El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

Crónicas de Antigua Pangea

Loki había sido, en su momento, un ángel travieso e ingenioso.

Se le daban bien los juegos de azar y era estupendo inventando acertijos, todavía mejor descifrándolos.

Además, tenía mucho sentido del humor. Sin embargo, pecaba de ser embaucador y embustero, defectos que, como era de esperar, se acentuaron cuando aceptó convertirse en diablo.

Pero el día que anunció a Keriel que Altair lo convocaba para un importantísimo parlamento, no se le ocurrió mentir ni bromear, como era propio de su estilo, pues eso le habría conllevado un durísimo castigo.

Aun así, Keriel dudó de su palabra. ¿De pronto Altair quería verle?

Quizás dudó de sí mismo en realidad, de qué sentía por ella.

Y es que el tiempo, se daba cuenta entonces, no había conseguido borrarla de su memoria.

¿Sería posible que aún quedara un rescoldo del amor que habían compartido?

Era media noche cuando voló en solitario al lugar del encuentro, tal y como Altair había impuesto en sus condiciones.

Batía las alas con presunción y sacaba pecho con aire desafiante.

Quería aparecer ante ella con la altivez de un rey y la brutalidad de una bestia.

Pero cuando la vio, la culpa y la vergüenza lo sacudieron por dentro y, por un instante, tuvo ganar de arrodillarse y suplicar su perdón.

Poco después aterrizó junto al Árbol. Altair ya estaba allí, sola, como había prometido, observando el nuevo árbol de la fruta roja con inmensa decepción y tristeza. Y Keriel, cuando apenas estuvo a unos metros de ella, supo que seguía amándola. Y se sintió desgraciado.

Sobre cómo había vivido Altair durante todo el tiempo desde su separación, se ha contado poco.

El caso es que pasaba los días inmersa en una amargura que se acentuaba cada vez más.

Mantenía a la comunidad de ángeles bajo un estricto régimen en el que cada falta era amonestada y castigada, y justificaba todas sus decisiones, incluso las más severas, en nombre del bien común.

Ya no reía ni se detenía a contemplar cómo se abría una flor al amanecer.

Ni siquiera soñaba, sino que se mantenía en vela toda la noche, quizás esperando algo o a alguien.

Quizás al Keriel que había muerto en el cuerpo inmenso de la bestia con astas y ojos incandescentes que en esos momentos tenía enfrente.

Esa criatura le producía desprecio, aversión.

Asco. Keriel se dio cuenta y se sintió aún peor, pues Altair tenía el mismo aspecto de siempre.

Bueno, quizás se veía más adusta, más fría y apagada.

Pero seguía siendo el ángel que más brillaba de todos.

Como al principio. Altair no se fiaba de él.

Sin embargo, resulta curioso, Keriel de ella sí.

─Aquí me tienes, puntual, donde querías ─comenzó aquel. Pero no se movió ni un milímetro de donde estaba, pues ambos sabían que eso podía interpretarse como una ofensiva.

─Voy a ser muy clara contigo: si te llevas a otro más de mis ángeles, te declaro la guerra.

Keriel no se lo esperaba. Una parte de él, la más ingenua, llegó a creer que tal vez lo llamaba para llegar a un acuerdo, para recuperar lo que habían perdido, para reconciliarse. Pero Altair no tenía mucho más que decir.

─Yo no me he llevado a nadie. Ellos han elegido venir.

─¿Ellos también han elegido entregarte su corazón, convertirse en diablos, no poder volver a ver la luz del sol? Nunca podrán regresar a casa, ¡¿eso también lo han elegido ellos?! ¡¿O los has embaucado con tu lengua sucia y tus artimañas, mala bestia?!

El Rey de los Diablos nunca esperó que, a esas alturas, alguien fuera capaz de destruirle solo usando palabras. Pero ella seguía siendo Altair. Y él, lo comprendió, todavía la amaba. Eso le provocó rabia.

─¡Tus ángeles están ahora en mi casa, Altair, donde son libres de tu yugo! ¡Donde no rinden cuentas a nadie por cada vez que respiran o piensan! Y soy yo quien les ha dado esa oportunidad. Soy yo quien les cuenta los secretos de este mundo, porque tenemos derecho a conocerlo todo.

─Pero qué equivocado estás… ¡Hay tantos misterios para los que no estamos preparados…! Como el fuego, ¡mira! ¡Mira lo que el fuego le ha hecho a nuestro…! ─No quería decir eso. Se había dejado llevar por los buenos recuerdos. Rectificó─. Al Árbol.

Un relámpago partió el cielo en dos y este se destiló en forma de una lluvia tan roja como las frutas malditas que habían llevado a Keriel y a sus discípulos a la perdición, tiñendo las hermosas alas blancas de Altair del color de la desesperación.

─Los doce ángeles que han caído por tu culpa nunca serán perdonados, Keriel.

Su descendencia vivirá condenada al dolor, al hambre, a la sed, a la enfermedad.

Pero ahora escúchame bien, pues tú recibirás peor castigo que ninguno.

Y es que da igual cuántos siglos pasen o en cuantas vidas encarnes, hagas lo que hagas nunca jamás nadie volverá a amarte.

Keriel soportaba la sentencia de Altair mientras las contradicciones se agolpaban en su interior y asfixiaban su consciencia, la poca que le quedaba.

La echaba tanto de menos que se sintió terriblemente desgraciado.

Pero también repudiado, avergonzado, culpable, y a la vez sintió que el vacío que anidaba en su pecho le dolía más que nunca, lo corroía como una úlcera que no se cura, lo devoraba como el mordisco de mil gusanos consumiendo un cadáver, un cuerpo sin alma, como el suyo.

Además, el hambre lo aguijoneaba, se sentía famélico, nada de lo que había comido en todo ese tiempo, ni siquiera los corazones de esos doces infelices que habían acudido a él, le había saciado ni una pizca.

Comenzó a salivar. Podía oler el inmaculado corazón de Altair, todavía sin corromper.

Su latir se le antojaba la melodía que por fin podría calmar todos sus tormentos.

Tal vez si se comía su corazón llenaría definitivamente el vacío que lo acompañaba, y es que brillaba tanto…

Keriel se ofuscó completamente, ¡no aguantaba más! Y se abalanzó sobre ella para poner fin a toda esa palabrería, pero Altair, rápida y sagaz, se defendió con una espada que tenía por hoja una portentosa llama de luz blanca. No llegó a herirlo, pero el arma se quedó muy cerca de su cuello.

─Esta es mi primera advertencia, Keriel ─lo amenazó con dureza─. No habrá una segunda. Si vuelves a acercarte a mí o a algún ángel, te mataré.

Por qué no lo mató en ese momento es algo que ni Keriel ni la propia Altair llegaron a comprender, pero que ciertamente habría virado el rumbo de toda la historia de Pangea.

¿Albergaba ella algún sentimiento de esperanza hacia él?

¿Fue simple compasión? ¿O solo se contuvo porque la Ley prohibía que un ángel cometiera el acto de matar, incluso aunque fuera al Rey de los Diablos?

Después de aquel encuentro tendrían que pasar años hasta que se volvieran a ver cara a cara. Los mismos años que duraron las guerras entre ángeles y demonios. Esa noche solo fue el comienzo.