CAPÍTULO 61
Los guerreros de Alandum cada vez mostraban un aspecto menos humano.
Libia lo sabía, Tarso y los miembros de su escolta también.
Incluso las discípulas de la suma sacerdotisa estaban advertidas para no acercarse a esos hombres bestia bajo ninguna circunstancia, pues una de ellas había sido violada en los últimos días.
Y aunque Nabor había castigado con dureza al responsable, el mal ya estaba hecho.
Libia se puso hecha una furia cuando se le comunicó.
Y es que esos diablos campaban a sus anchas por todo el palacio.
Y a la cabeza de ellos, en ausencia del Patriarca o del Heredero, solía estar Likós. El detestable Likós.
Cuando Libia visitó los campos de entrenamiento, los soldados acababan de llegar.
En ese instante los esclavos se ocupaban de proporcionarles comida, vino y de atender a sus caballos.
Apenas había heridos. Pero entre todas las cabezas cubiertas con el casco militar resaltaba la de Keriel con sus astas portentosas.
Libia ya se había acostumbrado a verlo de ese modo, a camino entre hombre y bestia.
Y aun así, deseaba acercarse a él, cruzar una palabra, que la mirase a los ojos y tomarle una mano con la excusa de llevárselo a un rincón más íntimo para examinar su salud.
El torso medio desnudo de Keriel enmarcado en el atuendo militar despertaba en ella instintos que jamás antes había imaginado.
En el momento en que la vio aparecer, él le rindió una ligera reverencia.
Agachado ante sus pies, extendió sus alas membranosas con elegancia y, al instante, el resto de soldados lo imitó.
─ Señora ─ la saludó. Su voz seguía sonando cálida, humana a pesar de todo.
¿Cuántos cuellos habría mordido, cuántos cuerpos habría descuartizado?
¿Con cuántos inocentes habría desfogado su hambre de sangre caliente?
« Pero cuando hace eso no es Keriel ─ se decía Libia ─ , cuando hace eso es la bestia » .
La suma sacerdotisa, toda digna, se quedó en pie recibiendo aquel acto tan inmenso de respeto y luego, con elegancia, indicó a todos que podían levantarse y marcharse a sus quehaceres. Fue entonces cuando aprovechó para hablar con Keriel.
─ Mi más sincera enhorabuena por los méritos logrados en Pira ─ le dijo en tono distante, como esforzándose por ocupar el cargo honorífico que le correspondía y tratando de olvidar que, hacía solo unos días, él la había besado y ella, medio desnuda, le había ofrecido lo más valioso que poseía... sin haber sido correspondida.
─ Gracias, señora. Pronto toda la tierra que se conoce nos pertenercerá. Mi padre dice que velas por mí y por mi ejército cada día, que me mencionas siempre en tus oraciones.
─...como moscas! ─se escuchaba de fondo la molesta voz de Likós─. Los críos van a ser los primeros en morir. Les está bien empleado, no soltaron prenda sobre la chica ángel.
─¡Jodidos calizos! ─añadió uno de sus subordinados─. Son tozudos como cabras.
Libia sabía que hablaban de Caliza... y percibió un cambio en el rostro de Keriel. Un cambio que hasta le hizo temblar.
─¡El jodido niño! ¡Mira lo que me hizo! ─explicó Likós señalándose la cicatriz que le había hecho la flecha de Tauh.
─Era su hermano, ¿no? El hermano de la chica ángel.
─Sí, igual de insufrible. Luego estaban las pequeñas, tuvieron suerte de que no me las llevara. Pero la chica ángel no apareció, la muy zorra...
La masa de soldados que orbitaba a su alrededor se abrió para dejar paso a un temible Keriel.
Y cuando estuvo delante de Likós, sin dudar o siquiera variar su gesto, lo decapitó con su sable.
La cabeza de Likós rodó por el suelo de la palestra dejando un reguero de sangre sucia y ponzoñosa tras de sí, la sangre inconfundible de una alimaña.
