CAPÍTULO 78
Libia, como tantas otras veces había hecho cuando aún vivían en el palacio de Teff, se dirigió a la cámara privada de Keriel al día siguiente, cuando ya casi anochecía. Era la cámara del rey. El rey de Arbel y, ahora ya por fin, de todos los diablos.
La última vez que lo había visto, mientras destronaba al rey Azufre a golpe de violencia, era una criatura abominable.
Una parte de ella esperaba ver, cuando abriera esa puerta, al Keriel de siempre, al que ella amaba.
Por suerte, y para su fortuna, así fue: en medio de la cama del monarca, entre sábanas que él mismo había raído y revuelto con su cuerpo de bestia, Keriel volvía a ser del tamaño de un hombre.
Para Libia, sus alas y sus astas hacía tiempo que habían dejado de desagradarle.
Mientras dormía, el rostro de Keriel seguía siendo armónico.
Se quedó observándolo un rato, tumbada junto a él y, sin poder resistirse, le acarició la mejilla, la frente, los labios.
¿Cuánto tiempo más podría verlo en ese estado?
¿Cuánto tardaría en convertirse en bestia para siempre?
La habitación estaba prácticamente sumida en la oscuridad.
Las cortinas echadas sobre las ventanas ahogaban cualquier intento de la cetrina luz del exterior por filtrarse ahí dentro.
La suma sacerdotisa lo primero que hizo fue prender las ascuas de un quemador y verter granos de mirra sobre ellas.
Una ligera brizna de humo blanco se levantó hacia los altos techos.
El perfume amaderado de la resina, a medida que se extendía por el ambiente, parecía pintarlo todo con colores más cálidos.
Entonces la respiración de Keriel cambió de repente y entreabrió los ojos.
Al descubrir a Libia tan cerca sonrió. Era la sonrisa brillante que a ella le gustaba, que le aseguraba que no se hallaba ante ninguna bestia, sino ante un ser que, no sabía por qué, desprendía una luz que nunca había encontrado en nadie. En ningún hombre.
─Mi dulce sacerdotisa ─murmuró él─, siempre a mi lado. Siempre cuidándome. Qué suerte tengo.
Trató de incorporarse cuando una sacudida de dolor se lo impidió. Tenía el torso y los brazos cubiertos de marcas de zarpazos y dentelladas. La peor estaba muy cerca del cuello. Y no podía abrir del todo una de sus alas.
─Déjame examinarte, Keriel ─le dijo Libia en seguida tratando de mantener la cabeza fría─. Fue un combate muy duro. Azufre te ha dejado muchas marcas.
─Puede… Pero yo lo vencí a él. Ahora, yo soy el rey.
A Libia le intimidó esa última palabra. En los labios de Keriel, parecía transformarse en amenaza. Era el rey, sí. El Rey de los Diablos. El rey que todo lo podía. Y ella… ¿qué era ella para él?
─Túmbate boca abajo, Keriel. Te pondré ungüento de consuelda en el ala. Azufre te ha roto algunos huesos.
El nuevo monarca la obedeció como un cachorrillo y, sin oponer ninguna resistencia, se entregó a sus cuidados.
─Tus manos en sí mismas ya son un bálsamo ─le decía mientras ella le masajeaba las zonas más doloridas─. Si tú no estuvieras aquí, es posible que no lo hubiera conseguido. Te estoy agradecido. Siempre te lo estaré. Tengo tanta suerte… Pero, por otro lado, me siento egoísta contigo.
Libia se detuvo para mirarlo a los ojos. ¿Qué pretendía decirle Keriel? Ruborizada, siguió atendiendo sus tareas, centrada en las heridas infectadas y en los músculos desgarrados. Entonces Keriel se puso serio. Casi triste.
─Libia, me has acompañado hasta este lugar que, sé de sobra, para ti es lóbrego y horrible. El Tártaro, con sus cielos turbios, con sus huestes de diablos y esa comida muerta, te matará de melancolía si te quedas aquí.
Libia estaba de acuerdo. El Tártaro ya estaba acabando con ella, y como había vendido su alma y ya no podía morir, posiblemente terminaría convirtiéndose en una sombra, en un fantasma invisible, solitario, que vagaría por los rincones de aquel infierno mientras Keriel, el Keriel al que amaba, era engullido por la bestia que Nabor quería colocar en el trono. Pero, ¿qué ganaba con todo eso Nabor?
