El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57

Crónicas de Antigua Pangea

Keriel pasó semanas sin ver a nadie. Vivía solo en el bosque cerca de los restos del que había sido el Árbol, donde regresaba cada noche para dormitar mientras el arrepentimiento le reconcomía.

Añoraba a Altair y deseaba la muerte, marcharse de Pangea sin dejar rastro.

Tenía tanto frío que ni el fuego lograba entibiar su cuerpo.

También se sentía cada vez más sediento, así que empezó a beber agua del río.

Al principio le saciaba, pero el vacío de su pecho, ese agujero doloroso, no tenía con qué llenarlo.

Y una mañana, nada más despertarse, asistió a un completo milagro: por lo visto, sus lágrimas habían nutrido la escasa porción de vida que quedaba en el malogrado Árbol después de que se quemara, y  sucedió que este rebrotó del tocón calcinado alzándose sobre un tronco nuevo.

Pero lo había hecho con el aspecto de un siniestro árbol de corteza cenicienta y hojas mustias.

Y en medio del follaje, los ojos hambrientos de Keriel fueron atraídos por la visión de una suculenta fruta roja y brillante como la sangre fresca.

Supo sin duda que, por el momento, esa era la solución al hambre que sentía. La boca se le hacía agua, su estómago se retorcía en un acto de súplica. Y esa vez fue, dicen, la primera que los ángeles comieron.

Ahora tenía fuego, agua y comida. Pero seguía sin tener a Altair.

Ni su calor, ni sus besos ni su sabor. Únicamente le consolaba morder aquellas frutas rojas.

De hecho, apenas hacía nada más: mantenían sedada su alma, aliviaban su tristeza, se sentía menos desgraciado mientras las masticaba...

Sin embargo, cuando sus efectos lo abandonaban, el dolor que lo abordaba era todavía mayor, y el agujero de su pecho se convertía en una auténtica tortura.

Le dolía tanto en esos instantes que deseaba la muerte a gritos. Por eso seguía comiendo.

La fruta roja lo había convertido en su esclavo.

La necesitaba al mismo tiempo que era destruido por ella, pareciendo que el Árbol consumaba a través de sus frutos la venganza contra aquel que se había atrevido a quemarlo.

El caso es que su aspecto también cambió.

Sus alas fueron perdiendo las plumas, se le caían como hojas secas del otoño, quedando desnudas y cubiertas tan solo por membranas de piel.

En ocasiones, para escapar de la adicción a la fruta roja, probó la carne de los animales.

Él mismo los cazaba y los devoraba cuando aún tenían la sangre caliente, y posiblemente por ello le salieron garras y se le afilaron los colmillos.

Incluso se le desarrolló un par de astas en la cabeza.

No quedaba en él nada de la expresión tímida y bondadosa de cuando llegó a Pangea en los brazos de su amada Altair.

Pero el cambio más significativo se guardaba en su mirada.

Él mismo podía percibirlo cuando recibía su propio reflejo en el agua del río, cuando había claridad, pues sus ojos se habían tornado rojos como la sangre, como esa fruta endemoniada, incandescentes.

Keriel detestaba su aspecto. Además, la claridad del día le molestaba.

Comenzó a vivir cada vez más tiempo durante las horas de oscuridad.

También se escondía en lo profundo de algunas cuevas.

Pero siempre, cada día, necesitaba volver a los pies del Árbol para seguir comiendo aquellos frutos que, por un misterioso y perverso motivo, siempre abundaban, siempre estaban en su punto de madurez listos para que uno se los llevara a la boca.

Fue tras una de sus muchas borracheras de fruta roja cuando se despertó aturdido y un sonido aciago invadió sus oídos.

Un sonido tan lúgubre y angustioso como la propia ausencia de sonido.

Y cuando descubrió que su corazón había dejado de latir, que ya ni siquiera ocupaba un lugar en su pecho, decidió que era el momento de ir a buscar otro corazón.

Voló de noche. Nadie podría verlo llegar porque sus alas ya no relucían bajo la luna ni su cuerpo irradiaba la luz celestial de los primeros tiempos. Y puede que por capricho del destino, por un descuido del Cosmos o simplemente porque le sonrió la fortuna, escuchó la melodía del aulós .

Luzbel tocaba. Estaba solo, a oscuras, con no más luz que la de las estrellas. Cuando Keriel aterrizó a su lado, el ángel de la música se sobresaltó. Era obvio que no lo reconoció. Hasta que escuchó su voz:

─ ¿Es que no me reconoces? ¿Tanto he cambiado, Luzbel?

─¿Keriel? ─preguntó confuso. No le gustaba lo que sentía en su presencia… aunque le picaba la curiosidad por algo que solo Keriel sabía hacer.

─¿Por qué no podemos tener el fuego para iluminar las noches? ─protestó Luzbel con cierto recato─. ¿Acaso es tan malo como dice Altair?

El ángel de la música emitía un ligero brillo a su alrededor, como todos los ángeles. Y Keriel sabía de dónde procedía ese brillo.

─Bueno, puede que Altair tan solo quiera cuidar de vosotros ─respondió con pericia. Sabía que, tarde o temprano, el cándido de Luzbel iba a soltar su lengua. Y no le decepcionó:

─Altair es demasiado rígida con las normas. Quiere controlarlo todo, que nada cambie nunca… El mundo cambia, ¿no?

Keriel asentía mostrándose más comprensivo que nunca mientras escuchaba sus desahogos. Y también mientras miraba fijamente el pecho de Luzbel, el lugar del que salía ese hermoso brillo diamantino, el hueco que ocupaba su corazón. Y salivó solo de oírlo palpitar.

─Es una pena que Altair, con todas las cosas que sabe, se las guarde para ella sola ─dijo Keriel encaminando la conversación a su propósito.

─¿A que tú también lo piensas? ─respondió Luzbel satisfecho─. Me alegro de no ser el único. ¿Te fuiste por eso, Keriel?

─Sí. No soy amigo de la tiranía. Ahora vivo solo, libre, tranquilo, no hago daño a nadie y, cuando alguien viene a pedir mi consejo, me limito a compartir el conocimiento que recibí del Cosmos, pues no me pertenece. Eso es humildad, ¿no?

Nadie había ido jamás a pedirle consejo. Ni siquiera a visitarle. Pero Luzbel era demasiado ingenuo como para dudar de su palabra y, además, estaba resentido con Altair. Pues a él, como a otros muchos, le había fascinado el fuego cuando lo vio en manos de Keriel, tiempo atrás.

─Keriel, ¿tú me enseñarías a dominar el fuego, como haces tú?

Ya casi lo tenía. Keriel sonrió de gusto.

─Cómo no, amigo. Lo mío es la generosidad. Pero aquí no puede ser. Si Altair nos ve, te castigará. Tienes que seguirme.

Como dos aves de mal agüero, Luzbel y Keriel volaron esa noche, el uno detrás del otro, hasta que llegaron al Árbol.

Y una vez allí, mientras Keriel hacía una hermosa y acertada demostración de lo bien que se le daba el arte del fuego, Luzbel no pudo resistirse a la tentación de morder una de esas frutas rojas.

Comió tantas que terminó embriagado, inconsciente, tendido junto a las raíces negruzcas del Árbol.

Y Keriel, al ver su corazón todavía puro, tierno y tan brillante, no pudo resistirse más y lo devoró.