CAPÍTULO 77
La ciudad de Arbel no se veía más grande que un garbanzo desde donde Attaegina se encontraba. Las llanuras yermas de las afueras se hacían interminables mientras Ibis y ella las cruzaban alejadas de los caminos principales, evitando encuentros con otros viandantes para no levantar sospechas.
Fue a medio día cuando llegaron a la orilla del Río de los Muertos. Bancos de bruma turbia se levantaban desde sus aguas, humedeciendo el aire con un halo caliente y pegajoso. El suelo era cieno pardo y olía a estancado, y los pies se hundían con facilidad en él entre lombrices y sanguijuelas.
─¿Por dónde seguimos ahora? ─preguntó Atti─. El sendero se corta en este punto. Y volar de día es muy arriesgado.
Ibis se rio.
─¿Podrías volar conmigo?
─No vas a creerme, pero siento una fuerza como jamás.
─Ya... Cosa de ángeles. Mejor así. Créeme que vas a necesitarla.
De pronto, una figura alta y cadavérica rasgó las nieblas remando lentamente. Attaegina se cubrió el rostro con su capucha y dio un paso atrás cuando Ibis la retuvo.
─No debes temer a Aquerón. Es el único ser de este mundo que nunca te delataría, aunque sepa perfectamente quién eres. Su cometido es remar a donde se le mande. A cambio, acepta oro rojo. Y no puede hablar.
El barquero, enjuto y rígido, detuvo su esquife ante ellas.
Al ver su cara de calavera, demacrada por siglos de servicio interminable, Attaegina contuvo la respiración.
Entonces Ibis se sacó un doblón del bolsillo.
Había acopiado una buena cantidad del botín privado del Gran Laurel, monedas que la piel de Atti, por supuesto, no podía ni rozar.
Aquerón abrió las mandíbulas al máximo e Ibis depositó el doblón adentro.
─Sube, Attaegina ─le indicó─, tú primera. Llegaremos a las afueras de Arbel casi al anochecer. Una vez allí, seguiremos a pie por la ciudad.
Aquerón inició el triste trayecto remando con parsimonia.
Las falanges de sus dedos esqueléticos se acoplaban alrededor del remo con una dedicación casi poética, y Attaegina, observándolo ensimismada, se preguntó qué clase de criatura había sido aquel barquero antes del Tártaro y qué crimen le había reportado un castigo semejante, eterno como su silencio.
─¿Sabes? Es un poco raro lo que siento, pero recuerdo estos lugares ─le contó a Ibis─. Lo que pasa es que se confunden en mi memoria, donde todavía son parajes hermosos, llenos de vida… Qué extraño. Es como si todo se muriese lentamente.
─Supongo que tu cosnciencia humana se está mezclando con tu cosnciencia angélica.
─Sí, algo así es lo que noto. Y a la vez, me siento perdida. Reconozco las aguas de este río, pero las recuerdo cristalinas y frescas. Y también creo recordar que había una laguna. Una laguna donde los ángeles nos reuníamos cada noche. Donde Keriel y yo...
Un fogonazo iluminó sus memorias más profundas y de repente se vio a sí misma en la forma de Altair abrazada a Keriel.
El resplandor de la luna llena se reflejaba en sus dos pares de alas de pluma blanca y juntos irradiaban tanta luz como cualquier estrella del firmamento.
Las aguas eran cada noche el testigo de sus promesas de amor eterno, de sus pasiones más candentes.
Los ojos de Keriel se llenaban de brillo con su silueta desnuda proyectándose en ellos, y su sonrisa era tan cálida como...
Tan cálida como... «Como la sonrisa de Halcón».
Attaegina volvió al momento presente con la doliente sensación de que el propio pasado la escupía, y al comprobar que las aguas del Río de los Muertos continuaban siendo cenagosas y turbias, recuperó el sentimiento de desesperación que la acompañaba desde que había aterrizado en el Tártaro.
Pronto salieron a un tramo más despejado y el cauce del río se ensanchó.
Atravesaron un valle inhóspito de roca volcánica donde no crecían más que líquenes de aspecto mortecino, hediondos como los barros de la orilla.
Los peñascos, amontonados entre sí, formaban cavernas profundas, y de la mayor parte de ellos surgían columnas de humo que solo contribuían a ennegrecer aún más los cielos, de por sí tiznados de lobreguez.
Attaegina tuvo una sensación desagradable al verlo, pero no recordaba exactamente por qué.
─Son las fraguas ─le explicó Ibis─. En ellas se funde el oro rojo que se extrae de las minas más profundas.
