El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

Los ojos oscuros de Libia habían adoptado el tinte lóbrego de quien sabe que, haga lo que haga, ya está sentenciado.

En silencio viajaba en el esquife de Aquerón a través de las aguas turbias del Tártaro.

A su lado, sentado, Keriel iba vestido con las galas propias de un rey, al estilo de Teff: torso desnudo, fajín dorado y ornamentos que solo los mejores orfebres eran capaces de labrar.

La capa señorial, en color azul índigo, cubría su espalda cayendo por en medio de sus alas membranosas, tan grandes que le llegaban casi hasta los pies.

En la proa, el Patriarca viajaba de pie mientras Aquerón remaba.

Era una manera de seguir demostrando que él tenía el control sobre cada cosa que sucedía.

Llevaba la cara al descubierto, al contrario que en Teff, quizás porque no era cortés ir a visitar a un rey con el rostro escondido.

Libia lo miraba de soslayo, tan rejuvenecido y bello a pesar de haberlo visto como un anciano decrépito hacía tan solo unas semanas, ni siquiera su pierna lisiada mermaba su vigor.

Ahora entendía el secreto de su eterna juventud. La noche anterior lo había visitado.

─No te muevas, querida ─le había dicho él en tono paternalista─, no va a dolerte nada.

Ella estaba arrodillada. El Patriarca tan solo se agachó un poco para apoyar la barbilla en su cabeza. Después, notó que se vaciaba de vida, que salía toda por su coronilla… y que él la sorbía, sin más, como quien sorbe un trago de vino dulce.

─Y ya está ─le dijo él al terminar─. La maldición ya no te matará.

─Entonces, ¿ya estoy muerta?

Nabor se levantó y Libia creyó percibirlo aún más joven, atractivo y fogoso. Él le sonrió mostrando con orgullo su dentadura de oro.

─Entre la vida y la muerte, hay otra vida.

No le había explicado nada más. Pero se sentía como una rosa arrancada al rosal que aún despide perfume en el proceso de comenzar a marchitarse. Y sabía que entre el culmen de su fragancia y el hedor de la podredumbre había un paso fugaz.

─Keriel, ¿recuerdas este lugar? ─le preguntó Nabor con los brazos en jarras, sacando pecho con altanería.

Keriel se limitó a negar con la cabeza. Su mirada seguía tan perdida como de costumbre.

Libia había aprendido con el paso de los días que, la mayor parte del tiempo, Keriel era como un cuerpo sin vida.

En su forma de bestia no discernía, solo arrasaba con aquello que quería su padre.

Y en la forma de Keriel, mitad hombre mitad diablo, permanecía callado, sin voluntad, como un corderillo.

«¿Será por el bebedizo?», se preguntaba a menudo sintiéndose cada vez más culpable.

Desde que se lo suministraba, Keriel no había vuelto a revelarse.

«Excepto ayer, cuando escuchó la palabra Caliza», recordó.

─¿Cuántas más veces voy a tener que pronunciar esos nombres malditos? ─preguntó Libia mirando a Nabor con resentimiento. Él no se dio por aludido.

─Hasta que Keriel devore el corazón de Altair. Entonces, Keriel se quedará en forma de bestia para siempre.

Eso Libia no se lo esperaba. ¿Cómo que en forma de bestia?

¿Para siempre? Entonces, ¿no podría volver a hablar con Keriel mirándolo a los ojos?

¿No podría volver a besarlo? Se sintió traicionada, usada.

¿Cómo no se había imaginado que el Patriarca la engañaría de nuevo?

Pero era tarde, ya le había vendido su alma…

─Además ─continuó aquel─, se conoce que Altair ya anda por aquí. O mejor dicho, vuela. Porque en el Tártaro la veréis en su auténtica forma de ángel.

Libia se sintió aún peor. Attaegina era un ángel.

Ella, una no muerta rastrera y cobarde que no solo hacía lo que hacía por miedo al Patriarca, sino para ganarse como fuera unas migajas del amor de Keriel…

antes de que él se convirtiera en bestia definitivamente.

