CAPÍTULO 60
─Señora, el Patriarca está aquí ─anunció Tarso, el nuevo guardián personal de Libia, tocando a su puerta con timidez.
─Que pase ─respondió ella con la soberbia propia de una reina.
Entonces Nabor entró allí con el rostro cubierto por su máscara de oro.
Libia permaneció sentada ante su espejo.
Ni siquiera se dio la vuelta para recibirlo.
Ese día llevaba una lujosa gargantilla muy ajustada.
Cuando Tarso cerró la puerta tras ellos y se quedó a solas con Nabor, sintió un miedo repentino.
─¿Se puede saber por qué me has hecho llamar?
─preguntó el Patriarca quitándose la máscara y dejándola sobre el mueble de Libia.
Por respuesta, ella se desabrochó la gargantilla y le mostró algo: en el centro de su cuello, justo a la altura de su garganta, una mancha púrpura había brotado sobre su piel y tenía mal aspecto.
Nabor no se sorprendió mientras la escrutaba con su único ojo. Sabía perfectamente qué significaba.
─¿Qué es? ─le preguntó la suma sacerdotisa. Para entonces la altanería cedió su lugar a un tono desesperado─. ¿Qué es esta mancha? Crece con el paso de los días.
Nabor la miró con condescendencia.
─Parece que no has sido impune a la maldición ─dijo sin mostrarse preocupado. Libia empezó a ponerse nerviosa.
─¿Qué maldición? ¿Qué me va a pasar?
El miedo la desarmó por completo.
─Querida, te recuerdo que has leído el decreto que despierta al Rey de los Diablos. No una vez, sino dos. ¿Creías que no tenía consecuencias?
─¿Qué decreto? ¡Yo no he leído…! ─Se quedó pensativa. Claro que lo había leído─. ¿Te refieres a los trece nombres?
Nabor asintió con la cabeza y se encogió de hombros. Para él era algo trivial. Y Libia hirvió de rabia.
─¿Estoy maldita desde que pronuncié los trece nombres? Por eso querías que lo hiciera yo… ¡Por eso querías que lo hiciera yo! ¡Tú lo sabías!
Sus últimas palabras se mezclaron con lágrimas de rabia e impotencia mientras buscaba con los ojos algún objeto que arrojarle al Patriarca. ¡Ya le daba igual ser castigada o destituida! Pero era inútil. Al fin y al cabo, estaba condenada…
─Libia, ¿no te enseñaron tus mentoras que unas piezas son más sacrificables que otras?
─¿Qué?
No daba crédito a sus oídos. Nabor, sin sentir un ápice de compasión, continuó:
─Recuerda que ocupas este puesto para servir al Imperio, no para servirte a ti misma. Si no, habértelo pensado antes de aceptar convertirte en suma sacerdotisa y disfrutar de los lujos con los que te colmo cada día.
─¿Así que ese era el plan? ¿Que la maldición cayera sobre mí?
─¿Y si lo hubieras sabido te habrías negado?
Ella no se atrevió a responder. Nabor la amedrentaba.
¿Se habría atrevido a desobedecerle si hubiera conocido la maldición de antemano?
¿O habría cedido igualmente por miedo a perder sus privilegios?
El Patriarca lo sabía desde el principio, era un genio para enredar las vidas de la gente a sus antojos.
Y se sintió como una maldita cobarde, como una estúpida, con todas esas joyas de oro por encima del cuerpo en esa cámara privada que bien parecía la de una emperatriz. Y total, ¿para qué?
─¿Me voy a morir? ─preguntó finalmente con la voz entrecortada, perdiendo de un plumazo el porte arrogante que correspondía a su cargo. Nabor sonrió. Era su turno.
─Eso depende…
─¿Cómo que…? ¿Depende de qué?
─Depende de a qué llames morir. La mancha se irá extendiendo por tu cuerpo secándolo hasta acabar con él. Sin embargo, tienes una alternativa.
─¿Qué alternativa?