Attaegina recompuso el recuerdo de Keriel forjando las primeras piezas de ese metal para impresionar a los ángeles que, enfermos por poseerlo, le vendieron su corazón.
─¿Cómo pudo Halcón hacer algo así? ─se preguntó.
─No, no fue Halcón. Attaegina, Halcón no es Keriel, aunque ahora mismo ocupen el mismo cuerpo.
No permitas que tus sentimientos te confundan o lo complicarás todo.
Keriel es tu enemigo aquí y ahora. Keriel provocó la caída de los ángeles.
Por su culpa esto es el Tártaro: abominable, infernal, maligno por donde lo mires.
Una tierra de diablos que, para bien de Nueva Pangea, debe de ser destruida antes de que sus habitantes campen a sus anchas devastando los pueblos humanos. Y tú tienes que impedirlo.
─Pero, ¿y qué pasa con Halcón?
Ibis resopló con impaciencia. Luego, la compadeció. Era un cometido muy difícil. Demasiado para una joven enamorada pues, ángel o no, Attaegina amaba a Halcón. Estaba dispuesta a morir por él.
─Attaegina, no estoy segura del destino que espera a Halcón ni si él todavía vive en Keriel o si es al contrario. Pero debes detener a Keriel a toda costa... o condenarás al mundo. ¿Eso lo tienes claro? Porque, si no es así, debes replantearte qué has venido a hacer aquí.
Attaegina no le respondió. Agazapada sobre sí misma, con aquella capa vieja y raída que ocultaba su figura casi por completo, sintió ganas de desaparecer.
De que llegara alguien en su lugar para asumir su responsabilidad.
¿Por qué tenía que ser ella? ¿Por qué Halcón?
¿Por qué de ellos dos dependía el destino entero de Nueva Pangea?
─¡Cielo y Tierra! ¿Qué es esa abominación?
─se sorprendió Ibis levantándose a mirar cuando pasaron frente al Monte de las Penas.
Attaegina también recordaba aquel lugar inhóspito en donde se castigaba a quienes desobedecían al Rey de los Diablos.
No merecía la pena mirar allí, pero la agitación de Ibis le hizo comprender que había sucedido algo histórico: en lo alto del todo, en el pico más visible del Tártaro, los restos frescos de una bestia eran devorados por bandadas de buitres.
Brazos, piernas, alas, vísceras... Todos separados unos de otros pero pertenecientes a la misma criatura.
Y en el centro la cabeza, adornada con su valiosa corona de oro rojo, para que la burla y el escarnio se percibieran aún con más notoriedad.
─¿Quién es, Ibis?
La suma sacerdotisa no daba crédito. Pero, ¿qué diablos había sucedido en una sola noche?
─Es el rey Azufre...
─¿Qué? Pero, ¿quién le ha hecho eso?
Ibis la miró con condescendencia. No se molestó en responder.
─¿Habrá sido Halcón? Quiero decir, ¿Keriel?
Attaegina no podía separar los ojos de esa atrocidad. No era capaz de imaginarse a Halcón cometiendo semejante horror. ¡No, Halcón no! Había sido Keriel. Pero, ¿en qué clase de diablo se había convertido?
─Es obvio que se disputaron el trono anoche ─concluyó Ibis─, y también que Keriel ganó.
Exponiendo así el cadáver descuartizado de Azufre acaba de granjearse el respeto y el temor de sus súbditos para siempre.
No habrá nadie en el Tártaro que ose desafiarlo o usurparle el trono. Por tanto, ya es el Rey de los Diablos.
Attaegina no supo cómo encajarlo. Se sintió estúpida.
En el fondo sabía que eso iba a suceder tarde o temprano, pero una parte de ella se negaba a aceptarlo.
Se negaba a aceptar que Halcón ya no era Halcón...
Y sin poder aguantarlo más, hundió el rostro en sus manos y ahogó un sollozo.
A Ibis le despertó una inmensa compasión.
Jamás durante toda la estancia de Attaegina en el Templo del Laurel había sentido por ella ni una pizca de simpatía.
Pero ahora todo había cambiado. La veía tan joven, tan enamorada, con un peso tan grande sobre las espaldas, que no pudo evitar sostener una de sus manos y, en voz baja, le propuso:
─Desde que me liberaste del Gran Laurel, he recuperado mis poderes de adivina. Si sientes que lo necesitas, en cuanto pisemos tierra y encontremos un lugar tranquilo puedo ayudarte a ver a Keriel.
Attaegina alzó la cabeza, se enjugó las lágrimas con la manga y, casi sin voz, susurró:
─Gracias, muchas gracias.