Pero, salvo por los gritos de asombro y terror, nadie se atrevió más que a callar en señal de sumisión.
─¿Qué está pasando aquí? ─cuestionó el Patriarca apareciendo en escena. Keriel le sostuvo la mirada. De pronto había perdido la docilidad de las últimas semanas. Su guiño volvía a ser retador. « Como cuando aún era Halcón » , se dijo Libia.
─¡He preguntado que qué ha pasado aquí! ─rugió Nabor esperando una respuesta─. ¿Cuántas veces más tengo que repetirlo, Keriel?
Keriel se mantenía impenetrable con el sable en las manos, la hoja manchada. Libia, tras él, temblaba. Percibía la tensión previa al combate entre dos fieras que estuvieran luchando por el territorio, y no quería verse en medio si eso sucedía. Pero no dejaría solo a Keriel.
─Pasa que algunos guerreros se han excedido en sus licencias ─respondió al fin el Heredero, sin titubeos─, como ese inútil que enviaste a Bérika.
─Hijo arrogante... ¡¿Cómo te atreves a castigar a un hombre sin mi autorización?!
Nabor llevaba el látigo de plata encima. Desde que Keriel vivía en Teff no se separaba de él por si se presentaba la ocasión de volver a usarlo. Y ese día estaba cantado que el Heredero iba a recibir un buen escarnio.
─¿Acaso no soy el Heredero, padre?
El Patriarca se sintió tan humillado que avanzó hacia Keriel, látigo en mano, dispuesto a flagelarlo por su desobediencia sin esperar que Libia se interpondría entre ellos.
─¡No, por favor! ─suplicó la suma sacerdotisa.
Keriel, igual de confundido que Nabor, intentó apartarla, sacarla de allí como fuera, con rudeza.
Entonces ella se arrodilló ante el Patriarca─: Si tiene que castigar a alguien, que sea a mí por no haberle dado al Heredero los cuidados que merece.
Keriel acaba de llegar del campo de batalla, está muy cansado. Por favor, tenga piedad.
Nabor sentenció a Libia con la mirada. La humillación estaba llegando demasiado lejos, ¡una mujer oponiéndose a su voluntad!
Posiblemente en otras circunstancias habría sacudido su látigo sobre ella, pero si lo hacía en esos instantes estaba seguro de que Keriel le saltaría encima como una bestia desbocada.
Igual que había hecho en más de una ocasión cuando todavía era Halcón y alguien se atrevía a tocar a Attaegina…
Sí, era eso. El Patriarca, guardando el látigo, comprendió lo que sucedía y le bastó un gesto para que Libia supiera exactamente qué hacer.
─¡Llévatelo y dale sus bálsamos y medicinas! ─le ordenó─. ¡Y el resto! ¡¿No tenéis nada mejor que hacer?!
Los soldados se disgregaron como hormigas atolondradas ante la ira del Patriarca, que no dudaría en cebar su látigo frustrado con quien se atreviera a cuestionarle. Luego se retiró.
─ Keriel ─le dijo Libia en voz baja cogiéndole la mano con cuidado. Pero él tenía la mirada perdida en el cuerpo decapitado de Likós. Y en su expresión había una rara furia contenida. Libia insistió─: Vámonos Keriel, los esclavos se ocuparán de enterrar a ese hombre.
─¿No fue en Caliza? ─le preguntó él inesperadamente.
─¿Qué?
Libia no entendía nada. Keriel insistió. Ahora la miraba directamente con aquellos ojos del desierto, esos del color de la arena dorada que, en ese momento, en nada se parecían a los de un diablo.
─En Caliza… Fue allí. Yo lo recuerdo… Tú estabas allí...
─Keriel, necesitas descanso y atención ─intentaba disuadirlo Libia con no poca culpabilidad. Pero también hirviendo de celos porque él aún se acordaba de Caliza. De Attaegina─. Anda, ven conmigo. Te daré una medicina que te hará sentir mejor. Y luego dormirás. Mañana tenemos un largo viaje.