Libia se esperaba cualquier cosa, cualquier condición peor, más rastrera y ruin que haber pronunciado los trece nombres malditos.
─Tú también puedes convertirte en una criatura y vivir eternamente ─le ofreció Nabor─. Me refiero a una criatura sin alma.
─¿Quieres decir un diablo?
Nabor suspiró con impaciencia.
─Llámalo como quieras, vale. Sí, una alimaña, un diablo. Pero, piénsalo: solo así podrás estar con Keriel.
Su lengua viperina había vuelto a golpearle justo donde más le dolía. Libia empezó a tener dudas sobre si era tan malo entregar su alma y convertirse en aquello en lugar de esperar a la muerte y trascender. Entonces, el Patriarca continuó hablando aprovechando su nebulosa mental.
─A Keriel le importas, ¿sabes? No hay día que no pregunte por ti.
Además, si dejas de ser humana ya nunca más se sentirá tentado de clavarte los colmillos y descuartizarte.
Él desearía que lo acompañaras en su próximo viaje.
Navegaremos hasta las Islas Arkas. Una vez allí, tomaremos una ruta secreta que nos llevará hasta el Tártaro.
─¿Hasta el Tártaro? ─se escandalizó Libia.
─¿Creías que solo existe en las leyendas? ─rio Nabor─. Hay dos entradas al Tártaro en toda Nueva Pangea. Una de ellas se sitúa en medio de las Islas Arkas. Deberías acompañarle. Tenerte cerca le da seguridad y, con el tiempo, puede que se plantee comprometerse contigo.
─¿Qué? ¿Un compromiso? Pero, si yo soy una suma sacerdotisa. Yo no puedo…
─Tenéis mi beneplácito, Libia. ¿O no querría un padre ver feliz a su hijo?
Libia ya no sabía qué pensar. Se miró al espejo otra vez. La mancha en su piel solo auguraba una muerte lenta y agónica. Pero si aceptaba la propuesta de Nabor, no solo seguiría viviendo. Con alma o sin ella, le daba igual. Mientras pudiera estar cerca de Keriel…
─¿Aceptas, querida? ─le propuso Nabor sin casi darle tiempo a decidir─. Entrégame tu alma y yo me ocuparé de todo.
Libia asintió con la cabeza, temblorosa, y el Patriarca se mostró satisfecho mientras volvía a ponerle la gargantilla en el cuello. Cuando estuvo muy cerca de su oreja, susurró:
─Esta noche en mi cámara.
A Libia no le gustó tenerlo tan cerca. Esas manos que habían derramado tanta sangre sin dudar, ¿qué no podrían hacer en torno a su delicado cuello?
Últimamente le asaltaban pensamientos de peligro cuando Nabor se aproximaba y empezaba a darse cuenta de que siempre, absolutamente siempre, él salía a ganar. Sin importar qué piezas del tablero fueran sacrificadas.
Afortunadamente llevaba la gema oculta bajo su ropa. No se la quitaba jamás. Tenía la extraña intuición de que esa baratija aparentemente sin valor la mantenía protegida.
─Por cierto, Keriel acaba de llegar con sus tropas ─le dijo el Patriarca antes de marcharse─. La batalla fue un éxito. Pira ha quedado completamente destruida y el rey Kairós ha muerto sin descendencia. Mi hijo se ocupó personalmente de él.
Las contradicciones se agolpaban en el corazón de Libia que, por un lado, amaba a Keriel pero, por otro, detestaba conocer las atrocidades que cometía cuando se convertía en bestia. Eran como dos seres absolutamente distintos, o al menos intentaba convencerse de ello.
─¿No vas a ir a recibirle? Puede que necesite algunas curas o, incluso, unas gotas de ese bebedizo tuyo.
La insinuación de Nabor no le pasó por alto. Era prácticamente una orden. Aunque en realidad se moría de ganas por ver a Keriel.
─Ahora mismo iré, señor ─asintió con docilidad.