El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

Hasta las calles de las afueras de Arbel llegaban el jolgorio y el jaleo de las fiestas que se habían declarado en honor al nuevo rey.

Si una multitud de diablos ya era en sí molesta y peligrosa, cuánto no lo era más bajo la ebriedad del vino y la excitación tras el baño de sangre presenciado la noche anterior, cuando Keriel descuartizó a Azufre en medio de la plaza.

Los borrachos se amontonaban por las esquinas mientras se daban escenas de lo más grotesco entre los callejones.

No faltaron los hurtos, los trapicheos y las peleas que, aprovechando la renovada sensación de libertad que provoca un cambio de monarca, se desmadraron entre gritos de júbilo y voces colectivas que brindaban por Keriel.

«¡Viva Keriel, Rey de los Diablos!», se escuchaba con frecuencia.

Se asaba carne en las calles. Había pan gris para cada quien.

Y todo acompañado por la melodía constante de los pasacalles, pues los habitantes del Tártaro habían sido, en mayor o menor medida, educados en el gusto por la música mientras vivieron bajo el mandato de Azufre, quien había sido en una ocasión el Ángel de la Música.

Por eso, la percusión de los tambores hacía vibrar el suelo empedrado del lugar al tiempo que el sonido penetrante de los aulós cargaba todavía más la atmósfera de frenesí. Todo el día. Toda la noche.

─Vámonos de aquí, Attaegina ─le dijo Ibis en cuanto descubrió lo que pasaba─. Es una locura quedarse. Tendremos problemas.

Discretamente, las dos se alejaron de vuelta al cauce del Río de los Muertos, y sigilosas pero sin perder detalle de lo que sucedía a su alrededor, se refugiaron entre la maleza mustia y ponzoñosa de las orillas.

La estridencia de la música se hizo inaudible cuando se escondieron bajo las ruinas de lo que parecía un antiguo puente de piedra. Ahora que estaban a solas y tranquilas, era el turno de Ibis.

─Tengo que tocarte el tercer ojo, Attaegina, como la primera vez en el templo. No te gustó nada, lo sé.

Atti se acordó de aquel momento. Se sentía tan insignificante el día que entró en el Templo del Laurel...

─Ese día me confirmaste que no tenía don. Es curioso, Epona también se dio cuenta.

Ibis se sintió incómoda cuando mencionó a Epona. Sí, esa joven había sido sacrificada con su consentimiento… Supuso que era tarde para lamentarlo. Al fin y al cabo, le quedaban cientos de años allí para pagar por sus crímenes. Así que trató de centrarse en ayudar a Attaegina.

─¿Por qué crees que perdí mi don, Ibis?

─No estoy segura. ¿Cuándo crees que sucedió?

─El día en que conocí a Halcón.

A Ibis le desconcertó porque no conocía ninguna explicación para casos así.

─No soy capaz de darte una respuesta ─concluyó─. Tal vez Keriel te robó el poder a través de Halcón, no lo sé. Teniendo en cuenta la historia de Altair y Keriel y aquello que os pasó...

─Pero, ¿qué es lo que nos pasó? No logro recordar cómo fue.

─Tal y como se recogió en los papiros que las sacerdotisas estudiábamos, en resumen os destruisteis el uno al otro. Os matasteis mutuamente. No más.

Attaegina luchaba por no creerla, por escarbar en su consciencia y encontrar algún recuerdo que creyera perdido pero que le mostrara alguna versión diferente de los hechos.

De ser verdad que Halcón y ella, o mejor dicho, Keriel y Altair, simplemente habían peleado hasta que ninguno sobrevivió, ¿cómo explicar que nunca se sintió en peligro en presencia de Halcón?

¿Que siempre notó que él era parte de ella?

¿Que podía confiarle su cabeza, incluso cuando mentía ante el consejo de ancianos?

─Attaegina, tienes que asumirlo ya. Keriel es lo que es. Y Halcón…

─Halcón es el amor de mi vida, ¿qué me importa Keriel, lo que haga y lo que le suceda? Yo solo quiero recuperar a Halcón, y si para ello he de matar a Keriel, que así sea.

Attaegina estaba sumida en una vorágine de contradicciones y sentimientos enfrentados. ¿Por qué era todo tan difícil? Ella solo quería estar con Halcón…

─Anda, ven. Necesito tocar tu entrecejo ─le pidió Ibis.

Atti se acercó, cabizbaja, y se arrodilló frente a ella con la capucha y el cabello retirados.

Cuando Ibis vio la quemadura que Pantera le había dejado en esa parte del rostro, enarcó una ceja e hizo un gesto disconforme─.

Ah, amiga… Por esto nuestros oráculos no eran capaces de encontrarte. ¿A que te lo hizo Amneris?

Attaegina asintió acordándose de las magníficas habilidades de Pantera, que bien habría podido superar en conocimiento a muchas de las mejores sacerdotisas de Teff.

─En fin, espero que eso no dificulte la conexión ─murmuró Ibis.

Y, acto seguido, posó los dedos de su mano izquierda sobre su propio entrecejo.

