El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 69
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CAPÍTULO 69

El Gran Laurel no era un diablo grande. En realidad no parecía más que un pedazo de leño calcinado. Pero su sonrisa era siniestra, capaz de atemorizar a cualquiera.

Cuando vio a Attaegina allí se arrojó sobre ella sin más, arrebatándole el bastón de nawal y lanzándolo lejos para que no pudiera utilizarlo.

Depués ambos rodaron por el suelo mientras forcejeaban.

Parecían dos fieras furibundas enzarzadas.

Los dedos afilados del Gran Laurel presionaban la garganta de Attaegina, que trataba de quitárselo de encima haciendo acopio de todas sus fuerzas cuando recordó que en el Tártaro tenía alas. ¡Tenía alas!

Las sacudió con el mayor ímpetu que pudo y gracias a ellas se catapultó desde el suelo bruscamente, empujando así al Gran Laurel y logrando zafarse.

─¿A qué has venido, Attaegina? ─le preguntó aquel diablo, arrinconado contra una esquina de su choza, recuperando el aliento─. ¿O debería llamarte Altair?

Las cavidades que esa criatura tenía por ojos se prendieron de repente como antorchas. Era obvio que había contemplado la idea de llevar a la chica ángel ante el rey para cobrar su recompensa. Pero Atti no se dejaría.

El Gran Laurel arremetió contra ella una vez más, lanzando zarpazos al aire que Attaegina esquivó sin dificultad. Necesitaba recuperar su bastón. ¡Ya casi lo tenía!

─¡Attaegina! ¡Cógelo! ─le dijo Ibis mientras se lo lanzaba.

Atti lo agarró al vuelo pero, justo cuando iba a utilizarlo, algo abrasó la piel de su espalda.

Era un doblón de oro rojo. El Gran Laurel lo había encontrado por el suelo y ahora lo usaba para defenderse, pues sabía el dolor que ese metal producía en los ángeles.

Attaegina se separó de él en cuanto pudo, aunque aquello le seguía doliendo, ¡mucho! Le abrasaba, lo haría durante horas.

─¿Has venido a liberarla? ─le preguntó aquel diablo─. No te lo voy a permitir, ¡me pertenece! ¡Le hice favores durante años y años! ¿O crees que sin mí habría adivinado todo lo que adivinó?

Ibis agachó la cabeza, avergonzada. Se sentía culpable, estúpida. Utilizada, pues, ¿para quién adivinó todas aquellas cosas si no para Nabor y su imperio?

─¡Pues haberte quedado en esta pocilga! ─le respondió Atti con dureza─. Si nunca hubieras prestado tus servicios, no le habrías causado problemas a nadie. ¿O me vas a convencer de que no eras tú el que salía ganando siempre con los tratos?

Según terminó de hablar, Attaegina golpeó el suelo tres veces con su bastón, y de pronto un círculo luminoso se expandió a su alrededor.

Cuando su luz tocó al Gran Laurel, la criatura berreó como si estuviera sufriendo una auténtica agonía.

No podía escapar, no podía moverse. Se arrastraba por los suelos de la choza mientras se deshacía lentamente, dejando tras de sí un cúmulo de ceniza al tiempo que Attaegina terminaba de pronunciar un decreto.

─… a la luz.

Cuando el Gran Laurel no fue más que polvo y el silencio se devolvió a su lúgubre choza, Attaegina enfundó su bastón de nawal .

Desde una esquina Ibis la miraba con una mezcla de admiración y alivio, y al llevarse la mano a la cadena del cuello, esa cadena de oro rojo que indicaba su condición de esclava, esta desapareció al tacto.

Acto seguido corrió hacia Atti, se arrodilló ante ella y le besó los pies con devoción.

─Levántate, Ibis ─le pidió Attaegina sintiéndose incómoda. Pero Ibis, con la frente apoyada en sus rodillas, lloraba.

─Perdóname por todo lo que te hice cuando estabas en el templo. Reconozco que nunca me gustaste, Attaegina. Nunca tuve buenas intenciones contigo. Y ahora, míranos: acabas de salvar mi alma. Yo no sé cómo podré agradecértelo.

Attaegina se agachó para ponerse a su altura y la miró directamente.

─¿Qué va a ser de ti ahora que ya no tienes amo? ¿Tu alma trascenderá?

Ibis negó con amargura.

─En vida me comporté como un diablo. Tú ya lo sabes. Es aquí donde me corresponde quedarme. Eso lo tengo asumido.

Attaegina sintió una compasión enorme por ella.

Y es que Ibis a menudo había actuado con maldad.

¡Con mucha maldad! Era el brazo derecho de Nabor, la cómplice de todos sus crímenes.

Pero posiblemente un ángel era capaz de ver en ella la parte luminosa de su espíritu, la parte todavía buena y sin corromper de su alma, con la que nació, y que había sepultado bajo capas y capas de mentira y miedo.

─¿Por qué no me acompañas? ─le propuso.

Ibis se sintió indigna. ¿Cómo podía ella acompañar al Primer Ángel? ¿Con qué derecho? Atti insistió:

─Necesito una guía sabia y experimentada. Mi misión es difícil y apenas sé nada sobre el Tártaro. Tú eres una suma sacerdotisa. Posees conocimiento hermético que a nosotras, las discípulas, jamás se nos habría revelado. Bien, ahora necesito ese conocimiento, Ibis. Por favor.

─Attaegina, no sé si yo…

─Piensa que, por algo, el Cosmos nos ha puesto a cada una en el camino de la otra. Y el Cosmos es inescrutable.