El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

Otro carro, no muy diferente al que transportaba cadáveres, avanzaba entre los caminos de piedra parda y maleza cenicienta que componían los paisajes aciagos del Tártaro.

Tiraban de él dos percherones que más bien parecían criaturas de ultratumba, con la mirada hueca y garras de ave en lugar de cascos.

Por el hocico exhalaban un vaho más oscuro que el humo y respiraban con sonidos roncos.

─ ¿Y yo qué culpa tengo de que los hayan tumbado en la primera ronda?

─ decía el conductor sentado sobre el pescante.

La piel cetrina, los colmillos desencajados de su mandíbula y el fondo turbio de su mirada eran características propias de los diablos.

A su lado iba otro parecido aunque bastante más grande, pues el primero era flacucho. ¿Acaso eran hermanos?

─¿Cómo que qué culpa tienes? ─protestaba aquel otro gesticulando mucho con los brazos─. ¡Si los compraste tú en el mercado de Arbel, so pedazo de gañán!

─¡Pues haber ido tú a comparlos! ¿No te joroba?

El grande le sacudió una colleja al flacucho y se enzarzaron en una pelea de lo más estúpida cuando otro que viajaba en la parte trasera del carro intervino.

─¿Queréis callar? ¡Hacéis mucho ruido! ¡Y como despertéis a Tauro…!

─¡Calla! ─le ordenó el grande. El flacucho detuvo el carro al instante.

─¿Qué? ¿Qué pasa ahora? ─protestó el de atrás incorporándose para mirar. Tenía dos cuernos en la cabeza enroscados como los de un macho cabrío. Uno de ellos estaba roto, quizás por haberse enfrentado en combate con algún otro cornudo a fuerza de cabezazos.

A unos metros, tirados en medio del camino, estaban los cuerpos de Creta y de Lorick cubiertos de polvo.

El flacucho fue el primero en bajar del carro.

Luego se acercó muy despacio, casi con sigilo.

Detrás iba el cornudo. Era, con diferencia, más atlético y corpulento y, además, iba armado con un sable y vestido con una loriga militar.

─¿Qué son estos dos? ─dudó el flacucho olfateando el aire con la boca abierta─. Parecen humanos, pero no huelen a humano…

─Él viste como un soldado de Pira ─añadió el cornudo. Después se acercó más y miró a Creta con curiosidad. Se agachó junto a ella y una sonrisa lasciva se perfiló en su rostro plagado de cicatrices─. No sé, pero a esta me la quedo yo…

Y su mano velluda y grotesca se deslizó por encima de uno de los muslos de Creta, deseosa por hundirse muy despacio entre la tela de su túnica y sus nalgas…

Momento en el cual Creta se revolvió, rauda como un relámpago, y le clavó sus dagas de plata, una en el hombro y la otra en el costado.

El cornudo bramó de rabia y dolor al mismo tiempo mientras Creta se ponía en guardia con la respiración agitada.

─¡Ahora vas a ver, puta! ─rugió el cornudo dispuesto a vengarse, sable en mano.

Pero el arpón de Lórick, impactando en su cara a una velocidad estrepitosa, lo dejó fuera de combate durante unos segundos.

Mientras el nórdico terminaba con él, el flacucho regresó corriendo al carro junto a su hermano con la intención de dar media vuelta y marcharse por donde habían llegado, pero aquel otro le sugirió esperar al menos hasta ver cómo se resolvía la lucha.

Lorick peleaba contra el cornudo batiendo su arpón con maestría, sabiendo además que la plata era especialmente dolorosa en la carne de esas criaturas, por eso su enemigo se limitaba a evitar su impacto sin casi tiempo para contraatacar.

Lorick terminó por desarmarlo y, cuando el cornudo ya no pudo defenderse, el nórdico terminó con él ensartándole el arpón en el pecho.

