CAPÍTULO 66
Lejos de la ciudad imperial de Arbel, pero también de Colina Negra, una lluvia cenagosa barría incesantemente los campos yermos.
Repiqueteaba en el techo de un corral abandonado dentro del cual Attaegina dormitaba aterida, encogida sobre sí misma, cubriéndose con sus alas de ángel, mojadas y manchadas del fango gris oscuro de los suelos encharcados.
Cuando se despertó la cabeza le daba vueltas.
No recordaba cómo ni cuándo había aterrizado en ese lugar.
Es más: de lo último que se acordaba era del beso de Kairós, de las cosas que le había dicho. De la memoria del agua…
Se levantó airada, con sensación de urgencia, y se golpeó con una viga en la cabeza.
El techo era muy bajo allí dentro. En una esquina estaba apoyado su bastón, intacto.
Eso la tranquilizó. Además, alguien le había dejado un panecillo gris sobre una repisa para que no se deshiciera en los charcos del suelo. ¿Debería comérselo?
Lo cierto era que no tenía hambre. Aun así, lo cogió y pellizcó un trozo con los dedos.
Se lo acercó a la nariz. Olía a carbonilla, a nada apetitoso.
Tampoco a nada que le recordase a un veneno.
Todavía con dudas se echó el pedazo a la boca y, acto seguido, sintió una arcada y lo escupió.
Como todavía tenía ganas de vomitar salió afuera cuando una figura encapuchada que se acercaba deprisa le indicó que tenía que volver a entrar.
─ ¡Escóndete! ¡Deprisa, Attaegina!
Pero, ¿de quién era esa voz de mujer que le resultaba tan familiar? La figura entró con ella en el corral y, una vez allí, se descubrió la cabeza. Attaegina no cabía en sí de asombro:
─ ¿Señora? ─ preguntó. Al parecer no había perdido la inercia de llamarla así.
La suma sacerdotisa de Teff, la misma mujer por la que jamás habría entrado en el Templo del Laurel si de ella hubiese dependido, estaba allí, solo que a su deslumbrante belleza se habían sumado signos de cansancio, maltrato y pobreza y, por supuesto, decenas de años que mostraban su auténtica edad.
El cabello, sucio y empobrecido, lo llevaba recogido en la nuca, y ninguna joya de oro con piedras preciosas adornaba ya su cuerpo.
Bueno, sí, había una: una fina cadena de oro rojo ceñida a su cuello, no más.
─ Parece que hayas visto un diablo, Attaegina ─ dijo para romper el hielo. La miseria no le había hecho perder la arrogancia, por lo visto.
─ Tú… ¿Qué haces aquí? ¿No estabas muerta?
Ibis asintió, cruzada de brazos.
─ Lo estoy. Todos creen que me excedí en la dosis de medicina de laurel. Pero lo que sucedió en realidad, y esto ni siquiera Libia lo sabe, fue que Nabor me asesinó.
Attaegina no supo qué decir. Sabía que el Patriarca era capaz de cualquier cosa, pero ¿por qué a Ibis? Si era su más fiel sacerdotisa…
─Buceé en las memorias de la profetisa Calíope para facilitarle los trece nombres, ya sabes, para despertar al Ángel de la Codicia. Y en cuanto le revelé el último de ellos, consideró que ya no me necesitaba…
El rencor la tenía presa. Era obvio que esa mujer no descansaría hasta consumar una venganza digna del agravio que había sufrido.
Así que ya no estaba de parte del Patriarca.
Quizás por eso había ayudado a Attaegina, quien creyó que era poco prudente confiar en ella sabiendo todos los crímenes que también esa mujer había cometido en nombre del Imperio.
─¿Y qué haces en el Tártaro? ─le preguntó─. ¿Es que no pudiste trascender?
─¿Trascender? Anda, no me hagas reír…
─Sekmis trascendió.
Al escuchar el nombre de su hermana Ibis bajó la guardia y se mostró casi vulnerable. Necesitaba saber.
─Cuéntame más, por favor.
─Ibis, tu hermana ayudó a mis amigos a encontrar el manuscrito de Calíope.
─Así que, ¿lo tenéis vosotros? ¿El original?
─Por desgracia, no ─respondió Atti con abatimiento─. Nabor lo destruyó.
Ibis no dijo nada. Era una mala noticia. Pero en lugar de hablar de ello, insistió con el tema de Sekmis. Attaegina le explicó:
─Sekmis dio la vida por mi hermana. Antes de morir dijo que era su acto de redención para enmendar sus errores. Que así se quitaba por fin el yugo de toda una vida.
Al oírla, Ibis se enjugó una lágrima. Pensar en Sekmis, saber cómo había muerto y asegurarse de que aquella sí había trascendido y ya descansaba en paz, la removió por dentro.
