CAPÍTULO 68
─¿Sabes cómo inventó Keriel el oro rojo?
─le preguntó Ibis. Afuera había dejado de llover, pero hacía un frío estremecedor.
Attaegina asintió. También en sus recuerdos se había asentado de alguna manera la historia de ese oro maldito.
Entonces, Ibis prosiguió─: Cuentan que Keriel se hizo una corona con ese oro.
Fue la primera pieza que forjó con él. Era un gesto retador a la vez que despectivo hacia los ángeles, especialmente hacia Altair.
Retador porque sabía que los ángeles no podían tocar el oro rojo sin quemarse la piel.
Attaegina recordó el día que le quitó la tiara a Kairós, que estaba hecha de ese mismo metal. Hasta le salieron ampollas en las yemas de los dedos.
─Y despectivo porque Keriel quería demostrar que renegaba del reino de los ángeles.
Dicen, incluso, que vertió una parte de su sangre en la aleación para insuflar una especie de vida propia a esa pieza.
El caso es que esa corona desapareció. Nadie sabe quién la robó.
Keriel montó en cólera y culpó a los ángeles.
─Pero, si los ángeles no podemos tocar el oro rojo, ¿qué sentido tiene?
─Aparentemente, ninguno. Es imposible. Seguramente la robó uno de los suyos.
─¿Azufre?
─Azufre la ha buscado por todo el Tártaro sin éxito.
Todos creen que el diablo que se ponga esa corona en la cabeza se volverá diez veces más feroz y será el máximo rey de todos ellos para siempre.
Por eso todos sueñan con ella. Pero, sinceramente, si alguno de ellos la tuviera ya la habría utilizado, ¿no?
Attaegina agradeció la sabiduría de Ibis. Encontrarla allí en el reino de los diablos había sido toda una bendición. ¿Acaso no se la había enviado el Cosmos cuando pidió ayuda?
Llegó el momento de marcharse. Era de noche y podría volar con mayor disimulo en la oscuridad.
Además, Ibis le había procurado una enorme y desgalichada capa negra que cubriría su figura para hacerla pasar desapercibida.
Cuando se dio la vuelta para despedirse de la suma sacerdotisa y darle las gracias, se conmovió.
─¿Por qué me has ayudado tanto? ─le preguntó. De todas las preguntas que Atti le había formulado aquel día, esa era la única para la que Ibis no tenía una respuesta inmediata.
─Porque solo tú puedes volver a hacer que la luz gane ─respondió con humildad─. Y ahora, ve. Vamos. Vete a hacer lo que tengas que hacer.
─¿Y tú?
Esa pregunta fue aún más comprometida para Ibis porque su contestación se manifestó en forma de llanto.
Un llanto desconsolado: jamás cuando era la suma sacerdotisa de Teff habría permitido que alguien la viera llorar de esa manera.
Pero, ¿cuántos años llevaba sin derramar una sola lágrima?
Y Attaegina, como no podía ser de otra manera, se limitó a abrazarla con sus alas de pluma blanca.
Y hasta que Ibis no se consoló y recuperó el aliento, no se separó de ella.
─No puedo dejarte aquí, Ibis. Voy a liberarte.
─¿Qué? ¿Te has vuelto loca?
─No. Voy a liberarte.
Attaegina salió del corral.
─¡Attaegina, vete de aquí! ─insistió Ibis─. ¡Maldita tozuda! ¿Es que nunca cambiarás? ¡Es el Gran Laurel!
─Y yo soy el Primer Ángel. Ahora, dime dónde está tu amo y qué hace.
Ibis, un poco más convencida, señaló la choza que había más adelante, casi oculta entre las zarzas.
─Es ahí. Todas las noches se sienta frente al fuego para tragarse el humo que desprende. Parece que duerme, pero está guiando a incautas como yo por su viaje entre los mundos. Así es como las atrapa.
Apenas un minuto después, Attaegina entró en esa choza cochambrosa con un cubo lleno de agua. Lo derramó sobre el fuego para apagarlo y el Gran Laurel se sobresaltó. Y cuando distinguió la figura alada de esa intrusa, sin bajar la guardia dijo:
─Attaegina Mentastro… La ingrata que me escupió de su boca.