CAPÍTULO 75
La pugna entre Keriel y Azufre se recordaría como la más sangrienta de la historia del Tártaro.
Desde que se enzarzaron en el salón, recorrieron todo el palacio a base de zarpazo, golpe y mordisco, destruyendo el mobiliario, echando abajo columnas labradas en mármol y reventando el umbral de cada puerta por la que pasaban.
Los esclavos escapaban despavoridos cuando los veían llegar y los hombres de armas, no menos atemorizados, permanecían cruzados de brazos sin ayudar al que hasta ahora había sido su rey, y por supuesto, rezando para que fuera Keriel quien saliera victorioso pues, de lo contrario, serían castigados por traición.
Keriel, en su forma de bestia, no atendía a razón alguna. Se había convertido en un monstruo invencible cuyo único objetivo era destruir a Azufre, y dotado de una fuerza descomunal ni siquiera se detenía a pensar en si sangraba o sentía dolor. No, no había dolor para él en un momento semejante.
Cuando Keriel logró sacar a Azufre de palacio, lo arrojó al suelo de la plaza de Arbel.
Los habitantes de la ciudad imperial se agolpaban alrededor con una mezcla de asombro y miedo mientras asistían a esa lucha de titanes que hacía temblar el suelo.
Hasta que, finalmente, Keriel acorraló a Azufre, que jadeaba y sangraba, y por última vez le preguntó:
─¿Dónde está la corona?
Azufre negó con la cabeza mirándolo con todo el odio con que se puede mirar a alguien. Casi no le quedaba aliento.
─No lo sé… Yo no fui…
Y Keriel, con una sonrisa que volvía aún más grotesca su cara de monstruo, acabó con él delante de todos sus súbditos.
Azufre murió en el suelo de la plaza. Nadie se atrevía a decir nada.
Para la mayoría de los diablos del Tártaro era, como había sido también para su rey, un evento completamente inesperado.
Entonces Nabor, que lo había visto todo muy de cerca, comenzó a aplaudir, y su aplauso se contagió a las masas, que bien por temor o por un verdadero sentimiento de júbilo, según qué relación tuviera cada uno con el anterior monarca, celebraron la victoria de Keriel hasta que no quedó un solo rincón de Arbel que no se diera por enterado: Keriel, el Ángel de la Codicia, el primero que renegó, el que enseñó a los diablos todo cuanto sabían, regresaba al trono tras varios siglos sin dar señales de vida.
Ahora convertido en el Rey de los Diablos.
─¡Escuchadme todos! ─exclamó─. ¡Desde hoy seré el único rey del Tártaro! ¡Nada ni nadie podrá arrebatarme el trono jamás! ¡Sed agradecidos y leales y viviréis felices bajo mi mandato!
La muchedumbre transmitía su euforia con aplausos y ovaciones, coreando el nombre del nuevo monarca, que continuó su discurso fundacional:
─¡Sé que lleváis condenados aquí desde hace mucho tiempo! ¡Pero dentro de muy poco podréis ir a Nueva Pangea y poblar la tierra entera! ¡Sin límites! ¡Sin prohibiciones! ¡También es vuestra! ¡Yo os doy ese derecho!
Desde un ventanal, Libia asistía a su declaración con la piel de gallina.
¿Se convertiría Nueva Pangea en el país de los diablos, es decir, en otro infierno?
Eso no era Keriel. Eso era un monstruo sin propósito alguno.
Y a su lado, Nabor se henchía de gusto. Pero, ¿qué sacaba el Patriarca de todo aquello? Eso aún la mantenía intrigada.
─¡Desde hoy declaro tres días de fiesta en mi honor! ─prosiguió Keriel─. ¡Habrá vino y pan para todos! ¡Y en la próxima luna llena se celebrarán juegos en el Circo Máximo!
Con la promesa de vino, pan y circo había logrado por completo afianzar su puesto en la opinión del populacho. ¿Le habría ordenado Nabor que dijera todo aquello? ¿O aquel era ya el auténtico Keriel del pasado, completamente recuperado de sus recuerdos y su memoria? Libia lo lamentó.
─¡Pero necesito que mi pueblo haga dos cosas por mí!
─continuó─. ¡La primera, que mi corona de oro rojo me sea devuelta!
¡Alguien me la robó hace siglos! ¡Quien la encuentre y me la entregue, será recompensado con un cargo de honor en mi corte!
¡Igualmente, será recompensado quien encuentre al ladrón!
¡Y a esa sanguijuela, quien quiera que sea, la torturaré hasta la muerte para que todos lo veáis!
Los diablos aplaudían, daban saltos, gritaban y lo celebraban. Baños de sangre, espectáculos de dolor, ¿cuánto tiempo había pasado el rey Azufre sin darles todo eso?
─¿Y qué es lo otro? ─preguntó alguna voz curiosa.
─¡Sí! ¿Qué más? ¿Qué más quieres que hagamos, majestad?
La mirada de Keriel abandonó por un instante la sonrisa magnánima. Una chispa de rencor se prendió en sus ojos incandescentes de bestia y resopló para contener su ira. Y entonces explicó su última condición:
─¡El Primer Ángel campa a sus anchas por nuestro mundo!
¡Cree que puede burlarse de mi pueblo y de mí!
─Su rabia inundó los oídos de todos los asistentes, que empezaron a maldecir a la chica ángel y a contarse los unos a los otros cómo podrían darle caza y de qué modo les encantaría verla sufrir─.
¡Quien encuentre a Altair y me la entregue viva y sana, también será recompensado!
Libia no quiso ver ni oír más. Keriel en ese estado le producía auténtico asco, no solo su aspecto, sino toda su vileza.
No sabía si sería capaz de mirarlo como antes cuando, tras descansar toda la noche, él recuperase su forma medio humana y volviera a mirarla con sus penetrantes ojos del desierto o le hablara con su cálida voz…
Sin embargo, cuando Keriel se quedara convertido para siempre en ese monstruo, ¿qué podría hacer ella atrapada en aquel mundo de cielos sucios, tierra yerma y comida muerta?
Quiso retirarse mirando una vez más, aunque con mucho dolor, a la bestia de Keriel.
El Patriarca continuaba detrás de él, rígido, callado, calculador.
Con su único ojo parecía vigilarlo todo, no se le escapaba ni un detalle.
Y de pronto comprendió con quién intercambiaba sus miradas: al otro lado de la plaza, la bella Istar permanecía posada en lo alto de un pilón, cruzada de brazos, aleteando con parsimonia de modo que hasta sus alas membranosas parecían embellecerse con la armonía y sensualidad de sus movimientos.
Supuso que había algo entre ellos dos. Sin duda, Istar había orquestado el golpe al rey Azufre desde dentro del propio palacio, y de alguna manera Nabor se había compinchado con ella.
Pero, ¿qué tramaban ahora? ¿Y qué ganaban colocando a Keriel en el trono?
Puede que, después de todo y a pesar de ser un monstruo en apariencia invencible, Keriel fuera a necesitar su ayuda.