El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 70
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CAPÍTULO 70

El amanecer deslizó sobre el circo un velo de claridad que acentuó aún más si cabe su decadencia.

Las gradas rotas, destrozadas por el tiempo y por las trifulcas entre los espectadores lo convertían en un escenario poco alentador para los gladiadores, que desde primera hora de la mañana ya estaban allí preparando el espectáculo.

Una actuación que, tristemente, gustaría más cuanta más sangre fuera derramada.

─El Circo Calvario os acogerá hoy ─les anunció Ixión a Creta y a Lorick en tono sobreactuado─. No es muy grande, pero ya es más que un corralillo de pueblo.

La arena era gris y turbia, pero se notaba que la habían limpiado. No había restos de ropa, armas o cuerpos. Aun así, Creta seguía aterrada.

─Ahora, id a vestiros o a practicar o a rezar lo que sepáis… Dentro de una hora empieza el primer asalto, parejita. Y espero que me dejéis en buen lugar.

Cómo no, Tauro había ido con ellos. Era el mejor luchador de Ixión, el que, al parecer, le salvaba los combates cuando el resto de sus gladiadores caía, aunque Lorick y Creta aún no lo habían visto en su máximo esplendor.

─Será mejor que te vistas como un hombre ─le dijo Lorick tendiéndole una loriga militar─. Ponte esto y recoge tu cabello dentro de un casco. Podrían atraparte si tiran de tus trenzas.

Creta le hizo caso. La loriga oprimía un poco sus pechos, pero su delgadez le ayudó a encajar en ella. Después se colocó protección en las rodillas y en los antebrazos y se puso calzado cerrado. Parecía un soldado.

─¿Y las armas? ─preguntó.

─Ixión no nos dará nuestras armas de plata hasta que estemos en la arena. No se fía de nosotros aunque sabe que, cuando las tengamos, aniquilaremos a cualquier diablo que se nos ponga delante. Sin embargo, el reglamento nos permite usar las armas del circo.

─Entonces, deberíamos hacernos con un escudo, ¿no?

─Sí. Pero también coge un arco. Y flechas, todas las que puedas. Recuerda que eras la mejor tiradora en Caliza.

Creta sonrió. Se acordaba de los buenos tiempos, de los concursos de tiro con arco en las fiestas del verano. Siempre ganaba ella. Incluso ganaba a Lorick.

─En las distancias cortas, utiliza las dagas ─le aconsejó el nórdico─, pero si tienes posibilidad, combate desde lejos. Eres ágil y rápida. No permitas que ninguno se te acerque demasiado.

─Lorick, tengo una duda.

─¿Sí?

─¿Cómo se mata a un demonio? ¿Cuándo termina un combate?

Lorick se quedó pensativo.

─¿Escuchaste a Ixión cuando nos llevaba en el carro? Se quejaba de que sus últimos gladiadores habían muerto todos.

─¿Entonces?

─Si no puedes herirlos con plata, dispárales al corazón o córtales la cabeza.

Creta asentía en silencio mientras respiraba hondo.

Cuando era una adolescente fantasaba con ir un día a la guerra para no tener que ocuparse de las labores del hogar, pues para eso estaba Attaegina.

Ahora ya estaba metida en una guerra, y no por decisión propia.

Cuánto echaba de menos Caliza y sus tranquilos paseos en silencio por el arroyo.

Lorick cogió su mano. Luego acarició su barbilla con un dedo, pues el casco les cubría prácticamente todo el rostro. Y la besó.

─Sabes que no dudaré en morir para salvar tu vida, ¿verdad?

Creta asintió.

─Sí, también yo lo haré por ti.

Y juntos, cogidos muy fuerte de la mano, esperaron a que las rejas fueran levantadas, momento en el que sonó un cuerno y el público aplaudió con euforia mientras eran presentados sencillamente como los gladiadores de Ixión.