema.

Libia no entendía su pregunta. O, mejor dicho, no entendía por qué era tan importante.

Pero la reacción de Keriel no parecía casual.

El Rey de los Diablos se apartó de ella poco a poco sin dejar de observar la gema, palpándose el pecho como si acabara de darse cuenta de que faltaba algo allí.

─Siempre la llevo conmigo ─explicó Libia dudosa. Pero él ya no deseaba besar su cuello ni perderse entre sus piernas. Se había quedado absorto en la gema.

─¿De dónde la has sacado?

Libia, recomponiéndose la ropa al tiempo que volvía a ocultarse los pechos, se incorporó. Empezaba a ponerse nerviosa. ¿Por qué era tan importante aquel amuleto casi sin valor?

─Yo la encontré un día en los jardines de palacio. Y me pareció que…

─Attaegina… ─pronunció de pronto Keriel. Ese nombre atravesó su garganta y sus labios como si llevara tiempo cautivo, sepultado en alguna prisión recóndita. La expresión de Keriel cambió. Su mirada era diferente. Era… como cuando aún era Halcón.

─Keriel, escúchame ─dijo Libia empezando a inquietarse. Él cogió su rostro con las manos, despacio para no hacerle daño con sus garras. Y la miró con atención. Estaba buscando a alguien que no era ella.

─Attaegina me dio esa gema, ahora lo recuerdo…

─Espera, Keriel, te estás confundiendo de persona.

─No, no. ¡No!

Keriel se apartó de ella en el acto, brusco. Estaba confundido. Y enfadado también. Libia se asustó. Debería haberle dado el bebedizo en lugar de dejarse besar. Pero, ¿a quién trataba de engañar? ¿O todo lo hacía por miedo a Nabor?

─¡Yo sé lo que recuerdo! ¡Tú me confundes! ─Keriel trató de tranquilizarse. Sabía que estaba abrumando a Libia y no era su intención─. Libia, no sé qué me está pasando. Creo que me voy a volver loco. Ya no sé ni quién soy… Dime, ¿cómo me llamo en verdad?

Los ojos de Libia se llenaron de lágrimas. Era miedo, mucho, a la ira del Patriarca, a sus castigos. Pero también era pena por Keriel. Autocompasión por sí misma. Y rabia, celos, envidia por Attaegina, que incluso estando ausente lograba vulnerar sus conjuros. ¡Maldita chica ángel!

─Libia, por favor, ¡dime cómo me llamo! ¡Necesito que me ayudes!

─No… No puedo… ─se excusó con un nudo en la garganta─. El Patriarca me castigará.

─No se lo permitiré. Confía en mí, Libia. No te hará daño. Pero necesito saber quién soy, qué hago aquí. No entiendo nada. En mis recuerdos todo se confunde en una neblina que me deja sordo y ciego.

─Keriel, todo eso es por mi culpa.

Libia se sentía más despreciable que nunca.

No sabía si Keriel sería capaz de perdonarla.

Pero Halcón sí. Y, acaso, ¿no era de Halcón de quien se había enamorado?

¿No era Halcón la cara amable de Keriel, la luz hechizadora dentro de sus ojos de diablo?

¿El mismo hombre que amaba a Attaegina por encima del bien y del mal hasta el punto de que, incluso bajo esa forma de bestia, todavía estaba dispuesto a ir a buscarla?

─Tienes que saber que soy la mujer más cobarde que has conocido.

Keriel se sentó a su lado, sobre la cama, embebido en la visión de los carboncillos sobre los que la mirra se seguía consumiendo despacio.

La mirra… ese aroma lo había sujetado a su memoria.

La mirra que quemaba su madre cuando era niño y se dormía.

La mirra que ardía en la tienda en donde amó a Attaegina por primera vez.

Y Libia, sin saberlo pero guiada por su intuición, la había continuado usando con él porque descubrió que le agradaba.

─Keriel, el Patriarca me obligó a darte un bebedizo que borraba tus recuerdos. ¡Ya sé lo que pensarás! ¡Que soy despreciable! ¡Lo soy! ¡Lo admito! ─Suspiró─. Pero tenía tanto miedo que no me atreví a desobedecer. Y luego hay otro motivo...

Keriel la miraba atento, sin opinar nada. Sin juzgarla. Ningún diablo habría actuado así. Jamás. Libia continuó:

─Keriel, me he enamorado perdidamente de ti.

¡Te amo, Keriel! ¡Halcón! ¡Yo tampoco sé quién eres ahora mismo!

Pero tenía la esperanza de que te quedaras a mi lado, de que tú también me amaras.

Y eso solo podía suceder si te olvidabas de Attaegina…

Aunque ya veo que es imposible. La vuestra es una magia antigua y pura que supera a todas las demás.

Keriel se levantó y caminó dos veces o tres por delante de la cama, pensativo. Abatido también. Compartía la tristeza de Libia. Incluso había llegado a ser feliz con ella mientras su memoria estaba vacía.

─¿Podrás perdonarme por todo lo que te he hecho, Keriel? ─suplicaba Libia─. Yo te convertí en bestia.

─Libia, déjalo ya.

─¡Es que es cierto! ¡Yo pronuncié los trece nombres!

¡Yo desperté en ti al mal! ¡Yo anulé la voluntad de Halcón, que luchó hasta el final por no convertirse en diablo!

Pero obedecí a Nabor, a sus deseos. Yo decidí obedecer.

Por mi culpa, has cometido crímenes que lamentarás el resto de tu vida.

Te he convertido en la criatura más cruel de todos los tiempos.

¿Es que no lo ves? ¡He arruinado tu vida! ─Ahogó un sollozó y murmuró─: Y la mía…

Keriel no decía nada. Impasible, silencioso, pensativo, seguía moviéndose por la habitación. Finalmente se detuvo frente a Libia y le tendió un brazo con la mano abierta.

─Devuélvemela. Me pertenece.

Y Libia, sin responder nada, le puso la gema en las manos. Cuando Keriel la tuvo por fin, su dura piel de diablo se erizó como si recibiera una descarga. Fue solo un instante mientras la gema emitía un destello candoroso de color azul índigo.

─Libia, necesito que me digas una sola cosa. Y esta vez no me mientas, por favor.

─¿El qué?

─¿Quién es Altair?

Libia observó a Keriel en silencio. Vio en sus ojos la pena arrastrada desde hacía cientos de años, el dolor que había condenado su alma, la rabia contra sí mismo.

Deseó abrazarlo, darle consuelo. Pero a ella ya no le correspondía siquiera acercarse a él.

Con mucho pesar le respondió como él había pedido. Es decir, ya sin mentiras:

─Altair es el nombre que recibía Attaegina en el tiempo de los ángeles, cuando era uno de ellos. Attaegina es Altair, el Primer Ángel.

─¡No, no puede ser!

─Keriel, te digo que sí. No miento.

─¿Altair y Attaegina son la misma mujer?

Libia asintió. Acto seguido, Keriel se colgó la gema del cuello y rompió una ventana. La música festiva e interminable de las calles de Arbel entró en la habitación toscamente desgarrando el silencio ceremonial que Libia había procurado otorgar al descanso del rey.

─¿A dónde vas, Keriel? ─se alarmó ella.

Él la miró una última vez. No con rencor, ya la había perdonado. Pero estaba dolido, triste. Decepcionado.

─Necesito estar solo.

Y echando a volar como buenamente pudo, con su ala medio rota y los dolores que le producía, aleteó con vigor y se alejó del palacio de Arbel, fundiéndose con los cielos manchados de la noche.