CAPÍTULO 58
Crónicas de Antigua Pangea
Toda la belleza del Comos posiblemente encarnó en Istar, una joven ángel cuya imagen sembraba la iluminacion divina en las pupilas de todos quienes la miraban.
Porque Istar era belleza en sí misma. Bella al hablar, al caminar.
Bella en sus acciones y palabras. Bella al existir.
Hasta que un día su belleza se convirtió en su propia condena.
Había escuchado hablar del oro rojo de los diablos.
Se decía que la hermosura de ese metal superaba cualquier milagro de Madre Tierra y Padre Cielo.
Y ella lo quería comprobar. O mejor dicho, quería saber si con un poco de ese metal podría ser todavía más bella.
Así que un día junto a la laguna le preguntó a Altair, que le explicó de dónde procedía esa abominación:
─Keriel ha aprendido a trabajar el oro rojo gracias al fuego que él mismo creó.
Él y sus discípulos, aquellos a quienes llamamos diablos, lo extraen de las grutas en donde están condenados a vivir para siempre.
Han de esconderse en la tiniebla porque ya no toleran la luz del sol.
Por eso los diablos solo salen de noche.
─Dicen que si un ángel toca el oro rojo se quema.
Altair asintió.
─Como ves, hay motivos de sobra para no querer saber nada de ese oro, Istar. Aquí no lo necesitamos. Además, la vanidad no es propia de un ángel puro. Recuerda que el camino de la virtud tiene sus sacrificios. Y no vuelvas a preguntar por el oro rojo o tendré que castigarte.
Istar cumplió su promesa. Es decir, nunca más le preguntó nada sobre el oro rojo a Altair. Lo cual no significa que no continuara haciéndose preguntas sobre él o imaginándolo adornando su melena, su frente o su cuello en forma de joyas finamente labradas.
En realidad fue Luzbel el primero que le habló de él. En alguna ocasión la visitaba de noche, pero lo hacía a escondidas pues Altair tenía prohibido a los ángeles caídos regresar a la comunidad. Decía que eran imperdonables.
Una vez Luzbel le llevó a Istar una preciosa gargantilla de oro rojo.
El corazón de Istar se aceleró cuando la vio relucir con ese brillo suculento que hasta el sol, la luna y las estrellas habrían envidiado, y entonces sucumbió en un ansia insoportable por poseerla y ponerla sobre su cuello.
Pero cuando la tocó se quemó la yema de los dedos.
─Lo siento, Istar ─le dijo Luzbel recogiendo la gargantilla del suelo─. Pero solo existe una forma posible de que la puedas tener.
Istar pasó auténticos días de angustia tratando de disimular una extraña melancolía, intentando que Altair no sospechara de ella. Pero sus noches eran mucho peores, pues esa gargantilla de oro rojo ocupaba todos y cada uno de sus pensamientos y no le permitía siquiera dormir.
No pasó demasiado tiempo hasta que Istar, sin poder soportar más el peso de su propia existencia, se marchó volando hasta el Árbol, que era el sitio en donde Luzbel le había dicho que la esperaría.
Y este la condujo ante Keriel, quien para entonces ocupaba un trono señorial.
Huelga decir que estaba fabricado con oro rojo.
Cuando la bella Istar volvió a estar en presencia de ese metal tan hermoso como maldito, ni siquiera hizo falta convencerla de nada. Keriel le entregó la gargantilla y, a cambio, ella le dio su corazón.