El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

─¡Cielo y Tierra! ¿Qué he hecho? ─se lamentó Kairós asistiendo con horror a la metamorfosis de Agámena.

A su lado, Attaegina golpeó el suelo con su bastón.

Tres veces. Y un escudo de protección se desplegó sobre ellos.

Mientras tanto, la madre guardiana terminaba de transformarse en una horrible tarántula del tamaño del rey.

─ ¡Altair, tenemos que salir de aquí! ─ le pidió Kairós.

Attaegina le dio la mano. Conservaba la calma.

En ese instante las alas de ángel volvieron a aparecer en su espalda y, al verlas, el joven rey sintió una repentina sacudida de valor.

No iría a ningún lugar, ya no. No continuaría suplicando por vivir.

Se quedaría con Attaegina sin importar qué sucediera. Con Altair, hasta el final…

Esa noche Attaegina libró un combate bárbaro contra la madre guardiana.

Nunca hasta entonces se había topado con semejante diablo.

No tenía nada que ver con el mediocre de Enok, el nómada fantasma, o la niña endemoniada de los beresh .

Esa tarántula era letal en sí misma. Cualquier roce con sus colmillos o aguijones, incluso con su saliva o la vellosidad de sus extremidades, podía abrirle heridas muy dolorosas.

Fue entonces, al ver luchar a Attaegina, cuando Kairós volvió a erigir su espada de plata y le cortó al monstruo tres de sus patas.

Sacudir el arma sobre esa bestia le producía una sensación magnífica de liberación, como si por fin pudiera vomitar sus miedos y su rabia con cada estocada, vengar la muerte de su madre asesinada, aliviar cada noche que durmió aterrado desde niño creyendo que Agámena también lo mataría a él mientras dormía…

Pero las tornas se giraron y la gran tarántula, zafándose con rapidez, derribó al rey.

Con las cinco patas que le quedaban enteras lo sujetó, y esa noche quiso consumar el sacrificio y devorarlo.

Lo había deseado desde que lo sujetó por primera vez en sus manos, el día que la reina Sámala dio a luz…

─ ¡Déjale! ─ rugió Attaegina arrojándole un potente rayo de luz blanca. La tarántula soltó a Kairós de inmediato y salió despedida contra un muro, enredándose en sus propias confecciones de macramé. Entonces, Attaegina y Kairós, los dos juntos, acorralaron a la criatura.

─ ...y con el poder que me otorga el Cosmos, yo te envío a la luz ─ terminaba de pronunciar Atti apuntándole con su bastón.

En ese momento, Kairós hundió su espada todo lo larga que era en el cuerpo gordo y fibroso de la gran tarántula, y la bestia emitió un aullido ensordecedor que los hizo estremecerse mientras duró.

Todavía agonizaba cuando Nilo, apareciendo por un recodo, llamó a Attaegina y le hizo señales para que la siguiese.

─ ¡Es por aquí, vamos!

─ ¡Altair, espera! ¿A dónde vas?

Attaegina echó a correr sin darle explicaciones mientras los gritos de la guerra se escuchaban por todo el palacio. Los diablos de Teff avanzaban posiciones y Halcón… De repente Atti sintió que la gema vibraba sobre su pecho. Latía desaforadamente, ardía, quemaba. ¡Halcón estaba muy cerca!

─ ¡Es aquí, Atti, ven! ─ le indicó Nilo al llegar justo enfrente de la sala de los telares.

Y metiéndose por debajo de un tapiz descubrieron un túnel.

Al fondo, sus propios reflejos proyectados sobre una inmensa superficie negra confirmaron que sí, que allí había un espejo.

Y Creta y Lorick los esperaban junto a él.

Attaegina se quedó a unos metros. Estaba muy nerviosa. Halcón la encontraría de un momento a otro. La gema le abrasaba la piel y ella… no sabía cómo continuar. ¿Qué tenía que hacer ahora? ¿Por qué no se resolvía todo de repente?

─ ¡Apártate de ahí, Altair! ─le pidió Kairós tirando de su brazo para llevársela─. ¡Es peligroso!

Atti forcejeó con él mientras Lorick se adelantaba para retarlo en combate, amenazándole con su arpón.

Creta iba a su lado, con sus dagas gemelas preparadas una en cada mano.

Podía sustituir perfectamente al brazo que él no podía usar.

Entonces Kairós soltó a Attaegina muy despacio y levantó las manos en señal de paz.

─Altair, hablo en serio.

─¿En serio, dices? ─se ofendió─. ¡Dijiste que el espejo no estaba aquí! ¡Es otra de tus mentiras!

─Altair, escúchame, eso no es el Espejo de Obsidiana. No te acerques o...

─¿O qué? ─lo increpó Creta─. ¿Qué nos va a pasar?

Creta avanzó hacia el espejo y deslizó la mano por su superficie.

─Mi hermana está intentando salvarte del Rey de los Diablos. ¿Es que todavía no entiendes nada?

─¡Fuera de ahí! ─gritó el monarca─. ¡No lo toques!

Pero apenas lo dijo, la superficie del espejo comenzó a succionarla de manera inevitable.

¡Se la tragaba! Todo fue tan rápido que Lorick se arrojó sobre Creta para intentar sacarla, y también Nilo, pero el resultado fue que, en cuestión de segundos, mientras Kairós contenía a Attaegina con sus brazos gritando desesperada, los tres desaparecieron.