El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 71
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CAPÍTULO 71

Cuando Lorick y Creta salieron allí, los aullidos del público se hicieron apabullantes.

Algunos los animaban por simple simpatía con Ixión, que había ganado mucha popularidad gracias a Tauro.

Pero otros muchos les arrojaban improperios pues, al parecer, sus rivales eran de los favoritos del populacho: dos diablos astados, similares al cornudo, con pezuñas por pies, armadura metálica y la crueldad imprimada en un rostro a medias entre humano y bestia.

Uno iba armado con cadenas. El otro, con dos sables.

Y ninguno de los dos llevaba escudo. ¿Tan invencibles eran que no necesitaban defenderse?

Creta sintió que se iba a desmayar de un momento a otro…

─ Tú sabes cazar, Creta ─ le dijo Lorick ─ , y también sabes domar caballos salvajes. Te aseguro que, con eso, tienes más que suficiente.

Creta se sintió un poco mejor. Pero había algo que no cuadraba.

─ ¿Y nuestras armas de plata? ─ preguntó. Al otro lado de las rejas Ixión los observaba con fastidio.

─Al juez no le pareció justo que las tuviérais nada más comenzar.

─¿Cómo que no le pareció justo? ─se indignó Creta.

─Dice que las armas de plata os dan mucha ventaja sobre vuestros rivales.

─¡Pero nosotros somos humanos! ¡También estamos en desventaja!

─¡Ya, ya lo sé, chica! ¡Eso mismo se lo he dicho yo! Así que ha accedido con una condición: vuestras armas están en la arena.

Creta y Lorick se pusieron a buscar con la mirada por el suelo cuando se dieron cuenta de algo obvio. Ixión lo resumió:

─Están al otro lado. Y ellos tratarán de impediros que lleguéis a ellas.

Sonó el segundo cuerno. Los dos diablos astados se preparaban escarbando con una pata en el suelo, como los toros antes de correr a embestir a sus enemigos, hasta echaban vaho por la boca y por la nariz.

Mientras tanto, el sol turbio del Tártaro empezaba a cruzar el cielo por encima de la circunferencia del circo, resultando abrasador, pues allí las noches eran frías y los días tórridos.

Lorick y Creta sudaban, pero no solo de calor.

Entonces, sonó el tercer cuerno y esas dos bestias corrieron hacia ellos haciendo alarde de toda su brutalidad.

Para Creta se detuvo el tiempo por un segundo.

Las voces y el jaleo del público formaban una amalgama de ruido que terminó por saturar sus sentidos.

Cuando iba a cazar al bosque, estaba siempre en silencio.

Aquello era distinto. Su primer instinto habría sido escapar, pero allí delante estaba Lorick, plantado con su escudo y su sable desenfundado, esperando la primera embestida de esos diablos. Y ella estaba dispuesta a morir por él.

El tiempo recuperó su ritmo normal y, rauda como el viento, armó su arco y lanzó una primera flecha a uno de los astados, el de la cornamenta de toro, impactando en su hombrera.

No le hirió, pero lo frenó por un momento.

Luego quiso disparar al otro, el que parecía más un carnero, pero ya estaba demasiado cerca de Lorick.

Y Creta comprendió que para esos dos era prioritario acabar en primer lugar con el nórdico, pues ella, por su estatura y vestida como un soldado, les parecía poco más que un muchacho.

Lorick se defendió sin problemas con el carnero, cubriéndose con su escudo. Pero el otro llegó antes de lo previsto. Creta tenía que dispararles.

Se puso nerviosa, le temblaban las manos y la flecha que tenía preparada se le cayó mientras Lorick luchaba contra los dos a la vez.

¿Qué podía hacer ella en esa situación? Eran objetivos en movimiento, cubiertos por armaduras y muy cerca de Lorick, demasiado.

Si erraba y le daba a él, no se lo perdonaría en la vida.

« ¡Haz algo, Creta! » , se dijo. Y lo vio muy claro: olvidó las flechas y el arco y arremetió contra esas dos bestias a puro golpe de escudo, dándole al toro en la cabeza.

El sonido del impacto fue tan fuerte que creyó que le había partido un cuerno.

No fue así, pero al menos sirvió para quitárselo de encima a Lorick, que aprovechó para zafarse del otro antes de que lo acorralara.

El toro fijó los ojos en Creta con un furor asesino y no perdió el tiempo. Ansioso por vengarse, comenzó a perseguirla a una velocidad vertiginosa mientras Lorick luchaba cuerpo a cuerpo contra el otro.

─¡Corre, Creta! ─gritó el nórdico forcejeando contra su rival.

Creta era ligera y muy veloz. Siempre lo había sido.

Ese día tenía que superarse. El toro le pisaba los talones porque había sospechado muy bien su intención: recuperar las armas de plata.

Si conseguían hacerse con ellas, sus posibilidades se multiplicarían por diez.

Por eso Creta corría casi sin aliento. Solo tenía que mirar en la arena. ¡Maldición! ¿Las habrían enterrado?

El toro sacudió su látigo sobre ella haciéndola caer al suelo de bruces.

Se le había enredado en un tobillo y ahora su enemigo tiraba de ella, arrastrándola.

