CAPÍTULO 74
─Nabor, viejo amigo... ─dijo la ronca voz del rey Azufre─. Levántate, por favor. Esta sigue siendo tu casa. Eso no ha cambiado
Libia dedujo que no podían ponerse en pie hasta que el rey no lo autorizara. No se equivocó. Keriel continuó arrodillado a su lado, sin gesticular, hasta que Azufre se refirió a él.
─Y aquí está el Heredero... Keriel, futuro Patriarca de Teff, si no me equivoco. Y su dama. A ella no la conozco.
Azufre miró a Nabor esperando respuesta:
─Libia es la suma sacerdotisa de Teff, prometida de Keriel.
A Libia nadie le había informado de eso. ¿Prometida? ¿Lo sabía Keriel? El rey se dirigió nuevamente a ellos, satisfecho con la aclaración.
─Levantaos, por favor, sois mis invitados de honor.
Libia esperó a que Keriel lo hiciera en primer lugar y, segundos después, ella le siguió.
Le sudaban las manos de los nervios. ¿Y si el rey le preguntaba algo directamente?
¿Qué debería responder? La mirada penetrante de Azufre fija sobre ella no ayudaba nada a destensar la situación. Hasta que Nabor intervino con pericia:
─Libia guarda absoluto voto de silencio en estas semanas. También de ayuno. Será así hasta el día de la boda.
─¿No habla, no come y no bebe? ─bromeó Azufre─. ¿Y qué más tiene prohibido hacer? Espero que esos votos y todos los demás se levanten en la noche de bodas, ¿tú qué piensas Keriel?
Keriel permaneció serio, mirando al suelo, mientras el rey se carcajeaba y sus acompañantes le reían la gracia.
─Libia es una noble mujer ─dijo en su defensa, pero sin perder el aplomo─. Y si mi padre la ha escogido para mí, es que se trata de la mejor.
Azufre se ahorró su siguiente broma de mal gusto para convidarlos a un festín.
Él y todo su séquito los condujeron a un salón si cabe más ostentoso que la sala del trono, donde los esperaba una larga mesa.
Ni un hueco quedaba en la superficie. Los manjares rebosaban sobre bandejas de oro rojo y un vino negro y brillante llenaba todas las copas.
Entonces Azufre y Nabor, sentados uno frente a otro, ocuparon los extremos de la tabla.
Libia se sentó junto a Keriel en el centro sin dejar de dar vueltas en su cabeza.
Le acababan de anunciar su propia boda sin haberle preguntado siquiera si estaba de acuerdo.
¿O es que era todo una artimaña más de Nabor?
¿Lo sabía Keriel o sencillamente estaba interpretando su papel, improvisando al tiempo que su padre, el embaucador de su padre, continuaba enredándolo todo para su propio bien?
La comida desprendía un olor exuberante que compensaba su falta de sabor, pues en el Tártaro nada sabía más que a humo, a vacío y a desesperación.
Era un olor capaz de revolver las entrañas de un humano.
Y Libia, que apenas hacía horas que había dejado de serlo, todavía no lo podía soportar.
Posiblemente por eso, Keriel y Nabor se las habían ingeniado para que no probara bocado con la excusa de los votos.
─Mi salón echaba de menos tu compañía, Nabor ─comenzó el rey─. ¿O puedo llamarte Nabil, como en los viejos tiempos?
─Posiblemente hace siglos que nadie me ha llamado así.
─Pero a mí me trae buenos recuerdos. En cuanto a ti, Keriel, reconozco que no esperaba volver a verte.
─¿Significa que no contabas con verme más o que no tenías la esperanza de que fuera posible?
─respondió aquel. Su mirada siguió fija en el plato, pero Libia percibió un ligero tono desafiante en él.
Era como si algo en su interior estuviese cambiando.
¿Quizás era por estar allí, rodeado de más diablos?
Los esclavos y los hombres de armas esperaron con temor la reacción del monarca, que se limpió la boca con la manga.
─En realidad, un poco de ambas cosas ─dijo el rey─, porque tal y como te marchaste dejando a todos tus discípulos en la estacada… Aunque no te acuerdas, ¿verdad? Tengo entendido que te falla la memoria, amigo.
─No me falla, Luzbel.
Al escuchar el impronunciable pero auténtico nombre del rey, se produjo un silencio incómodo. Keriel continuó:
─Recuerdo que, al principio, tu música me sacaba de quicio. Pero no lo hacías mal.
El rey dio un puñetazo en la mesa que hizo saltar los platos y derramó todas las copas.
─Arrogante asqueroso, ¡no has cambiado en absoluto! ¡Te recuerdo que nos traicionaste, a mí y a los demás!
─¿He oído bien? ─le preguntó Keriel, ahora sí, mirándolo a la cara con descaro─, ¿o es que esa parte se me ha olvidado? Vamos, explícate: te escucho, majestad.
Azufre se levantó y, con una sola mano, derribó la mesa volcándola hacia un lado mientras todos los comensales se apartaban.
