CAPÍTULO 67
El resto de la tarde Attaegina lo pasó sola agazapada en ese corral acariciando de vez en cuando su bastón de nawal para distraerse, pues le gustaba observar los nudos de la madera. La lluvia continuaba repiqueteando sobre el techo y la goteras acompañaban el sonido de sus pensamientos.
Todo había sucedido muy deprisa desde que se había despedido de Kairós a solo unos metros de Halcón. O, mejor dicho, de la bestia. Eso no era Halcón. Eso era una creación del Patriarca que había tomado prestado el cuerpo de Halcón. Tenía que sacarlo de allí como fuera.
Las horas pasaban pero no conseguía que se le abriera el apetito.
Pensó que sería incapaz de comer nada de ese mundo en donde los días amanecían manchados, como cuando el humo de los incendios solapa la luz del sol transformándola en el color horrible de la desesperación y la muerte.
Huelga decir que las noches no eran más alentadoras.
Y luego estaba Ibis. ¿De verdad la estaba ayudando sin esperar nada a cambio?
¿Por qué le había dicho que no se moviera del corral?
¿Y si era la suma sacerdotisa quien tenía pensado entregarla a ese rey diabólico que todos conocían por el nombre de Azufre?
Attaegina empezó a dudar de la honestidad de Ibis.
Una mujer como aquella, que en vida jamás demostró tener escrúpulos, ¿por qué iba a tenerlos en muerte?
Ya casi no entraba luz del exterior cuando Attaegina cogió la gema de Halcón.
En otras circunstancias le habría servido para ver en la oscuridad, pero ahora ni siquiera respondía al tacto de su piel ni se prendía en sus manos, aunque la notara más viva desde hacía algunos días.
¿Para qué servía esa reliquia? ¿Por qué era tan importante como para que Elkerael la hubiera guardado junto a su gemela durante cientos de años?
Mientras intentaba buscar una respuesta, escuchó pasos en el exterior.
Por un momento pensó en si sería buena idea prepararse por si Ibis decidía traicionarla.
Era posible incluso que fuera acompañada por más demonios, pues no era sencillo cazar a un ángel.
Si eso sucedía, volaría lo más alto y rápido posible aprovechando la oscuridad de la noche.
─Attaegina, soy yo ─oyó la voz de la suma sacerdotisa. Acto seguido aquella entró en el corral con una lamparilla en la mano─. Pero, si no has comido nada… Y yo que te traía cena.
─Te lo agradezco, pero desde que estoy en el Tártaro, no sé… Es como si mi estómago…
─Eres un ángel, no digas más.
─¿Qué?
─Que no puedes comer lo mismo que los diablos. De hecho, ni siquiera necesitas comer. ¿Sabes? A veces aquí se revela la auténtica forma de las cosas. ─Y la miró fijamente─. Y en verdad debes de ser el Primer Ángel si ni siquiera esa cicatriz de alimaña te ha pervertido.
─¿Qué significa eso? ¿Los heridos por alimaña se convierten… en lo mismo? ─preguntó muy preocupada por Lorick, a quien había mordido una criatura apenas dos días antes.
Antes de responder Ibis depositó lo que le había traído en la repisa, junto al pan gris. Era un caldo turbio y poco apetitoso.
─Exacto. Muchos han llegado aquí siendo humanos… y no se han podido marchar.
─No estoy segura de si mi hermana está en el Tártaro, con Lorick y con Nilo.
─Nilo… ¿El hermano granuja de Amneris?
Atti asintió y en el rostro de Ibis se perfiló una sonrisa nostálgica. Ya no los odiaba. A su lado, la lamparilla desprendía un irrespirable olor a grasa rancia.
─Necesito encontrarlos, Ibis.
─Ah… EL Gran Laurel restringe mi don para la adivinación: a menos que él me lo permita, no puedo ver casi nada.
Attaegina recordó el día que Ibis, solo apoyando un dedo en su entrecejo, adivinó tantas cosas sobre ella.
─Necesito salvar a Halcón…
─Si no me equivoco, Halcón sustituyó a Minos, ¿verdad?
─Exacto. Nabor lo tenía todo preparado para despertar a Keriel en el cuerpo de Minos pero, por lo visto, finalmente el destinado para ello fue Halcón, que también es hijo suyo.
─El Patriarca y sus decenas de hijos anónimos y sacrificados, ya veo…
¿Estaría Ibis arrepentida por colaborar en el sacrificio de Nimeria? Al fin y al cabo, era su sobrina.
─Si vas a hacer todo eso necesitarás saber algunas cosas, Attaegina. ¿O crees que el Tártaro es como las praderas de Bérika?
─¿Y qué necesito saber? ¿Puedes decírmelo tú?
Ibis se acomodó de mala manera en un rincón y comenzó:
─En primer lugar, eres la mujer más buscada del mundo en este momento.
No creo que haya más ángeles en el Tártaro ahora mismo.
Azufre sabe perfectamente que estás por aquí.
Ayer cuando llegaste, antes de estrellarte contra los peñascos, iluminaste el cielo como una estrella fugaz.
Eso no ha pasado desde hace miles de años, cuando los ángeles llegaron a la Antigua Pangea.