Su respiración se tornó más profunda y pausada y cerró los ojos.

Así permaneció algunos minutos hasta que le preguntó─: Attaegina, dime, ¿qué es lo que quieres ver?

Las respuestas eran muchas, pero Attaegina intentó centrarse y actuar con frialdad. Por eso, en primer lugar preguntó por Creta, por Lorick y por Nilo.

─Necesito saber si andan por aquí y cómo se encuentran.

En ese momento, Ibis colocó su dedo corazón sobre el tercer ojo de Atti y, al instante, aquella notó que un escalofrío la sacudía de arriba abajo.

─Veo a tu hermana y a Lorick a salvo ─comenzó Ibis─. No están heridos, pero parece ser que los han convertido en esclavos.

Attaegina cerró los ojos. Esa noticia era un golpe.

¿Esclavos? ¿De quién? De pronto los visualizó vestidos como gladiadores librando una batalla en algún circo de Arbel, arremetiendo contra sus rivales con sus armas de plata.

¡Al menos las conservaban! Y saliendo victoriosos mientras el público les aplaudía con vehemencia.

─¡Tengo que sacarlos del circo! ─dijo─. ¿Nilo no está con ellos?

Ibis, sin abrir los párpados, le hizo saber que debía esperar. Suspiró con fuerza y volvió a respirar hondo.

─Nilo, el hermano de Amneris, ¿verdad? ─preguntó.

─Así es.

La suma sacerdotisa hizo un gesto confuso. Attaegina se temió algo malo…

─¿Qué le pasa? ¿Está bien?

Ibis tardó aún un poco más en darle una respuesta. Luego, al fin deliberó:

─No veo a Nilo por ningún lugar. No sé, no lo encuentro. Es como si no hubiera llegado nunca al Tártaro. ¿De verdad que atravesó el portal como los demás?

─¡Sí, claro que sí! ¡Delante de mis ojos! ─Entonces, dudó─. Juraría que sí.

La suma sacerdotisa la miró con aire nefasto. Y antes de que dijera nada, una lágrima resbaló por la mejilla herida de Attaegina.

─Querida, algunas personas mueren al intentar cruzar un portal.

─No, no puede ser… ¿Nilo, muerto? Eso es imposible. Él…

─Attaegina, no lo encuentro por ninguna parte. Ni siquiera percibo su halo. Creo que el chico no resistió el viaje. Después de todo, era el más joven. Su cuerpo aún era inmaduro.

Atti empezó a llorar en silencio por Nilo.

Una vez más, el Cosmos los golpeaba sin piedad, esta vez cobrándose la vida del más joven de todos.

Y ni siquiera se habían podido despedir de él…

Siempre los ayudaba tanto en todo y era tan astuto y alegre que, sin duda, dejaría un vacío imposible de llenar.

Attaegina se sintió tan culpable… Sentía que había decepcionado a Pantera, quien había dado la vida por su hermano esperando que él llegara mucho más lejos que ella.

Y también lo sentía por Creta, pues sabía que entre ambos existía un vínculo muy especial.

Seguramente era gracias a Nilo que Lorick se había decidido a luchar por el amor de Creta, porque Nilo siempre decía todas las cosas que a los demás les molestaban pero que los hacían reaccionar.

Siempre tan descarado, dispuesto a todo, tan valiente...

─Ahora, muéstrame a Halcón, por favor ─le pidió en último lugar con la voz entrecortada. La suma sacerdotisa no se molestó en rectificar Halcón por Keriel. Así que se llevó los dedos al tercer ojo pero, antes de que Attaegina pudiera ver lo que ella veía, interrumpió la visión.

─¿Qué? ¿Qué le pasa a Halcón? ─preguntó Atti angustiada─. ¿Está en peligro?

Ibis, todavía sin salir de su asombro, no supo qué responderle.

─Él está bien… ─respondió con poca convicción.

─¿Entonces? ¿Qué está pasando? ¿Por qué no me dejas verlo?

─Attaegina, creo que no debería…

─¡Déjame verlo, por favor! ¡Por favor!

Ibis habría preferido evitarlo. Pero, tarde o temprano, Atti se enteraría.

Así que, muy a su pesar, colocando el dedo corazón nuevamente sobre el entrecejo de Attaegina, le transmitió aquella dolorosa visión: la de Keriel besando a Libia apasionadamente, tomándola en sus brazos, comenzando a desnudarla mientras la colmaba de palabras hermosas, de promesas de amor, de caricias…

Attaegina, apartándose bruscamente de ella, con la respiración agitada y el corazón a punto de romperse, se partió en pedazos. Y sintió un dolor tan grande, tan insoportable, que dando la espalda a Ibis echó a volar.

─¿A dónde vas, incauta? ¡Te van a ver!

─¡Quiero estar sola un momento!

─¡Attaegina, vuelve!

Pero Atti se alejó sobrevolando los cielos. Se había hecho de noche. Sería difícil de ver. A menos que la luna se reflejara sobre sus plumas blancas.