CAPÍTULO 54
─¡Altair, cálmate! ¡Altair!
─¿Dónde están, Kairós? ¡Dímelo! ¡Por tu vida! ¿Qué es esa cosa que se ha tragado a mi hermana?
─¡Cálmate! ¡Altair, primero cálmate!
Attaegina se rindió. Mientras recuperaba el aliento en los brazos de Kairós, dejó de forcejear.
El espejo, o lo que quiera que fuese, les devolvía su propia imagen proyectada sobre la negrura del túnel.
Entre tanto, los muros de palacio vibraban con las embestidas de los diablos, con las carreras agitadas de los soldados, con los aullidos desgarradores de criaturas y de heridos.
─Altair, eso que ves ahí no es ningún espejo. Es un portal. Y conduce directo al Tártaro.
─Entonces, no me mentiste…
Kairós negó con la cabeza.
─¿Qué les va a pasar? A mi hermana, a Lorick y a Nilo… ¿Dónde están?
─Yo no lo sé. Nunca nadie, excepto la madre guardiana y a quienes ella autorizaba, cruzaban este portal. Yo jamás lo hice. Me aterraba que estuviera aquí, dentro de mi casa. Agámena salía y entraba a placer. Más allá viven sus parientes, los diablos de Azufre.
─Pero, ¿quién es ese tal Azufre?
─Es quien manda en el Tártaro. A quien mi familia juró obediencia hace generaciones… Con quien yo todavía estoy en deuda.
Kairós se apartó de Attaegina y se acercó con tiento al portal. Temblaba solo de verse proyectado allí.
─Yo he sido el último eslavón de esa cadena de esclavos. No habrá más. Mi estirpe se terminará y Pira, de algún modo, conocerá la libertad. Aunque sea a cambio de la destrucción. Mi pueblo morirá en manos de las alimañas, pero será libre.
Se escucharon rugidos de bestias, aullidos desgarradores de guerreros que caían en combate, muebles golpeados, objetos rompiéndose, puertas derribadas a la fuerza. Los diablos de Teff habían logrado entrar en palacio. Entonces la gema de Atti latió de nuevo.
─Halcón está muy cerca ─murmuró.
─¿Halcón? ─preguntó Kairós─. ¿Ese es el nombre de tu amado? Pensaba que era Keriel, el Rey de los Diablos.
─Se llamaba Halcón cuando me enamoré de él, antes de convertirse en esa criatura.
Kairós asintió en silencio.
─Tiene suerte de que lo ames tanto, incluso bajo esa apariencia.
El rey se dio por vencido. Habría dado por el amor de Attaegina lo que le quedaba de vida. Pero comprendió al fin que no era para él.
─¿Para qué necesitas el Espejo de Obsidiana? ─le preguntó dispuesto a ayudarla.
─Tengo la intuición de que, si me acercó a él con esta gema, me mostrará alguna información reveladora y sabré el modo de salvar a Halcón. Si lo consigo, también se salvará Nueva Pangea.
Kairós le pidió permiso para ver la gema de cerca. Entonces se acordó de las historias que le contaba su madre. Sámala sabía muchas cosas, conocía grandes secretos del mundo. Y con él había compartido algunos.
─El Espejo de Obsidiana fue tallado por los ángeles de Antigua Pangea, pero no lo usaron como oráculo, que es lo que se cree comúnmente.
No se usó para predecir hechos ni acontecimientos, sino que simplemente revelaba la verdad que no se veía.
La verdad sobre todo aquel que se colocara delante.
Y eso era útil cuando uno, debajo de todas las capas de realidad que se había ido fabricando, quería desnudar su espíritu y conocerse a sí mismo.
«¿Tú ya sabes quién eres?», recordó Atti una de las primeras frases que Halcón le dijo el día que llegó a Caliza.
Por aquellos tiempos no comprendió nada, es más: creyó que ese astuto mercader de Sari le tomaba el pelo.
Más adelante, Halcón le había contado que el camino del nawal tenía por objetivo el conocimiento de uno mismo.
Y las palabras de Kairós lo confirmaban.
Pero, ¿por qué Kairós hablaba ahora como un sabio? Libre de su corona, de sus dueños y sabiendo que esa noche Pira sería destruida, ya no tenía que sostener ninguna imagen. Ningún secreto.
