El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 76
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CAPÍTULO 76

─ Lorick ama a ese caballo ─ dijo Prímula con mucho pesar contemplando al hermoso ejemplar bériko. Era muy parecido a Eclipse. Se le hizo un nudo en la garganta y no fue capaz de continuar. A su lado, Aleff intentó consolarla apoyándole en el hombro una de sus manazas de labrador.

─ Prímula, no es necesario. En mi granero todavía queda algo hasta que termine el invierno.

─ ¡No hay para todos, Aleff! Y no tenemos ganado… De un caballo puede obtenerse mucha carne.

─ Puede que nos estemos precipitando. Oh, Cielo y Tierra… Creta me odiará cuando se entere de que he matado a un caballo de Lorick.

─ No tienes por qué hacerlo tú.

Aleff se quedó sin respuesta. Y es que Prímula era una mujer fuerte y robusta aleccionada en todas las labores de una granja. Podría sacrificar un caballo. Sabía como.

─ Ahora en serio, Prímula. ¿De verdad lo necesitamos? Ha muerto tanta gente en Caliza que el hambre quizás deje de suponer un problema. Todavía tenemos trigo y bellotas.

─No quieres que mate al caballo, ¿verdad?

Prímula acababa de tocarle en un lugar de sus sentimientos donde dolía mucho. Y Aleff, finalmente, negó con la cabeza.

─Bien, solo tenías que decirlo. Pero siempre te pasa lo mismo, que nunca dices las cosas.

Aleff no se esperaba aquella revelación, aunque tenía que reconocer que Prímula lo conocía mejor de lo que esperaba.

Y era cierto: nunca hablaba de más, jamás reconocía lo que sentía ni expresaba lo que necesitaba.

Y de pronto comprendió que la necesitaba a ella. La llevaba necesitando mucho tiempo.

─Tienes la apariencia de un oso salvaje, pero eres un hombre sensible. Por eso prefieres estar solo, para que nadie se dé cuenta. ¿Es verdad lo que digo?

Él, sin abrir la boca, asintió, mirando hacia otro lado. Prímula le sonrió.

─Siempre lo supe. Y siempre me gustó eso de ti. Pero parece que nos hemos tenido que ver entre la vida y la muerte para que al fin podamos contarnos estas cosas.

Aleff se puso nervioso. Hablar de sentimientos o, peor aún, admitir los suyos delante de alguien era algo que siempre le había superado. Aunque con Prímula no parecía necesario. Ella ya sabía.

─No he derramado ninguna lágrima por la muerte de Oberón. Bastante ya me hizo llorar en vida. Si algún día cierras el duelo por tu difunta esposa, la primavera llegará otra vez. Y yo te estaré esperando.

Eran palabras que nunca se habían dicho.

Que tal vez no se habrían dicho jamás de no ser porque Caliza estaba a punto de sucumbir a la destrucción.

Ninguno de los dos sabía si sobrevivirían a ese invierno, si los soldados del Patriarca se retirarían o si terminarían todos muriendo de peste antes de la primavera.

No eran momentos para esperar más. Eran tiempos para tomar decisiones.

Aleff, haciendo acopio de todo su valor, abrió la boca para responderle algo, pero en ese instante vio a Tauh pasar corriendo a lo lejos, en dirección al bosque, y salió a llamarlo.

─¡Tauh! ─bramó─. ¡Ven aquí ahora mismo, Tauh Mentastro!

El chico, preparado para defenderse de cualquier acusación de su padre, se dirigió hasta allí muy tenso. Cuando Aleff vio el carcaj lleno de flechas y el arco en sus manos, se enfadó todavía más:

─¡¿A dónde te crees que vas, insensato?!

─Solo íbamos a tirar un rato.

─Esta mañana os han visto, a Arteo y a ti, volviendo del bosque.

─Eso es mentira.

─Pero, ¿te crees que soy idiota, hijo? ¡Que no se puede salir, Tauh! ¿Es que quieres que os maten?

─¡Bueno, vale! ¡Sí, hemos ido al bosque! ─reventó el chico arrojando el carcaj al suelo con todas sus fuerzas─. ¡Galatis se está muriendo! ¡Necesita agua limpia del arroyo!

Las lágrimas de rabia resbalaban por su rostro mientras se ponía rojo de ira, sacudiendo golpes con el puño contra las tablas de la caballeriza. Prímula los observaba en silencio con el corazón en un puño, conmovida.

─¿Así que es eso…? ─le preguntó Aleff arrepentido por sus acusaciones─. ¿Tú estás trayendo agua limpia para tu hermana?

Tauh asintió apretando los dientes y Aleff suspiró. Se sentía despreciable.

─Tú intentando salvar a tu hermana y yo reprendiéndote… ¿Qué clase de padre soy?

Prímula sostuvo la tensión con su silencio y su presencia femenina.

Tauh era solo un adolescente haciendo lo que podía.

Había desobedecido las normas y había puesto su vida en peligro, sí, pero el fin era tan noble que no se le podía reprochar.

Y Aleff, sobrepasado por todas sus cargas, por todos los problemas que no era capaz de resolver y la culpa que ello le generaba, se despreciaba a sí mismo y su reacción, como de costumbre, era abandonar.

Por eso había abandonado a sus hijos por el trabajo en los campos dejándolos en manos de Attaegina cuando ella apenas tenía doce años.

Ahora no tenía ni a Atti ni a Creta. No sabía siquiera si volvería a verlas vivas.

Y la pequeña Galatis se le moría mientras sus otros hijos se desvivían por aferrarla a la vida.

Prímula sabía todas estas cosas, y aunque Aleff jamás pedía ayuda, en esta ocasión se tomó la licencia de intervenir.

─¿Los tenéis localizados, Tauh? A los soldados. ─Tauh se sorbió la nariz y asintió─. Bien, pues es hora de salir ahí y terminar de una maldita vez con esto.

─¡Prímula! ¿Te has vuelto loca? ─se escandalizó Aleff.

─¡No! Estoy muy segura de lo que pienso.

Tenemos las mismas probabilidades de morir haciéndoles frente que quedándonos aquí dentro, tras el velo de los ángeles, sí, pero sin agua salubre, sin apenas comida, casi sin leña y con enfermos cayendo uno tras otro.

¿Qué nos queda, Aleff? ¿Quieres esperar pacíficamente a ver cómo se mueren tus hijos?

Aleff no quería. Tauh, por su parte, escuchaba con interés. Estaba dispuesto a todo.

─Oberón guardó plata. Mucha ─explicó la viuda─.

Sabía que a los ancianos nos les gustaba que hubiese oro en la aldea, así que solía cambiarlo por su equivalente en plata.

La fundiremos y bañaremos nuestras armas: flechas, dardos, espadas, navajas, lo que sea.

Solo con plata podemos ganarlos. Además, no es necesario haber visto mucho mundo para darse cuenta de que esos soldados que nos ha enviado el Patriarca no son los más avispados de su ejército.

Tauh, ¿tú podrías ayudar a dirigir la emboscada?

─¿Una emboscada? ─se sorprendió el chico mientras se le ponía una sonrisa de oreja a oreja─. ¡Sí! ¡Claro que sí!

─Entonces, reúne a todos los que puedan y quieran luchar en la plaza del postigo, junto al abrevadero.

Tauh, tras recibir el permiso silencioso de su padre, corrió a hacer lo que Prímula le decía.

─Y tú, Aleff, ayúdame a encender la fragua. Nos llevará horas fundir esa plata. Si Caliza ha de caer, que sea dándolo todo. Al menos nos recordarán por nuestra testarudez.