Si bien su ligereza la hacía rápida, también la hacía muy vulnerable en un reto de fuerza contra semejante bestia.

Creta clavaba los dedos en la arena inútilmente, cada vez más cerca de su rival.

Todas las flechas se habían caído de su carcaj y, en cualquier caso, no le daba tiempo a armar el arco estando tan cerca de su objetivo.

La otra opción era levantarse y arremeter contra él en un combate cuerpo a cuerpo...

que perdería en cuestión de segundos. Si ese monstruo la atrapaba, le rompería las costillas casi sin esfuerzo.

─¡Déjala! ─gritó Lorick dándole una estocada con el sable.

El toro se giró a tiempo para cubrirse con el escudo de mano.

¡Esos diablos, además de fuertes, tenían muy buenos reflejos!

Y enzarzándose con el nórdico en un duelo armado, dejó por un instante a Creta, cuya pierna seguía enrollada al látigo.

Hasta que vio un resplandor en medio de la arena. Era plata, ¡sin duda!

Y entonces el carnero apareció en escena de nuevo.

Lorick lo había dejado malherido, pero no le había dado en ningún punto vital, y las alimañas se resarcían sorprendentemente rápido.

El carnero no iba a por Creta, a quien seguramente había dado por moribunda viéndola allí tirada. Una vez más su objetivo era Lorick.

Creta estiró el brazo todo cuanto pudo para tocar esa cosa plateada, lo que quiera que fuera. Pero el toro tiró una vez más del látigo para impedírselo. Ella hundió las manos en la arena, haciendo acopio de toda su fuerza, y al fin consiguió sujetar algo rígido y sólido allí debajo.

Extrajo el arpón de plata de Lorick como si acabara de pescar a una criatura mítica, pues el resplandor que emitió provocó una exclamación de asombro generalizada entre el público. ¡Nunca antes se habían usado armas de plata en el circo!

─¡Lorick! ─lo llamó al tiempo que se lo arrojaba a la altura de los pies.

Lorick lo recuperó en seguida y le sacudió un primer mandoble al carnero, que lo maldijo con rabia en cuanto la plata tocó su piel.

Pero Lorick no se detuvo ahí: sin darle tiempo para recuperarse, golpeó a su adversario una y otra vez hasta desencajarle la armadura.

El peto delantero se le quedó colgando de una hombrera y con poco que se movió se desprendió: ahora tenía el torso al descubierto.

Nunca antes, ni siquiera durante el combate que se libró en Pira, Lorick había sentido una euforia igual.

Algo desconocido le corría por las venas, una sensación de poder, de fuerza, que anulaba cualquier amago de miedo o inseguridad.

El carnero le sacaba una cabeza entera, pero cada vez lo veía más vulnerable, más fácil de tumbar.

Cuando al fin logró atravesarle el pecho con el arpón, un placer inexplicable lo recorrió de arriba abajo.

Incluso sonreía triunfal mientras se daba un baño de aplausos.

─¡El gran Panta ha caído! ─gritó el maestro de ceremonias con voz de júbilo. Hubo aplausos y abucheos por igual.

Pero aún quedaba el otro. Una embestida inesperada y un cuerno clavado en la ingle, que estaba más desprotegida que el torso, podrían acabar con Lorick en cuestión de minutos, hacer que su sangre corriera como vino tinto en fiestas.

Creta no pensaba permitirlo. Y durante ese escaso instante en que Lorick bajó la guardia, ella corrió en dirección a la bestia para impedirlo.

Creta era más rápida, se interpuso entre el diablo y Lorick como un inesperado soplo de aire.

El toro la aplastaría con su musculatura.

Y de hecho, sucedió así. Creta se veía tan delicada allí en medio...

Pero ese justamente fue el truco: hasta las rosas tienen espinas para defenderse.

Y Creta sujetaba sus dagas gemelas con firmeza cuando se clavaron en el cuerpo de su adversario, que se desplomó estrepitosamente sobre ella.

Creta no podía respirar con aquella mole encima. Cuando Lorick la liberó del peso de esa bestia, llenó sus pulmones con todas sus fuerzas sin poder moverse del suelo, tendida boca arriba. Desde allí pudo ver cómo el nórdico remataba al toro con el arpón mientras bramaba con rabia. ¡Habían ganado!

Cuando se incorporó, a Creta se le cayó el casco. Entonces su cabello se derramó. Eso también asombró al público, pues era poco habitual que las féminas participasen en las batallas circenses. Y que lo hiciera una humana se consideró completamente insólito.

─¿Estás bien? ─le preguntó Lorick corriendo a abrazarla.

Creta asintió con la cabeza, atolondrada, mientras el público aplaudía con energía.

Pero al verlo llegar manchado de arena, sangre y sudor, con el arpón en la mano y gesto triunfal, sintió una atracción desbordada por él y se lanzó a besarlo de forma apasionada, aferrándose a él con brazos y con piernas, momento en que los espectadores les dedicaron una ovación y continuaron rociándolos con sus aplausos.

Y cuentan que en el Circo Calvario jamás se aclamó a un campeón durante tanto tiempo continuado.