El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

La triste labor de transportar los cadáveres de sus vecinos había recaído sobre Aleff Mentastro, que era de los pocos hombres que no había enfermado.

Tirando de un carro, en una marcha funesta, llevaba a quemar los cuerpos de los fallecidos cada noche.

Los últimos fueron Anut y su padre. Cuando Corina Arrayán depositó allí el cuerpo de su único hijo, flaco como un leño, sintió que la semilla de una muerte lenta y larga acababa de germinar en ella para cobrarse su aliento más adelante, cuando todo pasara y su ayuda ya no fuera necesaria.

Era el quinto día que se quemaban cadáveres.

En el centro de la aldea, donde el abrevadero y el postigo, se había levantado una pira funeraria.

El fuego quemaba la podredumbre, sus llamas purificaban cualquier vestigio de enfermedad.

Al día siguiente, la ceniza y los huesos serían amontonados en las dehesas, volviendo ácida la tierra que los recogería.

En cualquier caso, tampoco quedaba ya una sola cabra viva que necesitara pastar allí.

Con los pozos envenenados y sin ganado sería muy difícil, cada vez más, sobrevivir en Caliza.

Para mayor desdicha, los hombres de Likós desde la distancia habían prendido fuego a los graneros de Lorick con sus flechas flamígeras sabiendo que eran los más grandes de la aldea, aquellos que abastecían a varias familias además de los Salmón.

No contento con eso, para vengarse por la humillación Likós había ordenado incendiar también los bosques circundantes, y aunque era invierno y las llamas no se había propagado demasiado, bastó para que los animales salvajes huyeran.

No había, por tanto, ni aves ni plantas silvestres ni leña, sino solo destrucción.

La despensa de los Mentastro era de las pocas que se había salvado. Con todo el alimento que había acopiado durante el otoño con ayuda de sus hijos, Aleff trataba de repartir para todos quienes lo necesitaban. A su lado Prímula, la madre de Lorick, trabajaba sin descanso día y noche.

─Si sigue muriendo gente a este ritmo, hasta sobrará comida ─dijo. Aleff negó con la cabeza.

─Ten fe.

Muy a su pesar, dejó que Tauh partiticipara en todas las labores necesarias. El chico estaba fuerte y era osado. Su carácter era duro como las piedras.

─Ve a ver si tu hermana necesita algo ─le pidió al verlo entrar por la puerta con su arco y su carcaj.

Tauh, sin responder, se dirigió a la que había sido siempre la habitación de las mujeres de la casa.

La pequeña Galatis seguía en cama soportando fiebres terribles, vomitando todo lo que comía.

Había perdido tanto peso que se le notaba cada hueso del cuerpo y su brillante piel trigueña se había desprovisto de color, apagándose como la luz de una tarde lluviosa.

A su lado, Ceres permanecía incansable, día y noche, poníendole paños fríos, cantándole, preparándole algunas medicinas que Atti le había enseñado a elaborar.

Y rogando la ayuda de los ángeles para que la más pequeña de los Mentastro sobreviviera una noche más a la quema de cadáveres.

─Necesito que me traigas más agua ─le pidió a Tauh.

El gesto de Tauh era impenetrable. Parecía haber crecido cinco años en dos semanas.

─En seguida voy ─dijo─, cada vez es más difícil. He intentado ir al arroyo, pero esos cabrones todavía están ahí montando guardia. Nos tienen rodeados, quieren que nos muramos todos aquí dentro.

─Pues no va a morir nadie más. No lo permitiremos. Galatis vivirá, y cuando vuelvan Atti y Creta les contaremos todo esto y haremos que se sientan orgullosas de su apellido, porque ningún Mentastro va a morir por culpa de los soldados del Imperio.

Tauh no respondió. ¿Qué habría hecho Lorick en esa situación? Se lo preguntaba siempre que se veía en un entuerto que no sabía cómo resolver. Y, normalmente, al poco recibía respuesta.

─Creo que sé dónde puedo encontrar agua limpia ─dijo. Luego besó a Ceres en la mejilla y se dio media vuelta para marcharse.