─No sé qué te mostrará el Espejo de Obsidiana si lo encuentras, Altair. Pero si quieres salvar a tu amado, no te queda otra opción: tienes que entrar ahí a buscarlo.
─¿Al Tártaro?
Kairós asintió.
─Lo tiene Azufre. Nos lo quitó hace mucho tiempo. Lo aceptó como un pago de mi familia. Esos pagos interminables. Ay, qué mal hemos vivido bajo su yugo... ¿Cómo no nos hemos rebelado antes?
Los diablos se acercaban al túnel. Se podía escuchar el eco de sus toscas pisadas.
─Vete, Altair. Vienen a por ti. Tu única escapatoria es ese portal.
─Pero… ¿y tú? Kairós, puedes venir conmigo, hacerle frente a Azufre, recuperar lo que te robaron.
Kairós le sonrió con una mezcla de resignación y tristeza.
─Me quedaré defendiendo mi reino. Ya es hora de que haga lo que me toca.
─Pero... ¡Kairós! ¡No conoces el poder de Halcón!
─No sufras. Es obvio que sobrevivirá él.
─¿Qué?
El rey se arrodilló ante ella y le besó los pies en señal de respeto y reverencia. Luego se volvió a levantar y la miró directamente a los ojos. Pero esta vez lo hizo con un amor sincero. Sin pretensiones, sin ansias de poseerla. Sin resquemor.
─Mi madre me contó que el primer ángel del mundo se llamaba Altair. Cuando me dijiste que te llamabas así, supe que eras el ángel que llevaba toda mi vida esperando para que me sacara de este infierno de familia. Aunque no sea tu verdadero nombre, para mí siempre serás mi ángel salvador.
Un ser enorme desplazándose a cuatro patas, como una bestia, se abrió paso a través del túnel. Sus ojos brillaban como un fuego incandescente. Era…
─¡Halcón! ─exclamó Attaegina─. ¡Es él!
El Rey de los Diablos se detuvo un instante mientras Atti, paralizada frente a él, no sabía ni cómo reaccionar.
Su aspecto era sobrecogedor, con esas alas, las garras, las astas en la frente y los colmillos chorreantes.
Y aun así, ella aún podía encontrar a Halcón dentro de esa cosa gigantesca e inmunda.
Un huracán de recuerdos la zarandeó en ese momento: la primera vez que ella lo vio en el altozano, la vez que lo besó por equivocación creyendo en sus delirios que era Lorick, la tarde en que él la besó de verdad junto al río, el día que Halcón la salvó de Molok en Heimkel.
La noche en que hicieron el amor por primera vez…
Atrapada en la memoria de los días que aún eran felices, no se había dado cuenta de que el Rey de los Diablos avanzaba a toda velocidad hacia ella con la única intención de comerse su corazón. Por suerte, fue Kairós quien reaccionó.
Todo sucedió muy deprisa, aunque el tiempo parecía haberse detenido.
El rey empujó el cuerpo de Attaegina hacia el portal, pero antes de perderla para siempre la besó en los labios: no fue un beso lascivo ni apasionado, sino un sencillo gesto de contacto.
El suficiente para dejarle un último mensaje que con palabras no podría expresar. Como había hecho con cada copa de agua.
Cuando Attaegina desapareció a través del portal, lo primero que hizo Kairós fue cerrarlo. Tendría que haberse atrevido a hacerlo mucho tiempo atrás, cuando Agámena vivía. Ya daba igual, no quería pasar su últimos minutos lamentándose.
Sujetó la empuñadura de su espada con ambas manos, rezó un decreto que su madre tenía reservado para cuando llegara la ocasión y, como si de una llave se tratara, clavó la hoja de su arma en medio del espejo que era ese portal.
Y girándola cuatro veces sobre sí misma, haciéndola coincidir con los cuatro puntos cardinales, un crujido ensordecedor ocupó el túnel mientras el espejo se agrietaba de un lado a otro, desmoronándose en pedazos.
Ahora ya no había escapatoria. Tampoco la deseaba.
Se enfrentó a Halcón con su espada de plata sabiendo que no tenía ninguna posibilidad.
Aun así, Kairós peleó hasta el final, hasta que ese monstruo lo atrapó entre sus garras y lo mordió en el pecho poniendo fin a sus latidos y a la monarquía de Pira.