El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 72
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CAPÍTULO 72

Aun habiendo hecho que Ixión ganara muchísimo oro rojo gracias a su victoria, Creta y Lorick fueron despojados de sus armas de plata apenas salieron de la arena.

Y después, por supuesto, Tauro volvió a ponerles los grilletes en los pies.

Al fin y al cabo, seguían siendo esclavos y, por lo visto, era mejor atarlos en corto.

─¿Te han hecho daño esos bestias? ─le preguntó Creta. Lorick se miró el brazo, aquel que había sido mordido por la alimaña. La cicatriz se había vuelto completamente negra.

─Algún empujón y varios rasguños, pero nada importante.

Creta le examinó con curiosidad.

─¿De verdad que no te duele?

Él negó con la cabeza.

─No. Y no solo eso: siento como si aquí dentro guardara una fuerza que antes no tenía. Es extraño de describir, pero durante el combate hubo un momento en que hasta me vine arriba.

─Pues yo estuve torpe, torpe…

─No digas eso. Sin ti no habría ganado jamás.

Lorick se quitó el casco. El cabello tan corto, casi a ras de su cabeza, los rasguños y el sudor le daban un aspecto muy duro, pero a Creta le despertaba instintos ardientes, ¿sería cosa del Tártaro? Él le acarició la mejilla y se acercó despacio para besarla en los labios.

─Eres la mujer más valiente del mundo ─le susurró al oído mientras la abrazaba.

A Creta se le erizó el vello de todo el cuerpo al sentir el calor de su aliento tan cerca de su oreja, y no supo si fue por la adrenalina del combate, pero algo galopaba en su sangre con una intensidad nunca antes sentida al permanecer tan cerca de Lorick.

El sonido de un cuerno de batalla interrumpió la intimidad de aquel momento.

El turno de Tauro era el siguiente. Su nombre era coreado por la muchedumbre mientras aquel diablo medio toro medio humano doblaba su tamaño convirtiéndose en un auténtico monstruo.

Pero lo mejor no había llegado aún: ante una emboscada de diez hombres, Tauro salió prácticamente ileso.

Y Creta y Lorick, en ese instante, se alegraron de estar en su mismo bando.

─¿Y por qué a él no le ponen grilletes? ─protestó Creta.

─Parece que es fiel como un perro para Ixión. Además, no parece inteligente. Hace todo lo que le ordena. No creo que se le haya pasado por la cabeza escapar.

─Por ese cabezón, querrás decir.

Fue una jornada de circo realmente gloriosa para el público: habían tenido sagre derramada, un luchador afamado, armas de plata en la arena, humanos y hasta un beso de amor.

Pero sin duda alguna el que más feliz iba de todos era Ixión, que durante un buen rato en el viaje de vuelta a casa contó una por una las monedas de cada saca con que se había remunerado su trabajo.

A su lado, Ticio conducía como siempre. Y en la parte de atrás viajaban Creta y Lorick encogidos en el poco espacio que Tauro, ya dormido, les dejaba.

─Tened, os lo habéis ganado ─les dijo Ixión dándoles más de aquel pan gris─. Y cuando lleguemos a casa, comeréis algo de carne. Tenéis que reponer fuerzas después del espectáculo de hoy.

─¿Y el salario? ─preguntó Creta─. Ayer mencionaste algo del salario.

Ixión resopló.

─Solo llevas un día trabajando para mí y ya estás eixigiendo… Pues no, no hay salario todavía.

─¿Y eso por qué? ¡Hoy has ganado mucho dinero a nuestra costa!

─Mira, chica…

─¡Creta! ¡Me llamo Creta Mentastro!

─Sí, sí… Eh, como te llames, Creta. Escúchame, en este negocio los gladiadores cobran una vez por semana. Cuando hayas trabajado una semana, tendrás tu salario. ¿Es tan difícil de comprender?

Creta se quedó callada mientras lo fulminaba con la mirada. ¿Y si, para cuando fueran a cobrar su parte, Lorick y ella ya estaban muertos?

─¿Cuánto cuesta comprar la libertad? ─preguntó Lorick. Creta le dio un codazo para hacerle ver que esa pregunta era inoportuna. De hecho, a Ixión también se lo pareció. Aun así, respondió:

─Un esclavo ha de pasar por lo menos quince años trabajando para poder comprar su libertad.

Lorick y Creta intercambiaron una mirada de desánimo, a lo que Ixión añadió:

─Aunque para un gladiador es menos tiempo, pues es raro que un gladiador aguante sin morir siquiera un año, a lo sumo dos. Aunque luego hay milagros como Tauro, que lleva cinco años ganando todos los combates.

─Y que lo digas ─añadió Ticio─, si no es por Tauro, ya tendríamos que haber cerrado el negocio.

─¿Y a él no lo dejas en libertad? ─preguntó Creta. Los dos hermanos se echaron a reír.

─¡Tauro no entiende qué es la libertad! ─respondió Ixión─.

Por más que intenté explicarle todo esto del salario, el muy imbécil no sabía ni qué hacer con las monedas.

El primer doblón de oro que le dí se lo llevó directo a la boca para comprobar si era comestible.

Y lo mordió con tanta fuerza que se rompió un diente.

Ticio e Ixión seguían riéndose de aquella mala bestia que, ajena a todo cuanto pasaba a su alrededor, dormía sin más. A Creta hasta le dio pena.

─Con darle bien de comer, Tauro obedece todo lo que le digo. Podría ordenarle que os aplastara mientras dormís y lo haría sin cuestionárselo, así que no le tengas lástima, Creta.

Creta se sintió contrariada, ¿tanto se le había notado? ¿O es que Ixión era más listo de lo que parecía?

─En cuanto a vosotros dos, reconozco que he de daros la enhorabuena. Pocos gladiadores me han dejado en tan buen lugar en su primer asalto. Además, lo del beso final les gustó mucho, es inusual. De hecho, ya os habéis labrado un nombre de combate.

─Ah, ¿sí? ¿Qué nombre?

Ixión, adoptando un gesto melodramático, pronunció:

─Los Amantes de Plata.