─Pero, ¿quién es Azufre? ¿Es el rey de este lugar o algo así? Yo pensaba que ese era Halcón.
─No, querida, no. Te equivocas. Entre los diablos hay bandos también.
Attaegina volvió a recordar las palabras de Enok, en el corazón del desierto, cuando le dijo aquello sobre Halcón: «Todos lo odiamos».
─Hace muchísimo tiempo, al morir Keriel, Azufre se autodenominó Rey de los Diablos tras matar a todos los candidatos.
Y hasta la fecha no ha existido ninguno capaz de hacerle frente.
Pero Nabor supone que el nuevo Keriel lo destronará.
De hecho, se dice por el Tártaro que el rey Azufre ha invitado recientemente al Patriarca con su heredero para un encuentro amistoso.
Y una de dos: o quiere entablar una alianza o es todo un montaje, un engaño, para tenderle una emboscada a Halcón.
─¡Tengo que avisarle como sea!
─Attaegina, estamos hablando de Nabor, ¿te crees que él no cuenta con ello? Es el ser más calculador y enrevesado del mundo. Tendrá algo preparado, así que no padezcas. Además, Halcón no tendrá problemas en tumbar a Azufre.
─Y eso, ¿por qué lo sabes?
─Porque Azufre y él se conocen desde hace mucho tiempo. Digamos que el actual Rey de los Diablos fue algo así como el discípulo de Keriel. De hecho, todo el mundo sospecha que ese no es su verdadero nombre.
─Entonces, ¿quién es?
─Probablemente, uno de los doce ángeles que cayó por seguir a Keriel.
El relato de Ibis de pronto despertó memorias en Attaegina que no recordaba haber vivido, cosas que le sucedieron cuando ella era el Primer Ángel.
Lo sintió tan vívido y real como si acabara de ocurrir.
Sí, conocía esa parte de la historia de Pangea.
La caída de los ángeles, incluso sus nombres: Luzbel, Istar, Loki…
Exactamente los doce nombres de la pronuncia que, sumados al de Keriel, componían aquel decreto diabólico del fin de los tiempos.
─Dijiste que Nabor destruyó el manuscrito de Calíope, ¿no? ─le preguntó la suma sacerdotisa.
─Sí. Se lo robó a Nilo.
─¿Al niño? Maldito cobarde ruin...
─¿Qué podemos hacer sin el manuscrito, Ibis?
Ibis parecía decepcionada. Era tan recta y severa, tan perfeccionista…
─Es una pena porque el contradecreto te serviría para sacar a Keriel del cuerpo de Halcón.
─Lo sé. Pero Elkerael y la madre de Halcón me hablaron de una reliquia de Antigua Pangea que podría ayudarme en mi propósito.
─¿Qué reliquia? Hay más de una.
─El Espejo de Obsidiana.
El gesto de Ibis se contrarió al escucharla. ¿Acaso una mujer tan sabia no había oído hablar de él? Eso desesperanzó a Attaegina.
─En el Tártaro se cree que el rey Azufre lo escondió para su uso exclusivo ─comentó la suma sacerdotisa─.
Es imposible averiguar dónde se encuentra, créeme, no son pocos quienes lo han buscado.
No acabo de entender por qué Elkerael lo cree tan importante.
Dicen las malas lenguas que Azufre se frustró mucho al no saber usarlo.
Hasta acusó a la familia real de Pira de haberle estafado.
Por lo que yo sé, se necesitan otras reliquias para que el espejo funcione.
Si no las tienes, se trata de un simple pedazo de piedra negra. No te valdrá para nada.
Attaegina, no con pocas dudas, le mostró la gema. Nunca antes cuando estuvo en el templo Ibis se la había visto, pues siempre se aseguraba de llevarla bien oculta.
─¿De dónde la has sacado? ─le preguntó la suma sacerdotisa sin caber en sí de asombro.
─En realidad esta es la de Halcón. La mía la tenía él… ─y añadió con tristeza─, aunque no sé si aún la conservará.
─¿Me permites verla de cerca?
─Claro.
Ibis examinó la gema sobre la lúgubre luz de la lamparilla, por un lado y por otro, enarcando una ceja.
─Durante años como sacerdotisa leí papiros que hablaban sobre esta gema. ¿La otra es de color azul índigo?
─Sí.
─¿Y se puede saber de dónde las sacasteis, Attaegina?
─Elkerael nos las dio cuando éramos niños. Halcón y yo ni siquiera nos habíamos visto nunca. El maestro dijo que nos las había guardado desde los tiempos de la caída. Pero nunca nos ha explicado más.
La suma sacerdotisa suspiró.
─Entonces, tal vez solo puedas averiguarlo colocándote ante el Espejo de Obsidiana.
─¿Y me mostrará lo que necesito saber?
─Entiendo que sí. Esas reliquias pertenecen a los ángeles. Interactúan entre ellas.
─Entonces, ¿son tres las reliquias de la Antigua Pangea?
─No exactamente, Attaegina. Verás: los diablos también poseen la suya. Y es preciso que la conozcas si vas a deambular por el Tártaro.