Cuando Lorick y Creta se quedaron solos frente a los dos demonios del carro, creyeron que los dejarían en paz. Sin embargo, el más grande ya se había ocupado de llamar a los refuerzos: Tauro se había despertado.

En la parte de atrás del carro, arrebujado entre balas de paja y armas de hierro oxidadas, se levantó una figura astada que, en cuestión de un momento, adoptó un tamaño que doblaba a Lorick.

Su cuerpo era de fisionomía humana, pero la cabeza era la de un toro salvaje, como los uros de las mesetas, solo que su expresión era, si cabe, más temible.

Creta y Lorick cruzaron una mirada, suficiente para acordar que lo mejor era tratar de escapar a un lugar seguro.

Pero Tauro, a pesar de su tamaño, era sorprendentemente rápido, y le bastó dar un latigazo para desarmar a Lorick.

El arpón de plata cayó al suelo mientras empezaban a correr.

El siguiente impacto se enredó en el tobillo del nórdico y lo arrastró por encima de la tierra seca mientras aquel luchaba por aferrarse con las manos a cualquier protuberancia de roca. Fue inútil, Tauro lo había cazado.

─¡No! ─gritó Creta.

─¡Corre, vete! ─le suplicó Lorick mientras el monstruo lo retenía apoyando sobre él una de sus pezuñas.

Pero ella no le hizo caso. Con sus dagas de plata, una en cada mano, le plantó cara a esa bestia, esquivando sus latigazos como buenamente podía.

Estaba de sobra acostrumbrada a saltar y a correr, pero sus armas eran de corto alcance, y a menos que libraran un combate cuerpo a cuerpo, su técnica era poco efectiva.

En un momendo dado, consiguió agarrar el látigo y trató de cortarlo, pero Tauro la atrapó con sus manazas.

Le apretaba muy fuerte, Creta pensó que le iba a romper los huesos de un momento a otro.

─¡Déjala, Tauro! ¡La queremos viva! ─le dijo el diablo grande. Y Tauro, esa fiera inmunda, obedeció como un perro faldero depositando a Creta en el suelo, momento en el que el flacucho le colocó grilletes en manos y pies al igual que habían hecho con Lorick.

─Súbelos al carro ─le ordenó el grande a Tauro─, nos los quedamos. Y tú, Ticio, recoge sus armas, nos vienen muy bien para los duelos.

─¡Eh! ¿Por qué yo? ─protestó Ticio, el flacucho─. ¡Ah, claro! ¡Como no quieres quemarte, me lo mandas a mí! ¿Verdad, jefe?

─Anda, no seas llorica y recoge esas armas. Las tres. Las quiero las tres.

Ticio se acercó tembloroso a las dagas gemelas y, con una gota de sudor cayendo por su frente sembrada de pústulas, las cogió por el mango con mucho cuidado de no tocar la hoja de plata.

─Pero, ¿qué haces, imbécil? ─lo reprendió el grande─. ¡No las pongas con el resto! ¡Estas tienen que ir aparte!

─¿Algo más, su majestad?

Ticio, mirándolo con desprecio, escupió al suelo. Y mientras se ocupaba de la complicada tarea de manejar plata siendo un diablo, su hermano el grande se dirigió a Creta y a Lorick, que permanecían juntos en la parte trasera del carro, tensos, a la espera de cualquier posibilidad de escapar.

─¿Qué lugar es este? ─preguntó Creta en tono desafiante.

El diablo grande se quedó perplejo. Casi no supo ni qué tenía que responder.

─Eh… Pues, ¿qué lugar va a ser? Estamos a punto de llegar a Colina Negra, en las afueras de Arbel, la ciudad imperial.

─¿Estamos en el Tártaro? ─preguntó Lorick. Los dos diablos se echaron a reír. Creta apenas había escuchado hablar de ese sitio. Hasta ese día creía que se trataba de una leyenda de las que Atti contaba a los niños cuando no querían irse a dormir.