Y eso sucedería pronto. Para entonces, ella sería ya una rosa mustia y sin pétalos, con el tallo ponzoñoso y manchado de limo, condenada a vagar eternamente por el Tártaro sin poder volver a la tierra de los vivos ni trascender hacia el país de los muertos.

Pero amaba a Keriel. ¡Nunca había amado así a nadie!

Y durante el tiempo que le quedara, permanecería a su lado.

Sin poder soportarlo más, dos amargas lágrimas se derramaron por encima de su rostro, cada vez más pálido y cetrino. Y Keriel, inesperadamente, le pasó un brazo por encima del hombro para consolarla.

─¿Por qué lloras? ─le preguntó. Pero, ¡qué cálida seguía siendo su voz! Ningún Rey de los Diablos había mostrado jamás tanta dulzura con una mujer. La mano de Keriel, cuidadosa para no dañarle con sus garras, enjugó sus ojos─. Ven, no llores.

Nadie la había abrazado nunca con tanta lealtad.

Con tanto amor. Y el Patriarca, al verlos, no pudo disimular una sonrisa pérfida, casi burlona, mientras seguía mirando a Libia como si le estuviera gastando una broma de mal gusto.

Era obvio que se había aprovechado de una joven enamorada para obtener el máximo de sus servicios, incluso su propia alma.

Ella se daba cuenta ahora, aunque no se arrepentía. Lo había hecho por Keriel.

─Aquerón, por favor, llévanos a la misma entrada de palacio ─le pidió Nabor al barquero─. Azufre nos espera allí con todo su séquito.

El barquero era una figura cadavérica bajo una capucha parda. Se limitó a abrir la boca y el Patriarca depositó en ella un doblón de oro rojo. Luego, Aquerón se lo tragó y continuó remando.

A lo largo del trayecto los paisajes del Tártaro se volvían estremecedores.

Pero el peor de todos, aquel que a Libia le puso los pelos de punta, fue el Monte de las Penas.

Allí, un diablo encadenado a la roca aullaba de dolor y de agonía, suplicando clemencia, mientras un buitre le roía las entrañas. Nabor se rio.

─Es el típico castigo por traición a la corona ─explicó─. Apuesto a que ese lleva ahí colgado siglos.

─¿Y cada día es lo mismo? ─preguntó Libia, aterrada.

─Cuando no estás ni vivo ni muerto, sí, cada día es lo mismo.

Sabía que lo decía por ella. Era un modo de recordarle que se había convertido en cautiva de su propia decisión al entregar su alma.

Nabor le parecía tan despreciable que no creía que existiese un diablo peor que el Patriarca.

Pero, ¿qué era el Patriarca en realidad?

El único ojo que le quedaba tenía ese raro color mítico que, según decían, era propio del reino de los ángeles.

Igual que Attaegina. ¡Cómo la envidiaba!

Se aferró con más fuerza al cuerpo caliente de Keriel y, sin dejar de observar a Nabor, sus movimientos y su expresión de suficiencia, empezó a preguntarse por primera vez si realmente el Patriarca amaba algo a su hijo y por eso le ofrecía un reinado o si, en verdad, el Heredero no era sino otra pieza más de esas que llamaba «sacrificables» pues, ¿cómo alguien tan vil que solo velaba por su propio bienestar a costa de quien fuera iba a mostrar un atisbo de amor por alguien, incluso por su propio hijo?

Ella misma vio el modo tan déspota en que dejó morir a Minos por ese otro vástago, sin interceder ni un poco.

Y eso que, cuando Minos vivía con ellos en Teff y el pueblo lo adoraba, parecía ser el hijo predilecto de Nabor.

No se fiaba de él. Y no se fiaba de qué planes tenía para Keriel. ¿Convertirlo en Rey de los Diablos? Era un cargo demasiado bueno, el mejor de todos. ¿Por qué no iba a desearlo para sí mismo el propio Nabor?

Al cabo de un rato divisaron el palacio de la ciudad de Arbel, la ciudad imperial del Tártaro.

El recibimiento de Keriel produjo un despliegue masivo de guardias y criados del rey Azufre, que se había esforzado en hacer notoria la llegada de su importante huésped al palacio de Arbel.