─Prometí que me quedaría a tu lado, Keriel.
Keriel le cogió la mano. A pesar de sus garras, el tacto de sus dedos seguía siendo amable, y su piel desprendía calor en contraste con la de Libia, cada vez más fría y aterida.
─Te prometo una cosa ─le dijo él. Y se incorporó a pesar de los dolores para arrodillarse frente a ella─. Muy pronto daré caza a Altair. Y cuando lo haga, cuando el Tártaro sea libre, te daré todo cuanto desees. Tú y yo nos iremos de aquí y volveremos a Teff. Y nos casaremos allí y…
─¿Cuándo pensabas decirme lo de la boda? ─lo interrumpió Libia. Keriel se quedó contrariado. Ella continuó─: Me enteré ayer, a la vez que Azufre, de que soy tu prometida. ¿Es de verdad o era solo una treta más de Nabor?
La mirada de Keriel se perdió. Era como si buscase algún recuerdo válido que le sirviera de respuesta. No sabía dónde buscar. No sabía ni dónde lo había perdido ni por qué…
─Libia… Espera, ¿por qué dices eso?
─¿El qué?
─¿Cómo que te enteraste ayer? Libia, yo te lo pedí hace mucho tiempo. ¿Es que no te acuerdas?
Keriel parecía dolido. Por un momento, hasta vulnerable.
─Keriel, tú nunca me…
─¿Cómo has podido olvidarte, Libia? Si fue la noche más dulce de nuestras vidas.
─Keriel, yo…
Libia sintió un latigazo de celos porque sabía perfectamente que Keriel no se equivocaba de recuerdo, sino de mujer.
Sabía que en la embotada mente del Rey de los Diablos bailaban retazos de verdad con delirios que ella misma con sus bebedizos le había provocado.
Y sabía que esa pasión tan inmensa que él sentía, ese amor incondicional capaz de hacer que él la protegiera con su propia vida, no era por ella.
─Libia, escúchame: el día que te pedí que te casaras conmigo era de noche. Estábamos en el desierto, a solas. Tú y yo…
Ella comprendió. Keriel hablaba de una vivencia real. Ella era solo una impostora ocupando provisionalmente el lugar de Attaegina. Pero, por otro lado, lo amaba tanto y él era tan leal y desprendía tanta luz que no estaba segura de que se pudiera resistir.
Se acercó y la acarició con sutileza. Primero el cabello, luego la cara. La besó en la frente y la miró con esos ojos de oro, intensos como la miel, vertiéndose sobre ella muy despacio, con la cadencia del viento del Sur…
─Yo había lavado tus pies, uno a uno ─le susurró al oído─, mis manos ardían solo de tocarlos. Parecían dos joyas que solo yo tuviera la suerte de poder besar. La fragancia del azahar, de la rosa emperatriz, aceleraban tus latidos, yo podía notarlo. Como ahora lo noto.
Keriel tumbó a Libia sobre la cama, muy lentamente, con la suavidad de la cera fundiéndose al calor.
─Una brasa había prendido en el interior de tu vientre ─continuó sin dejar de acariciarla─, se destilaba por toda tu sangre, que ardía como el aceite de la lámpara que fue testigo de cuánto te amé. ¿Todavía no te acuerdas?
Libia sentía que, de un momento a otro, iba a perder el control por completo para dejar aflorar sus instintos sin importarle ya si Attaegina ocupaba o no la memoria de Keriel, pues en ese momento era suyo, solamente suyo.
No había nadie más allí dentro. Él, ella y la cama del rey.
Keriel la besó en los labios, fue un beso largo y envolvente, prolongado.
─Tú estabas preciosa. Tus ojos brillaban con una luz inquietante, pero no tenías miedo. Y entonces te desnudaste y me dijiste que podía entrar…
La mano de Keriel se deslizó más abajo, por encima de sus pechos jóvenes y tiernos. Mientras la besaba en el cuello arrancándole algún leve gemido, ella notó lel vigor de su cuerpo masculino y sus piernas dejaron de responder para hacerle un hueco entre ellas.
Libia admitía que era una farsante. Una cobarde.
No se atrevía a decirle la verdad. No era capaz de detener aquel momento.
Estaba dispuesta a aprovecharse de la historia de amor de Halcón y de Attaegina para que Keriel la amara aunque fuera una vez.
Y es que, cuando él se convirtiera en bestia para siempre, ¿qué más le quedaría en la vida?