─¡Que si estamos en el Tártaro, dicen! ─comentó el grande con el flacucho, sin dejar de carcajearse─. ¡Estos sí que se han dado una buena fiesta!

─¡Malditos borrachos! ─reía Ticio─. ¡Por eso estaban ahí en medio tirados! ¡Si esto no es el Tártaro, yo soy un angelito!

─Pero, vamos a ver, ¿sois humanos o qué sois vosotros? ─les preguntó directamente el grande.

─¡Claro que somos humanos! ─protestó Creta indignada por su atrevimiento. Sin embargo, a ese par de demonios no parecía convencerles su respuesta.

─¿A dónde nos lleváis? ─preguntó Lorick.

─De momento a mi casa, que hoy ya estamos de retirada. Pero mañana nos vamos al circo.

─¿Al circo? ¿Cómo que…?

─Bueno, bueno… Tampoco te esperes gran cosa, que no es el circo de Arbel. De todos mis gladiadores solo Tauro ha llegado a competir allí en una ocasión. Se celebraban los juegos del rey.

─Entonces, ¿ahora somos tus gladiadores? ─preguntó Creta.

El diablo grande se encogió de hombros.

─Técnicamente, sí. El único que quedaba vivo era el cornudo y os lo habéis cargado, pero con vosotros me he llevado dos por el precio de uno, así que no os lo descontaré del salario.

Todos los demás han muerto esta mañana. El tonto de mi hermano se gastó la mitad de nuestro oro en comprar inútiles en el mercado de esclavos.

─¡Nosotros no somos esclavos! ─exclamó ella intentando ponerse de pie. Los grilletes de sus pies se lo impidieron y le hicieron caer torpemente sobre la paja. El diablo grande sonrió complacido.

─Me parece a mí que sí, bella flor. Y da gracias por que te haya reclutado como gladiadora y no te haya vendido a un burdel. Aunque, bueno, con ese carácter no sé yo si te habrían aceptado… En fin, ¿cómo te llamas?

Lorick iba a advertirle de que no dijera su nombre, pero para entonces ella ya había pronunciado con orgullo y firmeza:

─Creta Mentastro.

No tenía miedo.

─Vaya… Me suena el apellido, ¿por qué crees que me suena, Ticio?

─¿Y yo qué sé? ─respondió el flacucho terminando de coger el arpón de Lorick con un trapo en cada mano para no quemárselas. Su hermano lo ignoró.

─En fin, Creta, da igual. ¿Y tú eres…?

─Lorick.

─Bien, muy bien. Parejita feliz… A la gente le va a encantar. Espero que me duréis más de una ronda.

─Dinos tu nombre ─lo interrogó Creta con severidad─. Tú ya sabes los nuestros. Que sepamos al menos a quién nos dirigimos si vamos a trabajar para ti.

Al jefe no le gustó demasiado, pero era justo. Mientras tanto, Tauro volvía a ser del tamaño de un hombre y se recostaba entre la paja del carro, como una bestia cansada. Al verlo tan cerca de Creta, Lorick le cambió el sitio y se colocó entre ella y el monstruo sin quitarle el ojo de encima.

─Soy Ixión el Generoso, hijo de Ixión el Avaro.

─¡Bah! ¡Generoso, generoso…! ─protestó Ticio volviendo a ocupar el pescante y cogiendo las riendas─. Si lo fueras, me pagarías más. Déjate ya de palabrería y vámonos de una maldita vez.

El carro se puso en marcha de nuevo por aquellos caminos inhóspitos que, al atardecer, se colmaron de bruma.

Mientras Ticio e Ixión discutían encarnizadamente por cualquier cosa, Tauro dormía profundamente.

Lorick cogía la mano de Creta en silencio, que buscaba algo de consuelo en el hombro del nórdico apoyando allí su cabeza mientras miraba con angustia aquel cielo nocturno sin luz, sucio como el plomo.

No sabían nada de Nilo ni de Attaegina. ¿Les habría deparado el destino algo peor que ser gladiadores?