Al fin y al cabo, aunque fueran mellizas, Ibis era la mayor de las dos, y por una hermana pequeña siempre se velaba. Al menos Sekmis era libre ya.
─¿Sufrió? ─preguntó con la voz trémula. Attaegina negó con la cabeza.
─Se durmió poco a poco. Creta dice que su aspecto era el de una anciana.
─Claro, porque la vio en su verdadera edad, como yo ahora.
─¿Hacíais magia negra para manteneros siempre jóvenes?
Ibis suspiró como si ese tema la agotara.
─El Patriarca nos mantenía jóvenes y hermosas a lo largo de décadas. Pero, como puedes imaginar, eso no era gratuito. Él siempre se lleva algo a cambio. Siempre, siempre sale a ganar.
Le mostró la cadena de oro rojo y Attaegina reconoció de inmediato ese metal.
─Si la tocas te quemarás, chica ángel ─le advirtió la suma sacerdotisa.
─¿Por qué la llevas? ¿Qué significa? ¿Aún te debes a Nabor?
─Significa que mi alma no es libre. Que tengo un dueño a quien debo cien años de servicio y favores.
Pero no es Nabor. Digamos que yo estoy pagando una condena que tendría que pagar el Patriarca.
¡Ay, Attaegina Mentastro! ¡Bendita tú que te diste cuenta desde el principio!
─Un sollozo la interrumpió y la suma sacerdotisa se desmoronó como un castillo de arena─.
Siempre le hacíamos el trabajo sucio. Ahora tiene a Libia bajo su mandato.
La está enredando en sus artimañas. De hecho, ella ya está maldita.
─¿Por qué?
Ibis, por primera vez desde que Atti la conocía, se mostró compasiva. Y es que Libia era una discípula tan obediente y fiel que su mentora le había cogido verdadero cariño.
─Libia pronunció los trece nombres. Nabor la necesitaba porque sabía que, quien los lee, queda maldito para siempre.
De pronto Attaegina sintió pena por Libia. Habían sido buenas amigas mientras vivieron juntas en el templo, cuando solo se tenían las unas a las otras.
─¿Tú también lo sabías? ─le preguntó a Ibis.
─¡Claro que lo sabía! Por eso iba a ser yo quien los leyera.
De todas formas me daba igual, mi alma ya estaba condenada desde hacía muchísimo tiempo.
De haber seguido viva, jamás habría permitido que esa niña pronunciara ni uno solo de los trece nombres del Rey de los Diablos.
Pero Nabor me asesinó antes de que pudiera advertir a Libia…
Y ahora, fíjate: ella es otra víctima más de los planes de ese desgraciado.
Attaegina no podía negar que la solidaridad de Ibis la tenía sorprendida, pues nunca antes creyó que esa arpía podría llegar a cuidar de alguien que no fuera exclusivamente ella misma.
¡Incluso había cuidado de ella al esconderla en ese corral!
Y lo había hecho aun habiéndola odiado con todo su ser en el pasado.
Tal vez, ahora que estaba lejos del templo y de Nabor, Ibis había cambiado. Pero, ¿podría confiar en ella?
─Señora.
─Anda, llámame Ibis.
─Ibis, cuéntame: ¿quién es tu amo ahora?
Ibis tragó saliva para evitar derramar más lágrimas. Le aterraba reconocerlo.
─El Gran Laurel…
─¿El Gran Laurel? Pero, si quedó destruido…
─Ah, ingenua… El Gran Laurel nunca fue ese árbol que teníamos en el templo, sino el diablo que lo parasitaba.
El mismo diablo que, a través del veneno de sus bayas, nos facilitaba las adivinaciones y los oráculos.
Ahora estoy en deuda con él. Trabajo en su casa como una esclava, día y noche.
Se divierte encomendándome tareas imposibles, como llenar cubos de agua llenos de agujeros…
Es un diablo odioso como todos los demás.
─¡Ibis! ─llamó de pronto una voz estridente que se oía de lejos─. ¡Ibis! ¡Maldita inútil! ¿Dónde te has metido!
El miedo inundó el rostro de Ibis, que se apresuró a salir del corral.
─¡Voy en seguida, amo! ─respondió.
Attaegina supuso que el Gran Laurel vivía allí.
─¡No salgas del corral, Attaegina! ¡Si él te ve, te entregará!
─¿Entregarme a quién?
─Azufre, el Rey de los Diablos, dará una recompensa histórica a quien te dé caza. Sabe que estás en el Tártaro.
─Pero, ¿quién es el Rey de los Diablos? Y, ¿cómo lo saben? Si yo apenas me he movido de este sitio...
─¡Ibis! ¿Cuántas veces tengo que pedírtelo? ─exigía el Gran Laurel cada vez más irritado─. ¡Deja de holgazanear por los rincones!
Ibis se estaba poniendo nerviosa.
─Vuelvo esta noche, Attaegina. Pero, de momento, no salgas de aquí.