Cuando Nabor, Keriel y Libia abandonaron el esquife de Aquerón, el propio emisario real salió a recibirlos: era la bella Istar.

A Libia le admiró su elegancia, la manera en que sus alas de diablo, lejos de afearla, habían sido engalanadas con rosarios de oro rojo, enfatizando su exuberancia femenina.

Pero aún le llamó más la atención cuando el Patriarca la saludó en primer lugar y, durante un ligero segundo, sus miradas se encontraron en un halo de complicidad.

A continuación, Istar se acercó a Keriel y le rindió una reverencia.

─Sea bienvenido, Heredero de Teff. Mi rey ansía conocerle. ─Después posó sus ojos sobre Libia y matizó─: A usted y a su dama.

¿Qué planes tenía Nabor para Keriel y para Libia?

¿Qué significaba eso? Sin dar más explicaciones, Istar los condujo a través de un pasillo formado por sendas filas de centinelas.

Curiosamente, el uniforme militar era parecido al de los soldados de Teff, solo que aquellas criaturas parecían sacadas de la misma entraña del Tártaro.

Con los ojos encendidos y colmillos tan grandes como los de un lince, custodiaban las puertas del palacio con riguroso orden al tiempo que inclinaban la cabeza al ver llegar a Keriel.

Pero a pesar de las grandes muestras de respeto y cortesía, Libia tenía un mal presentimiento.

Esos diablos ya tenían un rey. ¿Es que ninguno recelaba de la presencia de Keriel?

Si los propios reyes humanos se la jugaban unos a otros con historias de traiciones y conspiración, ¿de qué no eran capaces las alimañas?

Cuando por fin entraron en el palacio de Arbel, la opulencia de sus decorados volvió a sorprenderla.

El mármol verde, la seda y, sobre todo, las filigranas en oro rojo competían en elegancia y estilo con el palacio de Teff sin que uno pudiera decidir con facilidad cuál de los dos sitios superaba al otro.

Y entonces entraron en la sala del trono.

El humo blanco y denso del yagra ceremonial se acomodaba sobre el aire de la estancia, quieto y estático, formando líneas de neblina que se rasgaban cuando uno pasaba a través de ellas.

Un semicírculo de antorchas, en concreto nueve, alumbraba el enclave.

Y en el centro, rodeado por sus esclavos más fieles y decorosos y con las espaldas protegidas por sus hombres de armas de mayor confianza, apoltronado sobre un trono enorme del tamaño de cuatro elefantes, el rey Azufre esperaba a sus invitados de honor.

Cuando Libia lo vio, creyó que era muy parecido a Keriel cuando se transformaba en bestia.

Al menos en sus características principales: inmenso, de expresión feroz que rozaba lo grotesco, armado con garras y espolones por todo su cuerpo.

Azufre, además, poseía una piel dura y rígida como la de los grandes reptiles, de un color falto de vida, como si se la hubiesen quemado.

Únicamente los ojos, afilados como los de una serpiente, salpicaban ese cuerpo monstruoso con una brizna de color, pero eran tan escalofriantes que mirarlos casi dolía.

Y no porque estuviera prohibido, a diferencia de lo que sucedía con el Patriarca.

De hecho, cuando Istar se acercó a su monarca le habló directamente.

El rey Azufre se levantó de su trono con parsimonia.

En ese momento todos sus esclavos le rindieron reverencia.

Una corona de oro rojo se sostenía sobre su cabeza.

Era una de las joyas que más valor tenía de todo el reino, no tanto por el coste del material sino por la cantidad de años que llevaba puesta sobre Azufre, nutriéndose de su poderío y de sus más turbias intenciones.

Cuando el Patriarca estuvo delante de él, se arrodilló dócilmente.

─No bebas ni comas nada ─le susurró Keriel a Libia cuando ellos dos imitaron a Nabor. Libia se puso todavía más nerviosa. Al parecer, no solo ella sospechaba de que allí, en ese palacio, aquel día iba a suceder algo que iba a cambiar para siempre el rumbo de la historia del Tártaro.