CAPÍTULO 62
Desde que llegaron a una de las salas de curas, Keriel no había hablado más. Pero su mirada se encontraba muy lejos de ese lugar y de ese momento. Parecía muerto en vida, sumiso y dócil a las curas de Libia.
─Tranquilo, relájate ─le dijo mientras le masajeaba la espalda con bálsamo de mirra. Había aprendido que Keriel respondía especialmente bien a aquel aroma, y aunque no conocía el motivo, empezaba a sospechar que detrás había algún recuerdo hermoso. Alguno vivido con Attaegina, seguramente.
Las manos de Libia se deslizaban por encima de los hombros de Keriel sorteando sus alas membranosas con ternura.
Reconocía que en cualquier otro hombre le habrían parecido repugnantes.
En Keriel no, pues lo amaba. Sí, lo amaba a pesar de las astas, de las alas, de las garras y los colmillos, de la cola que batía con un vaivén monótono mientras estaba sentado allí.
Lo amaba a pesar de haberlo visto convertirse en una bestia gigante e inmunda sedienta de sangre.
A pesar de saber que no existía atrocidad que él no hubiera llevado a cabo en el campo de batalla.
Se había enamorado de un diablo. Y podía vivir con todas sus maldades, con su impureza y hasta con el miedo de no saber si él, en cualquier momento, le mordería el cuello hasta dejarla seca.
Sin embargo, con lo que no podía vivir era con el recuerdo de Attaegina sobre sus hombros.
No soportaba imaginar a Keriel besando a esa pueblerina traidora, dispuesto a morir por ella, como había demostrado en varias ocasiones en que ella misma había estado presente.
Y es que, ¿a quién quería engañar? Keriel había decapitado a Likós por lo que había dicho sobre la chica ángel.
En cuanto aquel imbécil mencionó Caliza, al Heredero le había cambiado la cara.
Todavía guardaba a Attaegina en su memoria. Y eso la mortificaba.
También Nabor se había dado cuenta, por eso se había enfadado tanto. Y Libia en su expresión había leído perfectamente lo que esperaba de ella: Keriel llevaba días sin beber la poción que le había hecho olvidar quién era. Tenía que suministrarle más.
─ ¿Estás bien? ─ le preguntó. Él asintió con la cabeza, indiferente.
Perdido. Ausente. Entonces Libia se puso a preparar el bebedizo.
Pero, ¿lo hacía por el Imperio? ¿O por ella y su propio interés?
Es más, ¿lo hacía por miedo a las represalias si desobedecía al Patriarca?
¿O también por miedo a que Keriel despertara de ese sueño en el que no recordaba nada de su pasado, volviera a ser Halcón y dejara de amarla para volver a amar a Attaegina?
La culpa la corroía por dentro, pero también los celos, que se le clavaban como abrojos.
¿Por qué la expresión de Keriel se transformaba al posarse sobre ella?
¿Por qué dejaba de parecer un ser feroz y despiadado para convertirse en un hombre por el que habría renunciado a todo, incluso al sacerdocio?
En ocasiones se convencía de que él la amaba de verdad.
« Y, ¿por qué no? » , se decía. « Puede que amara a Attaegina en el pasado, pero ahora me tiene a mí » .
Además, ahora que estaba condenada a convertirse en una alimaña, no pensaba negarse nada.
Ya había sacrificado suficiente por el Imperio.
La poción estaba lista. Libia ya conocía la fórmula de memoria de tantas veces como la había preparado en las últimas semanas.
Tomó las tres primeras gotas, se acercó a Keriel y, colocada frente a él, le abrió suavemente los labios con los dedos índice y pulgar.
Mientras dejaba caer la dosis exacta debajo de su lengua se sintió reconfortada por el calor que el cuerpo del Heredero desprendía.
Aunque también se sintió ruin por mantenerlo engañado...
─¿Qué te ha pasado en la garganta? ─le preguntó Keriel de repente. Libia no supo qué responder. ¿Tanto se notaba ya a pesar de cubrirse con la gargantilla?─. Parece una maldición.
Libia recordó las palabras de Nabor. Si vendía su alma, la maldición no la mataría y podría seguir al lado de Keriel. Estaba dispuesta.
─ Lo es ─ asintió . Solo entonces el Heredero pareció reaccionar.
─¿Cómo que una maldición? ¿Qué te va a pasar, Libia? ¿Qué puedo hacer yo?
Y la abrazó intensamente, estrechándola contra su cuerpo y cobijándola bajo sus alas de diablo como si quisiera protegerla de todos los males del mundo. Para Libia fue como si el Cosmos hubiese escuchado sus deseos más profundos.
─No tienes de qué preocuparte… ─susurró apoyando la cabeza en su pecho mientras él le acariciaba el cabello con delicadeza.
Nada latía allí debajo, pero para ella Keriel estaba más vivo que cualquier otro hombre que hubiera conocido─.
Me convertiré en lo mismo que tú, Keriel. Así la muerte nunca podrá separarnos.