Libia estaba aterrada. Allí estaba a punto de darse una contienda entre diablos y Keriel de repente no parecía el de siempre.
En cuanto a Nabor, contemplaba la escena cruzado de brazos con gesto de suficiencia, como si estuviera muy seguro de lo que habían planeado.
─¡En el último momento nos abandonaste, Keriel! ¡Nos abandonaste y quedamos atrapados! ¡Por eso te mataron! ¡Te lo merecías, traidor!
─¿Me llamas traidor? ¿Qué pasa entonces con mi corona? Porque uno de vosotros la robó, estoy seguro. ¿No es eso traición?
─¿La Corona Roja? Estoy seguro de que la escondiste tú mismo mientras ibas borracho de fruta, y luego no te acordaste nunca más del sitio donde la metiste. Pero nos echaste la culpa a nosotros, que éramos tus fieles seguidores. ¡Nos convertiste a todos en monstruos!
Keriel avanzó hacia él. No parecía tener miedo. En ese momento, Libia sintió muy cerca el aliento del Patriarca.
─Pronúncialos ─le susurró. No quería obedecerle más, pero de ello dependía que Keriel pudiera hacer frente a aquella mala bestia a la que llamaban rey si es que la discusión no se detenía.
Así que, fingiendo que se refugiaba en un rincón, recitó en voz casi inaudible el decreto de los trece nombres.
Y por cada uno, como campanadas que contagiaban al aire con su vibración, Keriel se iba volviendo más grande, más fiero y más incontrolable.
Eso desmontó todos los planes del rey Azufre.
─¡Os convertisteis en diablos porque me envidiabais!
¡Todos! ─respondió Keriel cuando ya había adoptado el aspecto de bestia.
Esa voz atronadora en nada se parecía ya a la suya─.
¡Y me robasteis la corona! Sé que me has invitado a tu casa para acabar conmigo, Luzbel, porque este trono sabes bien que me pertenece a mí de manera legítima.
─¡Traidor! ─bramaba el rey─. ¿Después de todo este tiempo tienes agallas para venir ahora a reclamar el trono? ¡Eres escoria! ¡Vas a salir muerto de mi casa! ¡Tú, tu padre y tu maldita concubina!
En ese momento, Istar cogió a Libia de la mano y tiró muy fuerte de ella. Libia se sobresaltó.
─¡Vamos! ¡Sígueme! ─la instó con aspereza la hermosa mujer diablo. Y se la llevó corriendo, lejos del salón.
─¿A dónde me llevas?
─A un lugar seguro, ¿o quieres estar en medio de esas dos bestias cuando se maten entre sí?
Libia estaba muy nerviosa. Querría haberse quedado cerca de Keriel, aunque dudaba que eso hubiera servido más que para estorbar.
─Todavía hueles a sangre fresca ─observó Istar─. Un minuto más y Azufre te habría comido de un bocado. Y tienes suerte de que yo no lo vaya a hacer.
A Libia le aterró ese comentario. Istar la miró con perfidia. Su sonrisa dejaba entrever el acabado puntiagudo de sus largos colmillos. Era tan bella como terrorífica.
─Tranquila, que no muerdo. Y ahora, será mejor que esperes aquí.
Y abrió las puertas de la que parecía una cámara privada, si no la del rey, una para húespedes de alto rango.
─¿Y qué pasa con Keriel? ─preguntó. Istar hizo un gesto de impaciencia.
─No pasa nada ─le respondió con voz burlona─. Tu amado vendrá a visitarte en cuanto acabe con el rey y volverá a ser tan guapo como antes, tranquila. Además, puede que llegue cansado y dolorido. Sé una buena sacerdotisa y prepárale un masaje balsámico.
Istar la dejó allí dentro cerrando la puerta desde fuera con llave. Mientras tanto, en el salón, Azufre ordenaba a sus hombres de armas que arremetieran contra Keriel… pero ninguno se movió.
─Traidores… ─rumió el rey─. Estáis con ellos… Traidores todos… Eres un maldito diablo, Keriel.
─En realidad le debo todo esto a mi padre. Él lo ha organizado para que salga perfecto. Y la bella Istar nos ha echado una mano en las sombras.
─¡Traidores! ─bramó Azufre ahora dirigiéndose a sus soldados─. ¡Alimañas de la basura y de la podredumbre! ¿Por qué lo preferís a él, si nos vendió a todos? ¡Nos vendió a los ángeles!
─Es obvio que reconocen a su rey legítimo, el que lo empezó todo. De aquí a unos días aniquilaré para siempre al Primer Ángel. Y, además, les he prometido que podrán salir de este mundo en decadencia y vivir en Nueva Pangea.
─¡Ignorantes! ¿Es que habéis olvidado que no podemos vivir bajo el sol?
─Las cosas han cambiado, Luzbel. Empieza una era nueva en la que los diablos tomarán la tierra. Y yo seré el rey que los guíe.