CAPÍTULO 56
Crónicas de Antigua Pangea
Con cada vez más frecuencia Keriel se llevaba una mano al pecho.
Casi ni se daba cuenta. Se rascaba, se tocaba.
Sentía como si tuviera un agujero que no podía llenar con nada, un hueco en las raíces de su existencia, un vacío en el alma.
Pero ya no pasaba frío por las noches. Y quería mostrarles a Altair y a todos los demás lo que había descubierto.
Esa noche, cuando se reunieron en la laguna, Keriel llegó tarde.
Aun así hizo un aterrizaje portentoso. La soberbia envolvía cada uno de sus gestos, especialmente cuando pasaba cerca de Luzbel.
Y mientras tanto, miraba de soslayo a Altair.
Quería que ella lo viese relucir, quería deslumbrarla más que nunca.
Y cuando todos se quedaron en silencio y le cedieron la palabra para saber qué tenía que contarles, Keriel, sin abrir la boca, unió ambas manos, como formando un cuenco, y en el interior del mismo surgió el primer fuego de Pangea.
Una exclamación de asombro casi proferida al unísono fue compartida por todos.
La luz del fuego era equiparable a la del sol, con la diferencia de que se podía disponer de ella a placer.
Así explicó Keriel su hallazgo, todo orgulloso, convencido de haber hecho a sus congéneres el mejor regalo con el que jamás hubieran soñado.
Además, les mostró a todos el poder inconmensurable de esa pequeña llama, que era capaz de crecer rápidamente al ser alimentada con un poco de yesca y, al mismo tiempo, destruía todo cuanto tocaba en cuestión de segundos, dejando un rastro carbonizado, negro y estéril.
A Keriel en realidad le importaba poco qué pensaran los otros ángeles. Solo deseaba la aprobación de Altair, volver a impresionarla, a tener su amor. Sin embargo, y al contrario de todo lo que esperaba, fue la única en mostrarse disconforme.
─Tu descubrimiento pone en entredicho el equilibrio.
Romperá los ciclos naturales de luz y oscuridad, y todos terminaremos viviendo en desorden.
Además, a juzgar por lo que les ha hecho el fuego a las ramas secas en un instante, deduzco que es destructivo, letal, produce la muerte y mata la vida.
No lo queremos, Keriel. Llévatelo y hazlo desaparecer.
A Keriel le dolieron sus palabras como una estaca clavándose en su corazón. Y por primera vez en su vida, aunque fuera solo por un instante, odió a Altair con todas sus fuerzas, tuvo ganas de insultarla y despreciarla en público, pero en lugar de eso trató de convencerla una vez más:
─El fuego nos hará libres de escoger nuestros propios ciclos. ¿Por qué hemos de caminar eternamente bajo el mandato del sol? El fuego alumbrará nuestras noches, alargará nuestros días. Nos mantendrá calientes cuando tengamos frío.
Eso les extrañó a todos. ¿Qué era frío? A Altair no tanto. Sabía que Keriel tiritaba a veces.
─Además ─prosiguió aquel─, ¿quién sabe? Si una simple llama puede transformar madera en carbón, ¿qué más creéis que podría hacer? ¿Acaso no contiene la esencia del sol, que es capaz de insuflar la chispa de la vida? ¿Y si el fuego posee una magia transformadora que todavía no conocemos?
─No lo aceptaremos, Keriel. Ese descubrimiento solo hará que nuestro mundo, tal y como lo conocemos, se desmorone.
Siempre hemos vivido en armonía con los ciclos, con Padre Cielo y Madre Tierra.
No necesitamos más. Y si te consideras un ángel agradecido, renunciarás ahora mismo a ese raro milagro que, no me explico cómo, ha tenido lugar en tus manos.
Keriel abandonó la laguna ofendido y, tragando lágrimas de rabia, se refugió una vez más en el bosque solitario en donde se alzaba el Árbol.
Esa noche, el vacío que sentía dentro de su pecho creció como nunca.
Le dolía como una herida infectada. Le corroía, ¡le quemaba!
Y sin poder controlar su ira, loco de envidia, de celos, de furia, prendió fuego al Árbol y lo dejó arder hasta que se carbonizó.
Contempló con una mezcla de tristeza y rencor el modo en que las llamas se expandían por su corteza, deshidratándola hasta convertirla en una especie de carbón acorchado.
Sus hojas mermaban hasta casi desaparecer, volviéndose negras y no dejando más que las nervaturas, calcinadas, rígidas como raspas de pescado.
Escuchó al Árbol pedir clemencia, pero creyó justo pagar con él su dolor.
Y a la mañana siguiente, cuando el fuego ya se había cebado por completo y el aire y la tierra olían solo a devastación, Keriel se arrodilló junto al tocón negro que quedaba del Árbol y, odiándose a sí mismo más de lo que jamás odiaría a nadie, gritó, berreó y aulló mientras derramaba sobre la madera carbonizada amargas lágrimas de culpabilidad.