El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

Querida Altair:

Te quiero. No me habría perdonado despedirme de ti sin decírtelo. Aunque solo has pasado unos días en Pira, ha sido suficiente para haberme permitido soñar que te convertías en mi reina. Yo te habría querido siempre. Lo sabes.

He pasado toda mi vida aterrado, soñando con demonios, conviviendo con ellos, aceptando sus mandatos, sus condiciones, entregándoles mi voluntad, mis deseos, todo cuanto tenía.

Pero mi madre creía en los milagros, y yo también.

Tu llegada fue el mayor que he conocido.

Trajiste la luz a mi reino, a mi existencia, a mi alma.

Ahora soy libre. Seguramente ya estoy muerto mientras este mensaje resuena en tu interior, pero he muerto en libertad. Gracias, mi ángel.

También deseo recordarte que este mensaje permanecerá en ti durante un tiempo: en tus lágrimas, en tu sangre, en tu saliva, pues, al igual que el agua, tienen memoria.

Y por eso, ahora voy a contarte todo lo que sé sobre el Tártaro y sobre el lugar en donde, estoy casi seguro, se esconde ese espejo que buscas. Por si puede servirte de ayuda...

La voz de Kairós aún resonaba en su interior cuando Attaegina cayó de bruces contra unos peñascos de roca parda y porosa.

Parecía piedra volcánica. El impacto fue tan fuerte que no supo cómo no se había matado.

No tenía fuerzas para levantarse, ni siquiera para abrir los ojos.

Así que se quedó ahí arriba, tendida boca abajo, con las alas abiertas pero flácidas cayendo hacia ambos lados de su cuerpo, la respiración lenta.

Le dolía todo, pero más le dolía haber permanecido a solo unos metros de Halcón sin poder hacer nada por él.

Se rindió. No podía más. Estaba sola, perdida, exhausta. Y pidió ayuda al Cosmos. Tal vez le enviara a alguien que, en medio de un mundo de diablos, fuera capaz de apiadarse de ella. Y así fue. El Cosmos jamás decepcionaba.

─¿Attaegina Mentastro? ─preguntó una voz.